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El síndrome de la Caperucita roja

por 2 septiembre, 2017

Cuántas veces hemos oído decir o experimentado ciertos comportamientos de tal o cual individuo que nos han sorprendido, cuántas veces reclamamos por hechos inesperados que nos afectan profundamente y que no vimos venir, negocios destruidos por avatares explosivos o mentiras perniciosas de alguno de sus socios, rencillas políticas en las cuales emergen suicidas que llevan consigo al barranco a colectividades completas, dirigentes gremiales que luego de desafiar por quien tiene las manos más limpias, resultan hijos del fango hasta las sienes, en general esos hechos que jamás vimos venir, pero que como avalancha se asomaban sobre nosotros sin aviso de brisa aparente.

La Caperucita, la del cuento, siempre supo, o al menos siempre pudo tener consciencia de estar frente a un ente de orejas inmensas como un lobo, de piel peluda como lobo, de un hocico tan feroz como un lobo, de patas grotescas como las de un lobo, es decir, la chica de rojo siempre tuvo todo para saber que quien estaba frente a ella era el mismísimo lobo, pero su mente insistía en querer ver una abuela, bueno así sigue el cuento…

Cuántas veces lobos feroces, en sociedades, en negocios, en la política y un tanto más han estado frente a cada uno de nosotros y sólo hemos querido ver lo que nuestra mente dibuja a conveniencia, donde se cumple eso de ver más abuelitas que lobos. La Caperucita siempre tuvo todas las señales para saber que de abuela nada, de lobo todo. Las señales siempre están y somos nosotros quienes en votos de deseos tergiversamos las imágenes acomodaticiamente, pues al final vemos lo que queremos ver y no lo que deberíamos.

Cuando Sergio Jadue, el otrora radiante ex timonel de la ANFP (Asociación Nacional de Fútbol Profesional), irrumpió en ese planeta pelotero, llegó lleno de micro historias, de anécdotas más propias de pasajes gansteriles que de novelas románticas, muchos dieron crédito a su retórica hasta el punto cuando en una conferencia de prensa, desafiante cuál vaquero del oeste cinematográfico, retó públicamente a muchos con la frase: “yo tengo las manos limpias, no sé ustedes…”, al cabo del tiempo y luego de un apenas delgado análisis del mundillo dirigencial futbolero, era fácil y evidente ver que lo que vendría luego era parte de una historia que había comenzado hace mucho antes en otras latitudes, el caso Havelange, Grondona, Leoz, Blatter, y tantos más, eran el soporte que encendía las señales que muchos no vieron o no quisieron ver, nuestro lobato se había convertido en lobo, ni tan viejo como los otros ni tan feroz como los nombrados, pero de la misma manada, esta vez, las señales estaban desplegadas desde su llegada, otra cosa es no haberlas visto o no haberlas querido ver, pues el espejismo de los triunfos posteriores de la selección nacional, cegaron desde la prensa hasta la opinión pública.

El fraude de carabineros, donde semana a semana suman más involucrados y el monto de la estafa ya es una cifra más propia del surrealismo local, de igual modo el caso llamado Milicogate, y podríamos seguir hasta llenar tantas hojas como el lector pudiese soportar, son vivos ejemplos de cientos de lobos disfrazados de abuelas donde todos hemos operado más como nietos que como cazadores.

Tiempo después, casos como el de Rafael Garay, el mismo que por televisión obraba de gurú de las finanzas, daba un zarpazo a la confianza de tantos, que por cierto no habían leído las señales, esas que seguro estaban, y luego, escondidas en la esperanza de la ilusión o en la neblina de la ambición, habían desaparecido cuál Caperucita que volvía a ver a la abuela por sobre el lobo una vez más. Pero debemos ser honestos y reconocer que las señales aludidas si existían y en demasía, un auto denominado economista que defendía un concepto llamado -Felices y Forrados-, no podía responder a otros intereses que la simple ambición personalista, pues mezclar ambos conceptos son más propios de un oxímoron economicista que de otra cosa, una contradicción vital, un error semántico de la retórica que habla de la verdadera felicidad asociada al dinero, una vez más, un lobo calvo, pero lobo de igual modo, y de abuela nada.

Sucesos como los aportes fraudulentos en la política local, parlamentarios desaforados por boletas falsas, abusos en usos de bienes fiscales, asesorías con documentación resultante del famoso -Copy Paste-, o las mismas asesorías ahora verbales sin dejar rastro en informe alguno, en general tantos hechos de los que siempre tuvimos señales, suceden, es que la ceguera a conveniencia nos ha vencido, los hechos son indefectibles, otra cosa es haberlos querido ver.

El fraude de carabineros, donde semana a semana suman más involucrados y el monto de la estafa ya es una cifra más propia del surrealismo local, de igual modo el caso llamado Milicogate, y podríamos seguir hasta llenar tantas hojas como el lector pudiese soportar, son vivos ejemplos de cientos de lobos disfrazados de abuelas donde todos hemos operado más como nietos que como cazadores. Hace tiempo, cuando el caso del banco Riggs destapó una pequeña parte de sus escotillas, muchos aparecieron sorprendidos, y en ese caso, el lobo ya había mostrado por diez y siete años sus fauces, orejas y rabo, sin embargo, no les bastaba para verle el pelaje y seguir creyendo en lo que convenía, al menos para esos que mostraban una nueva credulidad con inocencia de plástico ante tamaño caso, por cierto mucho menor que todo lo que ese lobo y su manada destruyeron con sus garras, heridas que aún duelen y cicatrices que veremos por siempre.

Pero esto de ver lo que se quiere por sobre lo que realmente es, no es sólo un hecho local, la política global está llena de lobos que si bien no disimulan sus garras ni pelaje, mantienen a pueblos sumidos como nietecillos viéndoles como abuelas, sobre todo en las urnas. El caso Donald Trump podríamos decir, es un caso emblemático reciente, el presidente del país más desarrollado, al menos en términos económicos, día a día muestra cómo sus orejas, ojos, lomo y toda su estructura es de lobo viejo, donde un país lo hubo elegido convencido de que esa abuela millonaria cumpliría sus deseos prometiendo que el bosque volvería a ser el de antaño.

Entonces, dados todos estos casos y tantos más que por ahora omitiré, ¿qué sucede en todos nosotros que fabricamos imágenes de abuelas a raudales por sobre lobeznos en ciernes?, sencillamente porque alteramos la realidad, por el simple hecho de acomodar el futuro a lo que nos parece conveniente y donde el pasado no cuenta, el presente se perdona y el futuro se imagina, se idealiza y se sueña, para quienes ser felices y forrados es un par ordenado imperativo de primer orden, sociedades caminantes entre lo que son y lo que quieren ser, sociedades frustradas e individuos tristes de reconocer que sus decisiones son circulares y no ese trampolín deseado que los catapultará a lo que sueñan por sobre lo que son capaces, pues al final vivir de ilusiones parece ser más fácil que trabajar de verdad por lo que se desea, dado que si nada de eso resulta, simplemente bastará con manifestar la decepción y acusar el engaño de esos lobos que vestían de abuelas, porque al final es más fácil declararse engañado que reconocer complicidad en el engaño. Las señales siempre están, y siempre estarán, la tarea es saber reconocerlas y saber leer a aquellos que son lo que son, y que jamás cambiarán, porque así es su naturaleza y esperar cambio alguno es propio de una candidez que termina por cegar la realidad.

Viene muy pronto un nuevo proceso electoral, deberemos elegir desde primer mandatario, pasando por senadores hasta diputados, y a esta altura reconocer un lobo no debería ser difícil, el asunto es que serán más lobos que abuelitas y este plazo que se viene, estará lleno de promesas de lobeznos, pero debemos recordar, que este bosque que habitamos, ya ha tenido lobos en abundancia y lo que necesitamos, son cazadores, esos que matan lobos y rescatan abuelas, cuando vean al menos uno, a ese hay que apostarle, y cuando eso suceda, colorín colorado, este cuento habrá cambiado.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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