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Ni asimilación ni lástima: reconocimiento y derechos para la comunidad haitiana en Chile

Ni asimilación ni lástima: reconocimiento y derechos para la comunidad haitiana en Chile
La comunidad haitiana en Chile no necesita lástima ni mucho menos solapado desprecio racial, sino reconocimiento de su valor y singularidad. Son seres humanos que quieren desarrollarse como personas, ganar experiencia y formación, que buscan justicia para sus familias y que confían plenamente en sus capacidades para aportar a nuestra sociedad. Partamos por escucharlos, reconocer sus diversos intereses, sus diferencias sociales, sus experiencias previas y, sobre todo, por reconocerles sus derechos humanos con una nueva institucionalidad. Una nueva ley acorde a la nueva realidad migratoria, con enfoque de derechos, abierta e inclusiva como la del Mercosur, permitirá no solo dignificar a las comunidades extranjeras sino también afrontar, de manera moderna, los desafíos del siglo XXI y desarrollarnos económica e integralmente como país.
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Esta semana, un importante canal de televisión abierta emitió en horario prime un reportaje que enfatizaba un contexto de crisis humanitaria generalizada en Puerto Príncipe, con insalubridad y carencias materiales por toda la ciudad. Sumado a eso, la reportera y los camarógrafos destacaban, una y otra vez, el shock que les provocaba estar allí y comparaban constantemente la realidad chilena con la haitiana. Dos días antes de las emisiones, diversas organizaciones de migrantes haitianos condenaban la sinopsis o tráiler del reportaje, por tendencioso y malintencionado. Acusaron que había en el programa una deliberada intención de desprestigiar a la comunidad haitiana y destacaron la necesidad de un periodismo responsable que no los estigmatizara, pues la realidad de sus vidas en Haití es diversa, como heterogéneo también es Haití y la propia capital.

La emisión posterior del programa confirmó que estos resquemores eran fundados. El malestar hoy es generalizado entre la comunidad haitiana, pero el reportaje tuvo en redes sociales dos recepciones principales entre los cibernautas –a veces una muestra tanto o más precisa que las propias encuestas sobre del clima cultural y político–: por un lado, los xenófobos exaltaron su rechazo a la población haitiana, viendo allí barbarie y miseria, y acusaron al programa de ser pro migrantes por promover la compasión y la acogida de esta población caribeña; y, por otro, los sectores bienintencionados celebraron el programa por un aparente rol sensibilizador.

Sin duda los medios de comunicación hoy juegan un rol fundamental en los relatos que establecemos frente a determinadas situaciones o temáticas. Creemos que, si bien había una buena intención de la conductora, se caía sutilmente en paternalismo y en ciertos errores. Sin manejar ninguno de los dos idiomas oficiales del país caribeño, la reportera pasaba reiteradamente de una simpática admiración por una realidad exótica, a sentidos y conmovedores análisis sobre las miserias y privaciones que aparentemente toda la población haitiana padecía. Con total confianza en sus generalizaciones, el programa identificaba en aquellas extremas penurias las razones del flujo contemporáneo de migrantes haitianos hacia Chile, asumiendo que la población que llega a nuestro país, mediante largos y costosos vuelos, vivía en esas mismas condiciones socioeconómicas.

La población haitiana no son “los niños pobres”. El mismo padre Hurtado nos señalaba hace más de 50 años que “la solidaridad comienza donde termina la justicia”. Necesitamos mirar a migrantes con justicia, y encarnar ello en una institucionalidad con enfoque de derechos. De nada servirán medidas transitorias. No sigamos transformando, a personas que no necesariamente vienen escapando de la extrema pobreza o de la miseria, en verdaderos pobres cada vez que se les niegan las oportunidades y son subestimados (Casen, 2015). No los convirtamos en lo que nosotros creemos a priori que son o fueron en sus lugares de origen. Evitemos, entre los que tenemos buena disposición frente a la migración, miradas parciales y economicistas sobre el ser humano: no veamos en ellos simplemente mano de obra o carencias materiales.

Como actores involucrados desde la sociedad civil y la academia, y en el trabajo con la población migrante, destacamos la urgencia de un periodismo que supere el sensacionalismo y llamamos a la sociedad chilena, a la élite y a los medios, a avanzar en un reconocimiento simétrico y respetuoso de las comunidades migrantes, en sintonía con los tratados internacionales basados en la perspectiva de derechos o incluso –para quienes son católicos– con las propuestas del Papa Francisco, quien seguramente desde Iquique nos invitará a una nueva convivencia. Tenemos la convicción, basada en nuestro trabajo e investigaciones (Rojas Pedemonte & Koechlin, 2017), de que la migración haitiana es diversa y que, sobre todo, representa un aporte invaluable para nuestra sociedad, a nivel cultural y económico.

La población haitiana no son “los niños pobres”. El mismo padre Hurtado nos señalaba hace más de 50 años que “la solidaridad comienza donde termina la justicia”. Necesitamos mirar a migrantes con justicia, y encarnar ello en una institucionalidad con enfoque de derechos. De nada servirán medidas transitorias. No sigamos transformando, a personas que no necesariamente vienen escapando de la extrema pobreza o de la miseria, en verdaderos pobres cada vez que se les niegan las oportunidades y son subestimados (Casen, 2015). No los convirtamos en lo que nosotros creemos a priori que son o fueron en sus lugares de origen. Evitemos, entre los que tenemos buena disposición frente a la migración, miradas parciales y economicistas sobre el ser humano: no veamos en ellos simplemente mano de obra o carencias materiales.

La comunidad haitiana en Chile no necesita lástima ni mucho menos solapado desprecio racial, sino reconocimiento de su valor y singularidad. Son seres humanos que quieren desarrollarse como personas, ganar experiencia y formación, que buscan justicia para sus familias y que confían plenamente en sus capacidades para aportar en nuestra sociedad. Partamos por escucharlos, reconocer sus diversos intereses, sus diferencias sociales, sus experiencias previas y, sobre todo, por reconocerles sus derechos humanos con una nueva institucionalidad. Una nueva ley acorde a la nueva realidad migratoria, con enfoque de derechos, abierta e inclusiva como la del Mercosur, permitirá no solo dignificar a las comunidades extranjeras sino también afrontar, de manera moderna, los desafíos del siglo XXI y desarrollarnos económica e integralmente como país.

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Envíada por Rodrigo Pérez de Arce | 20 septiembre, 2018

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