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¿Cambiar o no a los rectores?

por 22 marzo, 2018

¿Cambiar o no a los rectores?
Los rectores son sumamente importantes en las sociedades modernas y especialmente en nuestro país. Tienen un poder tremendo para influir. Tal vez sea hora de siquiera reflexionar, aunque sea mínimamente, más allá de todo cargo ganado en derecho, respecto a un tema simple pero relevante: ¿cambiar o no a los rectores en tiempos de elecciones?
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El rotativo de un periódico nacional imprimió, perdida, pequeña y minúscula, una noticia que por supuesto pasó inadvertida para el vulgo nacional. Se informaba que “por séptimo período, Álvaro Rojas estará a la cabeza de la U. de Talca (…). Rojas destacó que ‘lo que hoy se ha apreciado es una muestra de civilidad de una comunidad que discute grandes temas para el desarrollo de la universidad y de la educación superior’”.

¡Siete períodos! Lo que implica que gobernará hasta el 2022. Ganó con el 65% de los votos. Tremendo.

El tema no es la Utal, por supuesto. Es una grandísima universidad pública, de las mejores de Chile. Tampoco la cuestión es la legitimidad del proceso, el que fue completamente ejemplar. Nadie puede cuestionar esto, y nada de nada, es verdad.

¡Siete períodos! ¡Guau!... Desde 1991 hasta 2006, Álvaro Rojas, rector. Luego es nombrado ministro de Agricultura en la Presidencia de Michelle Bachelet, y ejerce entre el 2006 y el 2008. Finalmente, desde el año 2010, es rector nuevamente, y lo será hasta el 2022. Tremendo. Mis más sinceras felicitaciones. Serán 28 años en que seguramente la universidad le deberá mucho, dado el lugar de prestigio en el que se encuentra hoy. Incuestionable.

Sin embargo, por lo menos –y muy por lo menos– uno tiene el legítimo derecho a realizar una –también– legítima reflexión general.

Mi reflexión va en la línea del gobierno de las universidades, su performance democrática, y el sano proceso de cambio de autoridades, estilos de liderazgo y equipos de gestión. Me pregunto, por ejemplo, ¿no habrá en esa universidad –que tomo como ejemplo– un liderazgo que implique un cambio de personas que no sea traumático; un candidato que represente un gobierno de “Rojas-sin-Rojas”?

No estoy hablando de una revolución, sino de algo mucho más sencillo, que no implica un cambio cultural mayor en el paradigma de gestión que ha posicionado a esa universidad dentro de las top de top, sino en lo que simplemente se llama recambio de rostros. No es continuismo, para nada, no hablo de eso, sino de la búsqueda sana de nuevos rostros con nuevas perspectivas. Estamos hablando de una universidad en la que el 100% de sus académicos tienen altísimas condiciones.

A un par de amigos les contaba el otro día –uno abogado y el otro economista– que una vez, hace ya muchos años, conversando sinceramente con un rector, este me había confesado –repito– con la más absoluta honestidad y buena fe, que él no veía a nadie en su universidad, a ningún académico, capaz de dirigirla desde la rectoría. Eso para él era una extraordinaria motivación para ir a la reelección y, en efecto, fue reelecto. Mis amigos me respondieron, medio en broma, que “había que ser muy penca, si después de salir electo alcalde de Las Condes o de Pucón o de Vitacura, venía el tipo y lo hacía mal”. Y es cierto. Los rectores pasan, las instituciones quedan. Por eso mismo, y por muchas otras razones, esa buena fe tiene que ser puesta en cuestión, más allá de cualquier ingenuidad.

Yo, sinceramente, no habría votado por Rojas. Habría votado un cambio de rostro. Al mismo tiempo –y no solo por el tremendo error de la rectoría de la Universidad de Concepción con J.A. Kast y que magistralmente bien expuso en este medio Inés Picazo–, yo prefería votar, en vez del actual rector súper respetable y querido, por Jacqueline Sepúlveda, por ejemplo. En la UMCE, ya lo dije, no habría votado por el triunfador. En la Universidad de Chile me gustaría ver en la rectoría a la decana de la Facultad de Filosofía y Humanidades, la académica María Eugenia Góngora, o a Faride Zerán, o a Ernesto Águila. ¿Por qué no? En mi universidad, ¡qué decir!

Ya en pleno bucle de gobierno nacional “BPBP”, yo sinceramente haría una crítica a los rectores que han dirigido nuestras universidades, sobre todo, las del CRUCh. Cambiar por cambiarlos, no. Se les debe reconocer. Muchos incluso han marchado en las calles con el movimiento estudiantil. Si no la mayoría, algunos tendrán aulas magnas con su nombre en bronce. Retratos y bustos. Todos legítimos.

Sin embargo, la cuestión es mirar nuestra sociedad y nuestra cultura. Claudia Sanhueza reflexionaba el otro día respecto al rol y el trabajo de los académicos en las universidades: piensan en publicar papers antes que pensar en el país, dijo. Ciertamente algo –tal vez más de lo que yo mismo quisiera creer–, algo de razón tiene. Pero la pregunta es: ¿y los rectores? ¿Quién les habla a los rectores? ¿Quién es el “esclavo” que les recuerda que son mortales? ¿Quién les puede criticar su afán por rankings y el discurso de universidades siglo XXI de clase mundial? En muchos casos hay temor y, en otros, hay un déficit de cultura democrática, es cierto. El poder genera endogamias que a veces no contribuyen al crecimiento, sobre todo en este tipo de instituciones.

Cambiar por cambiarlos, no, insisto. Pero sí procurar un recambio de rostros que aseguren lo ganado y proyecten lo que se puede crecer con nuevas miradas, nuevos proyectos, nuevos equipos y nueva energía.

Los rectores son sumamente importantes en las sociedades modernas y especialmente en nuestro país. Tienen un poder tremendo para influir. Tal vez sea hora de siquiera reflexionar, aunque sea mínimamente, más allá de todo cargo ganado en derecho, respecto a un tema simple pero relevante: ¿cambiar o no a los rectores en tiempos de elecciones?

Disculpen la reflexión tan poco sexy para muchos… deben ser los idus de marzo. Pero el tema es crucial.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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