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Reparar la democracia para combatir el cambio climático

por 5 junio, 2018

Reparar la democracia para combatir el cambio climático
¿Se puede enfrentar con éxito el cambio climático si la democracia está rota, debilitada por tantos intereses particulares? Obviamente no. La solución es tan palpable como difícil de instrumentar. Tenemos que reparar la democracia en el punto mismo donde está rota. Es decir, eliminando de raíz todo rastro de secuestro de las instituciones reguladoras por los grandes intereses particulares, en materias medioambientales, económicas y energéticas. Menuda tarea nos queda por delante a todos los chilenos.
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Cuando falla la democracia es muy difícil, casi imposible, resolver a cabalidad los problemas que afectan a una nación. Cuando se trata de problemas medioambientales tan complejos como el del cambio climático, la situación es mucho más complicada. Decidir combatir el cambio climático requiere de una serie de supuestos que son los propios de una democracia funcionando satisfactoriamente en todos los frentes, en la cual se protegen los derechos humanos a la salud, educación, trabajo y vivienda, se vela por el bien común, por el bienestar de las generaciones futuras y por proteger el derecho a vivir en un ambiente sano y libre de todo tipo de contaminación. ¿Cuál es nuestra situación actual?

Apenas termina su primer trimestre y la administración de Piñera está atravesando situaciones muy complicadas, ya sea por errores de la propia Presidencia o por desaciertos de sus ministros. Lo que cuenta es que su Gobierno está convirtiéndose en un paquete de confrontaciones, ministros cuestionados, movilizaciones sociales, Presidencia desorientada, feminismo en ascenso y sacerdotes al borde de ser enjuiciados. Tiene razón el Presidente cuando expresa que la sociedad chilena está crispada y confundida, dividida en muchos frentes y el desafío es unirse.

¿Pero cómo vamos a unirnos? Si es el propio Gobierno el que contribuye a dividirnos, al no respetar los acuerdos ya adoptados sobre asuntos muy sensibles: caso Dominga, aborto en tres causales, lucro en la educación, rechazo de inversiones para proyectos mineros no sustentables, etc. Se equivocan aquellos que creen que la mayoría de los chilenos no apoyan las reformas que introdujo Bachelet. Una cosa es la crítica a su gestión, la decepción por su titubeo ante decisiones difíciles, y otra muy distinta es el apoyo que la mayoría de los chilenos dan al progresismo y a las reformas que ella encabezó. Si el Gobierno continúa pretendiendo que el país olvide los avances y acuerdos conseguidos, lo único que va a conseguir será hacer surgir conflictos y movilizaciones en muchos frentes. La pretensión se irá transformando en provocación.

Todos estos problemas, hay que subrayarlo, requieren de políticas impopulares que no hacen ganar elecciones. De ahora en adelante será prioritario difundir, explicar, dar a conocer de modo accesible, cómo los sistemas que necesitamos para vivir –clima, agua, alimentación y los ecosistemas– están interrelacionados y cómo hoy estamos modificándolos y los modificaremos aún más. En otras palabras, tenemos que combatir la autocomplacencia en nuestro Gobierno y parlamentarios, porque resulta increíble que no estemos haciendo más, mucho más, para combatir los peligros del cambio climático.

En el atolladero en que nos encontramos, nos enfrentamos a diario a problemas conocidos como la desigualdad, corrupción, aborto en tres causales, igualdad de género, pensiones, seguridad laboral, lucro en la educación. Son los que utilizan los noticiarios y los políticos en épocas de elecciones para sacar más votos. Hay otros igualmente importantes, pero reciben menos cobertura de prensa, nula atención de los políticos, por ejemplo, los incendios forestales, inundaciones, temporales y lluvias de gran intensidad, marejadas, pérdida de la biodiversidad, sequías, es decir, aquellos peligros a los que nos expone el cambio climático. ¿Quién los eleva a la palestra de los asuntos públicos de urgencia? Nadie. Solo hay un pequeño grupo de parlamentarios y políticos, que se pueden contar con los dedos de una mano, que se refiere a ellos circunstancialmente. Lógico, estos temas no aseguran votos. Una falla de la democracia.

La falta de atención al cambio climático determina que exista una muy débil conciencia de su importancia y de la forma en que nos afectará en el futuro, a menos que iniciemos pronto cambios de conducta, de consumo y adoptemos acciones correctivas. Nuestro conocimiento y convencimiento es débil, lo que hace imposible enfrentarlo, no los queremos reconocer o, al menos, no queremos asumirlo. Y lo peor es que nos estamos relajando sobre el cambio climático, ya que en los últimos meses no hemos tenido eventos extremos. Esos desastres que provocan pérdidas de vidas humanas, se pierden miles de millones de pesos, que son noticia nacional y acaparan la atención de los programas de TV por una semana.

Por ser el cambio climático un problema global, nos debe importar igual lo que está sucediendo a diario en numerosas ciudades del hemisferio norte y en el Caribe, que están siendo golpeadas por lluvias de primavera, muy intensas, con grandes inundaciones y otras sufren de sequías muy prolongadas. California ha sufrido más incendios que nunca, varias ciudades registraron sus temperaturas más altas y sequías prolongadas. El año pasado, el huracán Harvey rompió récords de lluvia y devastó Puerto Rico, donde, además, dejó mil muertos y el país aún no se recupera de la tragedia, económica, social, energética y ambiental.

En febrero recién pasado, en el Polo Norte se registraron temperaturas superiores a las de algunas regiones de Europa. Por la envergadura de los daños que provocan los eventos climáticos extremos, no podemos pensar que habrá que esperar décadas antes de que los chilenos asimilen el problema y actúen. Quizás para entonces será demasiado tarde. Debemos fomentar la búsqueda de soluciones creativas, innovar, pues es evidente que no bastará con reciclar plástico, instalar lentamente plantas de energía solar y utilizar coches eléctricos.

Aunque la concienciación es cada vez mayor y hayamos conseguido avances espectaculares con la Política Energética 2050 de Pacheco-Bachelet, aún hay muchos cabos sueltos en materia de cambio climático: descarbonización, impuestos al CO2, transición energética e inversiones en energía solar; influencia de las sequías en la producción alimentaria, frutal y forestal; agotamiento de los acuíferos subterráneos y los monocultivos que tampoco ayudarán en el futuro próximo; o sobre las plantas que cultivamos, las cuales están siendo más susceptibles al ataque de hongos, más resistentes a los fungicidas.

Todos estos problemas, hay que subrayarlo, requieren de políticas impopulares que no hacen ganar elecciones. De ahora en adelante será prioritario difundir, explicar, dar a conocer, de modo accesible, cómo los sistemas que necesitamos para vivir –clima, agua, alimentación y los ecosistemas– están interrelacionados y cómo hoy estamos modificándolos y los modificaremos aún más. En otras palabras, tenemos que combatir la autocomplacencia en nuestro Gobierno y parlamentarios, porque resulta increíble que no estemos haciendo más, mucho más, para combatir los peligros del cambio climático.

La mayoría de las empresas se oponen a la reducción de las emisiones que provocan al calentamiento global porque obviamente les será costoso y preferirían evitarlo o posponerlo al máximo, salvaguardando así al máximo sus beneficios. Por tal razón se dedican a fomentar el escepticismo respecto al cambio climático y la protección del medioambiente. Buscan atenuar la sensación de urgencia y ganan tiempo para que sus socios políticos pospongan las iniciativas medioambientales y de crecimiento sostenible necesarias. Esta táctica no es nueva.

La agencia Reuters ha informado que 25 de las principales empresas estadounidenses (Google, PepsiCo, DuPont, Verizon, etcétera) financian a más de 130 miembros del Congreso, casi todos del Partido Republicano, que se declaran escépticos ante el cambio climático, recibieron con beneplácito la decisión de Trump del retiro del Acuerdo de París y en el gobierno de Obama bloquearon sistemáticamente las iniciativas para reducir las emisiones. ExxonMobil ha reconocido que durante décadas financió organizaciones cuya misión era sembrar dudas sobre el consenso científico a propósito del cambio climático.

Nos deja igualmente atónitos saber que el Gobierno informó hace pocos días que reinstalaría más de 200 proyectos del 2018 al 2021, los cuales representan una inversión superior a 60 mil millones de dólares. ¿Buena noticia? No, realmente. Más del 50% de esas inversiones se destinarían a ejecutar propuestas que fueron desechadas o retrasadas por la administración Bachelet, por no satisfacer las normas ambientales vigentes. Entre ellas, el Proyecto La Coipa Fase 7 de SCM Mantos de Oro (Kinross Gold C.) y el proyecto Nueva Unión de Gold Corp y Teck Resources en la Región de Atacama. ¿Cómo pueden suceder estas cosas? ¿Se trata únicamente de la inclinación de algunos inversionistas que, por aumentar sus ganancias, abusan de la sociedad, o hay algo más? Si lo hacen, ¿cómo es posible que ello ocurra y que la sociedad y el Gobierno lo permitan?

Las empresas lo hacen porque se las arreglan para secuestrar a las instituciones del Estado encargadas de regularlos para que reduzcan sus prácticas abusivas. Y también porque los gobiernos y políticos no impiden ese secuestro de los reguladores. En otras palabras, además de una falla del mercado al permitir conductas de empresarios que dañan a la sociedad, se suma la falla del Gobierno, por inacción al dejarse secuestrar por parte de intereses particulares. Este secuestro de los reguladores ocurre cuando algo grave está sucediendo en la vida de una nación. Es el síntoma patente de que falla la democracia. El signo más patente que lo demuestra es que en las elecciones no se penaliza a los políticos que apoyan más a intereses particulares que a los de los votantes. (¿Les recuerda algo?).

¿Se puede enfrentar con éxito el cambio climático si la democracia está rota, debilitada por tantos intereses particulares? Obviamente no. La solución es tan palpable como difícil de instrumentar. Tenemos que reparar la democracia en el punto mismo donde está rota. Es decir, eliminando de raíz todo rastro de secuestro de las instituciones reguladoras por los grandes intereses particulares, en materias medioambientales, económicas y energéticas.

Menuda tarea nos queda por delante a todos los chilenos.

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