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Opinión

En torno a una foto polémica

por 2 julio 2009

En torno a una foto polémica
Siento que la foto con Obama gatilló deseos de pasarle la cuenta al periodismo por su complicidad en el encubrimiento de los grandes temas y por su resignación ante el imperio de la información irrelevante. Crítica que comparto. Pero pienso que difícilmente esto se podía interpretar de la famosa foto. Ella fue más fea que antiética, más de debilidad humana que de profesionalismo riguroso.

Es curioso lo que ha pasado con la famosa foto de los periodistas chilenos y Barack Obama. El tema de la credibilidad ha sido puesto en el tapete como si acabáramos de asistir a un acto de traición profesional. Es efectivo, y lo he sostenido públicamente, que hubo periodistas que tenían un entusiasmo desmedido ante la presencia del presidente de Estados Unidos. Aquello quedó reflejado en algunas actitudes.

Pero me parece que, para citar a algunos lectores de El Mostrador que reaccionaron al artículo de Luis Argandoña y Andrés Azócar, la circunstancia de la foto es más bien un incentivo útil para quejarse de lo que creen son fallas endémicas del periodismo chileno. Muchas de las cuales son imposibles de extraer del hecho sucedido en la Casa Blanca.

Partamos por un elemento clave del análisis de Lucho y Andrés: la idea de ser y parecer, como base de la credibilidad periodística. Suena bien, ¿verdad? ¿Quién se opondría a que existiera consistencia entre lo que el periodista es (independiente, autónomo, neutral, objetivo, y todos los demás adjetivos pertinentes) y lo que se ve es su actitud profesional (calidad de preguntas, igualdad de trato a las fuentes públicas, equilibrio informativo cuando hay puntos de vista discrepantes)? Sin embargo, esta coherencia a ultranza -se ha visto una y otra vez en las mejores plazas periodísticas del mundo- es imposible de sostener en determinados momentos, porque los periodistas están inmersos en la cultura, en las estructuras que los definen, donde  mecanizar las emociones simplemente no funciona. De ahí que Ser y Parecer a veces no sea posible como última vara profesional. Porque la reportera llora cuando escucha el testimonio de la mujer que ha sido violada; porque el reportero reacciona indignado, o asustado, o replica los garabatos, cuando lo insultan en la manifestación callejera; porque quien entrevista al torturador no puede evitar tratar de transmitir en su tono, su postura o sus preguntas el tremendo asco que le inspira el entrevistado. En todos estos casos, que se han dado muchas veces alrededor del mundo, no hay grandes problemas, porque los mismos que hoy claman por impecabilidad profesional y distanciamiento a toda prueba, entenderían y defenderían que las emociones afloraran en casos extremos.

¿Dónde está entonces el conflicto de interés? Creo que exactamente en lo contrario a Ser y Parecer: está en la invisibilidad de la connivencia profesional, en lo que se expresa en privado, que la gente no sabe ni intuye. En lo que se diseña tras cuatro paredes en una sala de redacción o dirección de medio y luego jamás se reconoce en público. En el columnista que pide pega al funcionario internacional para su polola, y luego lo halaga públicamente  por su talento y trabajo, sin que nadie sepa que le pidió un favor personal en virtud de su acceso profesional. Los conflictos de interés en Chile -y en otras partes del mundo- se dan cuando a los lectores o telespectadores se les priva de formarse una opinión respecto de la credibilidad del profesional, teniendo a la vista todas las  relaciones relevantes entre periodista y fuente: parentescos si los hay, ligazones comerciales, niveles de amistad, afinidades ideológicas, motivaciones para tener simpatía por determinada institución por haber recibido premios de ella o estar postulando a ellos, y un largo etcétera de relaciones que no se explicitan cuando se firman las crónicas.

Esa es la base del verdadero conflicto de interés y el compromiso de la credibilidad. Que se oculten datos relevantes respecto de vinculaciones objetivas y subjetivas entre profesional y fuente. Si se hacen visibles, por lo menos el público tiene  la opción de ponderar aquello en su lectura de la nota y determinar los niveles de credibilidad que le otorgue al periodista, contando con mayores volúmenes de información. La visibilidad de la información relevante, sea de la fuente o del periodista, no debiera ser un hecho cuestionable. Por el contrario, es una revelación útil.

Creo que el caso de la foto con Obama tiene otra dimensión. Más que ético, el problema fue estético. Se vieron feas las carreras, algunas frases y las ganas de posar. Pero, a no engañarse, ninguno de los más entusiastas basa su credibilidad en la imagen que ellos transmitan de Barack Obama. De hecho, no cubren a Obama. Este fue un episodio probablemente irrepetible en sus vidas profesionales. Más que algo revelador del periodismo nacional -que, repito, tiene conflictos de interés de verdad mucho más graves y mucho más ocultos- la foto fue un momento de registrarse con un ícono de la historia, no para guardarla en un álbum de entrevistados, sino porque esta particular persona, Obama, también forma parte de sus expectativas sobre el futuro del planeta.

¿Para qué queremos periodistas?

Una palabra sobre el título de la columna de Luis Argandoña y Andrés Azócar: ¿Para qué queremos periodistas? La pregunta es pertinente. Ambos conocen mi posición al respecto: yo creo que el periodista reporteril está en extinción. Lo está matando el rating que lo empuja a buscar eventos dramáticos, la mayoría triviales, y lo están matando los millones de ciudadanos con cámaras digitales, que crecientemente -y con toda legitimidad- están donde ocurren las noticias, las graban, editan y publican, antes que el monopolista profesional de la realidad transformada en información, el periodista, siquiera se de cuenta de que le pasó una avalancha tecnológica por encima.

¿Para qué queremos periodistas formados teóricamente por universidades y prácticamente por el primer editor que tengan, que les entregan dos preguntas para el ministro, advirtiéndoles: "no se pongan muy creativos"?

¿Para qué queremos periodistas económicos, que no saben leer balances, ni gráficos, ni tablas, les cargan los números y las estadísticas, por lo que delegan la "verdad" en lo que diga el ejecutivo que les toca entrevistar?

¿Para qué queremos periodistas internacionales si el espacio dedicado a ese sector es el único que consistentemente disminuye en los noticiarios, porque el rating se viene al piso cuando se habla del mundo?

¿Para qué queremos periodistas que corren a recibir premios de universidades y empresas a las que después deben cubrir, sin que se les note la gratitud por el galardón recibido?

¿Para qué queremos periodistas que viven de convencer a otros periodistas de viajar todo pagado a la inauguración de una empresa o una nueva destinación turística?

¿Para qué queremos periodistas que salgan de las escuelas con mínimas posibilidades de entender dónde están parados y, sin embargo, con facultades para contarle a todos lo que según ellos está pasando?

¿Para qué queremos periodistas que reportean en manada, compiten apenas y hacen despachos que son indistinguibles unos de otros?

¿Para qué queremos periodistas que exigen el derecho a lavar la ropa de todos los demás en público, pero demandan lavar la propia muy dentro de la casa?

Por cierto este listado, simplificado y al boleo, no da cuenta de las excepciones, sino de mi impresión de los promedios.

Credibilidad

Durante años, la credibilidad periodística estuvo asociada a ternos azules y corbatas con lunares, pronunciación perfecta de FM, trato a los telespectadores desde el amor y por ser todos chilenos. Algunas de las más grandes mentiras, actos de corrupción e incluso crímenes  se informaron a la ciudadanía con la mejor voz de FM, trajes azules y corbatas llenas de lunarcitos. Y la credibilidad sólo se mantuvo entre los fanáticos.

De entonces hasta ahora, han cambiado varias cosas. Hay años duros de investigación periodística, pero no mucho más. Nos centramos en los Derechos Humanos porque sabemos que falta por saber y porque hubo periodistas que crearon escuela en esta área. Pero los temas que rompen los récords de audiencia son otros: hacemos reportajes de putas, travestis, peleas de jóvenes curaos, nos metemos a las cárceles, con drogadictos, más travestis, nos asociamos a las policías para que nos dateen y nos hagan desfilar a los imputados y nos lleven a los operativos. Y todo eso es simple: cámaras de video y fotográficas, grabadoras para que el teniente cuente todo, innumerables relatos de víctimas inocentes que están tras las rejas, con sus parientes, y todo ese enorme registro de dramas humanos se entrega por la tele semana a semana, mes a mes, año tras año, formando a cientos de miles de telespectadores en una visión del país, donde sus experiencias extremas y minoritarias, de tanto verlas y repetirlas, adquieren estatura de la norma y lo habitual.

Siento que la foto con Obama gatilló deseos de pasarle la cuenta al periodismo por su complicidad en el encubrimiento de los grandes temas y por su resignación ante el imperio de la información irrelevante. Crítica que comparto. Pero pienso que difícilmente esto se podía interpretar de la famosa foto. Ella fue más fea que antiética, más de debilidad humana que de profesionalismo riguroso. Muy visible para que todos la vean, juzguen y ajusten sus confianzas, si lo creen necesario. Contrariamente a lo que sucede con los actos de hipocresía de quienes miran la foto y claman por el futuro de la credibilidad de la prensa, mientras arreglan por abajo pegas, premios, ayuda financiera con privados y públicos y asesoran en secreto a personas que después reportean.

El marco común de esa realidad de poco profesionalismo es que ocurre bajo cuerda, fuera de la percepción y alcance del público al que llegan con sus columnas, crónicas, editoriales y eventos. La gente no sabe que hay relaciones bajo la mesa y, por lo tanto, no puede ponderar esa información escondida al momento de definir cuánta credibilidad le otorga a quien le está informando.

 Algunos periodistas, como Luis Argandoña y Andrés Azocar, llevan bastante tiempo apuntando a las raíces estructurales del problema. Otros se colgaron de la foto, rasgaron vestiduras, invocaron la santa doctrina del periodismo no protagonista y volverán a las relaciones invisibles con las fuentes y empresas, apenas se asiente la polvareda.

Lo visible no daña al periodismo. Permite juzgar, para bien y para mal, su accionar. Lo invisible, lo que sucede en las sombras,  eso aniquila el profesionalismo, distorsiona las informaciones y altera la capacidad del público de evaluar de mejor manera los contenidos noticiosos.

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