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El relato del escritor Eduardo Labarca

La nebulosa muerte de Allende

por 15 febrero 2011

La nebulosa muerte de Allende
En momentos en que se reabre la investigación judicial sobre la muerte de Salvador Allende, ha aparecido una versión de su fallecimiento como “suicidio asistido”, sosteniendo que el intendente de La Moneda, Enrique Huerta, le habría dado el tiro de gracia. En esas circunstancias cobra actualidad la siguiente versión, del libro "Salvador Allende. Biografía sentimental", obtenida por el autor tras conversar largamente con los protagonistas sobrevivientes. Labarca compuso el siguiente texto (se omiten las notas que indican el origen de cada afirmación).

En el corredor que circunda las oficinas presidenciales, este 11 de septiembre a las dos de la tarde reina la noche. Humo y gases densos saturan los espacios. Las llamas avanzan, el calor sofoca, es casi imposible respirar. Vuelo de helicópteros, disparos, derrumbes, explosiones... La Payita ha bajado. El mayor Patricio Núñez, que dirige a un grupo de soldados en el asalto a La Moneda, recordará la rendición:

–Pasó medio minuto y empezaron a descender. Lo hicieron con las manos en la nuca; les ordenamos tenderse a ambos lados de la calle.

Los militares suben ya por la escalera de piedra. El Presidente se desplaza como un fantasma. Antes, ha dicho al doctor Danilo Bartulín:

–Danilo, Danilo. Tú has sido mi mejor y más leal amigo, si yo quedo herido, pégame un tiro.

Varios médicos con delantales tiznados han quedado a la zaga mientras los demás van bajando. Se conocen desde muy jóvenes, han estudiado juntos. Están unidos por lazos fuertes de amistad y por su fidelidad al Presidente. Se tratan entre ellos por sus apodos. Dadas sus edades, podrían ser hijos del Presidente. Junto a los médicos quedan dos o tres funcionarios de confianza, un par de detectives, algún GAP. Todos se juegan la vida, algunos no sobrevivirán. Las máscaras antigases que varios llevan puestas los hacen parecer de otro planeta. El doctor Arturo Jirón, cirujano y ministro de Salud, al que un rato atrás el Presidente ha llamado “Jironcito”, ha quedado al último:

–Creo que me quedé atrás, porque a esa altura yo ya funcionaba automáticamente. Y como soy alto, siempre quedé atrás, de los últimos, en las filas del colegio.

Los recuerdos de los testigos serán confusos, nebulosos, contradictorios como siempre sucede ante un magnicidio. Al cabo de siete horas de batalla y bombardeos, se hallan en “estado semicrepuscular”, con pérdida parcial de conciencia y del sentido del tiempo. La trascendencia del acontecimiento supera a los protagonistas. Los soldados también se juegan la vida con la adrenalina hirviendo y sus percepciones son confusas. Los años corromperán aún más la memoria. No habrá una verdad neta, única.

José Quiroga, “Pepe”, el “Huaso” Quiroga, médico cardiólogo, creerá recordar al Presidente que retrocede en medio de la barahúnda y la humareda “en contra del movimiento del grupo que ya estaba evacuando La Moneda; la puerta del Salón Independencia estaba cerrada cuando llega junto a nosotros”.

¿Quiénes eran “nosotros”? Son los que han quedado al final: los doctores Arturo Jirón, el propio Huaso Quiroga y el “Pollo” Ruiz, médico cardiólogo Hernán Ruiz Pulido; el abogado Arsenio “Cheno” Poupin, subsecretario general de gobierno; el intendente de Palacio Enrique Huerta, ligado al GAP; los detectives David Garrido y Luis Henríquez; el GAP Daniel Gutiérrez, “Jano”, muy apegado al Presidente...

“Allende iba en dirección contraria al avance de la hilera, dando la mano a todos”, se leerá en un libro.

–No, no le dio la mano a nadie –asegurará el Pollo Ruiz.

–No dio la mano –ratificará Jirón.

El doctor Ruiz recordará haber dicho a Arturo Jirón: “¿Adónde va?... Se va a suicidar”. El detective David Garrido afirmará haber oído al Presidente cuando exclamaba “¡Allende no se rinde, milicos de mierda!” “¡Allende no se rinde, mierda!”, dice haberlo escuchado el detective Luis Henríquez.

El Pollo Ruiz recordará que desde el fondo del sofá granate, el Presidente, antes de desaparecer, lanzó una orden, un grito. Serán las últimas palabras de Salvador Allende: "¡Cierre la puerta!"

Al doctor Quiroga le parecerá recordar que la puerta del Salón Independencia, “living” y antesala del Gran Comedor, se encontraba cerrada cuando el Presidente...

–Abre la puerta y entra al Salón Independencia, solo. Cierra la puerta tras él. Él estaba solo.

–El Presidente entró solo al Salón Independencia y cerró la puerta –coincidirá el Pollo Ruiz.

Quiroga dirá:

–Yo creo que pasaron algunos segundos, cuando alguien pregunta: “¿Qué está haciendo ahí, solo?”

Esos segundos son eternos. El doctor Patricio “Pachi” Guijón, cirujano incorporado al equipo presidencial para reemplazar a Jironcito, nombrado Ministro de Salud, reconocerá:

–La verdad es que perdí la noción del tiempo, y mis recuerdos son vagos...

Afirmará recordar que iba hacia la escalera cuando decidió retroceder:

–A la salida de la galería de los bustos se me ocurrió volver a buscar mi máscara antigases... Puchas, primera vez que estoy en una guerra, tengo que llevarle un recuerdo a mi chiquillo. Había dejado la máscara en el suelo en el corredor, en el momento en que me saqué el delantal para hacer una bandera blanca con un palo de escoba que tenía Quiroga o algún otro.

–El Pachi se había alejado. No estaba con nosotros, después volvió a buscar la máscara –dirá el Pollo Ruiz tratando de ordenar los recuerdos.

Pepe Quiroga creerá estar viendo una vez más la puerta del Salón Independencia y al Presidente que ha entrado y la ha cerrado:

–La puerta estaba cerrada. Otro de los que estaban en la fila, abre la puerta del salón y pudimos verlo.

–El que abre es Jano –insistirá Ruiz.

En la oscuridad del corredor, Pachi dice haber visto un haz luminoso. Proviene de las ventanas del Salón Independencia y reverbera en la humareda a través de la puerta abierta. Esa luz lo atrae:

–En ese momento veo una puerta abierta. Ese salón, que después identifiqué como el Salón de la Independencia, estaba iluminado por amplios ventanales.

A través del humo, los sobrevivientes creen haber visto al Presidente en el sofá.

–Se estaba sentando –dirá Guijón.

–Veo al Presidente. Está sentado. Veo su inconfundible figura en medio del humo y de los gases que invaden el recinto. Está en un sillón, de frente –dirá el Huaso Quiroga.

–Justo frente a la puerta yo vi como Allende se pegó el balazo... fue desconcertante para mí, porque se estaba sentando en el momento de dispararse... En realidad lo que yo vi fue la levantada que le produjo el impacto... –dirá Pachi Guijón el primer día y lo seguirá repitiendo a lo largo de decenios. Años más tarde, Pepe Quiroga evocará la escena:

–Está en un sillón, de frente. Antes que ninguno de nosotros pudiera reaccionar o entrar al salón, su cara, cuyos rasgos me permitían reconocerlo claramente, se borraron y luego desapareció de mi vista. Y entonces sin que se escuche nada, porque el ruido en el exterior es tremendo, su rostro desaparece, como si se desvaneciera dentro del humo...

Quiroga enumera a los que, según recuerda, también miraban: Enrique Huerta, Arturo Jirón, Arsenio Poupin, Hernán Ruiz Pulido, Patricio Guijón.

–Todos los que estábamos frente a la puerta pudimos observar lo mismo... en el preciso momento que se suicida. Lo recuerdo perfectamente y no tengo ninguna duda del hecho –insistirá.

La imagen del Presidente se ha desvanecido y el doctor Jirón ha creído oír “la detonación, demasiado cerca para que proviniera del exterior”:

–Oí un disparo –dirá.

“Allende estaba sin casco. El cráneo le voló. Estaba sentado frente a la puerta desde la que Guijón lo observaba”, se leerá en un libro. Pachi creerá recordar:

–Entré inmediatamente... esas reacciones de reflejo médico. Le tomé el pulso, pero estaba muerto. No tenía bóveda craneana, había volado. Pensé, ¿qué hago ahora? No había nadie más... en ese recinto por lo menos. Me senté al lado de él y me quedé ahí pensando que tendría que llegar alguien. Allende estaba en un sofá, un poco caído, la cara era poco reconocible, porque casi desapareció.

–A mi lado estaban Jirón y el Cheno Poupin. El que entró fue el Pachi Guijón. Yo asomé la mitad del cuerpo, solamente –dirá el Pollo.

–Entré y lo vi. La metralleta entre las piernas, la cabeza despedazada. Muerto... Yo no sé cómo llego de nuevo a la fila que baja la escalera –rememora Jironcito. El Huaso afirmará:

–Alguien irrumpió en llanto y nosotros empezamos a bajar lentamente para salir por Morandé 80, excepto el doctor Patricio Guijón, que se quedó junto al cuerpo del Presidente.

–A mi lado, el Cheno lanzó un sollozo terrible, de todo el cuerpo. Enrique Huerta tomó la metralleta y gritó: “¡El Presidente ha muerto! ¡Viva Allende! ¡No se rindan, compañeros! ¡Seremos grandes!” –recordará Ruiz, emocionado.

–Vi a Enrique Huerta tomar una metralleta y decir algo, muy alterado, algo así como que iba a salir armado y disparando de La Moneda. Alguien lo toma y lo calma –dirá Jirón. Y Pachi Guijón proseguirá:

–Me quedé ahí 10 o 15 minutos. Me senté en un pisito a esperar. Al Presidente la metralleta le había quedado entre las piernas. Yo estaba demasiado cerca de la metralleta y me iban a ver y podían dispararme. Agarré la metralleta y la puse más lejos, en el sofá. En ese momento no me preocupé de huellas digitales. Mis rodillas estaban cerca de las de Allende y yo tenía visión hacia la puerta que daba al corredor y hacia la que daba a la oficina de Puccio. Pensé que los militares iban a entrar al salón por el lado de Puccio, porque esa oficina tenía una puerta que daba a la escalera. Creo que entraron por ahí.

El mayor Patricio Núñez, que ingresó al salón con los soldados, creerá recordar:

–Yo había partido al lado oriente, hacia una oficina amplia que daba a un salón grande. Por suerte no botamos la puerta a balazos, ya que en medio de la oscuridad y la humareda divisamos una figura de blanco que nos gritó: “¡No disparen!” Era el doctor Patricio Guijón quien nos dijo que el Presidente se había  suicidado.

Pachi Guijón relatará:

–Aparecieron dos militares. Levanté las manos para que vieran que no estaba armado. Llegaron bomberos, unos diez, Fernández Larios, el general Palacios. Entraron en tromba.

Los que bajan recibiendo golpes se unirán en la vereda con la Payita que, de pie y encañonada, oye la noticia atroz de la muerte del presidente Allende, ese hombre al que amó y admiró tanto. Cuando bajaba, la Payita había querido volver, pero la sujetaron.

El general Javier Palacios, que comandó la operación, recordará:

–Nos encontramos con el espectáculo del señor Allende muerto, sentado en un sofá, por los efectos de dos tiros que él mismo se había disparado.

–La máscara antigases no la recuperé nunca –dirá Pachi Guión.

En la memoria del Pollo Ruiz se habrá grabado aquel instante en que Jano, a instancias de él y de Jironcito, abrió la puerta del Salón Independencia. Un hombre, sentado con una metralleta entre las manos, los ha visto a través del humo. Es Salvador Allende, Chicho, el niño que nació para amar a las mujeres y ser amado por ellas, para seducir a un pueblo, ser Presidente de un país llamado Chile y dirigir una revolución que ha durado tres años.

El Pollo Ruiz recordará que desde el fondo del sofá granate, el Presidente, antes de desaparecer, lanzó una orden, un grito. Serán las últimas palabras de Salvador Allende:

–¡Cierre la puerta!

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