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Análisis

Las encuestas al banquillo: datos duros, medios blandos

por 30 octubre 2012

Las encuestas al banquillo: datos duros, medios blandos
Las encuestas no están tan cuestionadas como los medios que difunden —y que muchas veces encargan— estudios de dudosa rigurosidad para empujar agendas propias de sus líneas editoriales, amparándose en números y porcentajes. Al hacerlo atentan contra la confianza de sus audiencias, pero también de su propia industria y la de las empresas de encuestas.

El fracaso que se le atribuye a las encuestas por no predecir los resultados electorales en la reciente elección municipal evidencia dos problemas. La centralidad que éstas adquieren en la vida pública, principalmente en la agenda política; y el papel que juegan los medios de comunicación a la hora de difundir y validar encuestas de dudosa calidad. Ambos procesos son parte de una disfunción electoral que atenta contra la confianza en los discursos que circulan en la esfera pública, así como también en la calidad de la democracia.

“La encuestología es la gran derrotada en esta elección”, dijeron políticos y analistas actuando como generales después de la batalla. La importancia que han tomado las encuestas al cuantificar las opiniones, valoraciones y acciones de la vida cotidiana de las personas se refleja en la valoración que hacen de ellas distintos actores. Políticos, medios de comunicación, empresas y los mismos ciudadanos ven en las encuestas instrumentos e insumos para la toma de decisiones, pero sobre todo para argumentarlas. Las encuestas son instrumentos de poder, información que permite ejercer acciones que cambien el curso de los acontecimientos. Muchas veces no es la combinación de valores e identidades lo que sostiene las ideas detrás de proyectos individuales o colectivos, son los datos de una encuesta —que se entiende como una foto, en su mayoría momentánea— de la realidad. La cuantificación de las opiniones no es un fenómeno nuevo, pero el nivel de ansiedad que actualmente generan las encuestas en los procesos políticos —entre otras cosas, por la facilidad de producirlas y difundirlas— es algo que se discute poco. Especialmente en relación al papel que juegan los medios de comunicación.

En periodos electorales, las encuestas emergen como un insumo importante para los medios y la opinión pública. En el caso de los medios, las encuestas propias y ajenas sirven para golpear y controlar la agenda de temas de interés público. Las personas encuentran en las encuestas un rating electoral que les permite evaluar el desempeño de los actores políticos, así como también situar sus propias visiones en relación a las opiniones de los otros. Las encuestas son transparentes y rigurosas cuando sus niveles de predicción están acorde a la realidad que intentan describir.

De igual forma, los medios se sostienen en la credibilidad de sus audiencias en función de la rigurosidad en la información que publican. Medios y encuestas confiables son una consecuencia de la información que ofrecen. Cuando los medios dan a conocer encuestas de dudosa calidad, avalan la falta de transparencia y rigurosidad. Al mismo tiempo, pueden generar asimetrías de información en la ciudadanía, afectando sus decisiones políticas y reforzando opiniones previas.

En su afán de golpear y poner temas en la agenda pública, muchas veces los medios producen o encargan sus propias encuestas telefónicas —que si bien son más baratas, poseen grados de incertidumbre mayor— y operan como predicciones electorales. Al mismo tiempo, esas encuestas son comentadas por analistas, creando una sensación de validez de fenómenos que no necesariamente son generalizables. Ese círculo vicioso tiene dos consecuencias que atentan contra la confianza en los medios.

En su afán de golpear y poner temas en la agenda pública, muchas veces los medios producen o encargan sus propias encuestas telefónicas —que si bien son más baratas, poseen grados de incertidumbre mayor— y operan como predicciones electorales. Al mismo tiempo, esas encuestas son comentadas por analistas, creando una sensación de validez de fenómenos que no necesariamente son generalizables. Ese círculo vicioso tiene dos consecuencias que atentan contra la confianza en los medios. Por un lado, muchas veces las encuestas reemplazan la investigación periodística y la comprensión de los procesos que hay detrás de un par de porcentajes. Por otro, contribuyen a una cultura donde la reflexión y discusión en torno a la información es reemplazada por información que se considera —y se presenta— como real e indiscutible: el dato duro. Qué mejor ejemplo que la discusión respecto de la nominación de los candidatos presidenciales. Golborne y Bachelet figuran como los candidatos fijos en la próxima elección porque las encuestas lo reflejan, no por sus ideas, proyectos o definiciones políticas.

En la democracia y los mercados —por más distintos que sean y por más que se intente homologarlos— quienes participan requieren de información para la toma de decisiones. En ese proceso el filtro que apliquen los medios de comunicación para difundir encuestas es fundamental. Si bien ha habido avances como dar cuenta de los márgenes de error al publicar resultados, todavía los medios no distinguen entre encuestas buenas y malas, entre aquellas poco transparentes y rigurosas con aquellas que permiten analizar retrospectivamente ciertos fenómenos sociales. Las encuestas no están tan cuestionadas como los medios que difunden —y que muchas veces encargan— estudios de dudosa rigurosidad para empujar agendas propias de sus líneas editoriales, amparándose en números y porcentajes. Al hacerlo atentan contra la confianza de sus audiencias, pero también de su propia industria y la de las empresas de encuestas.

Para que los datos duros no dejen en evidencia la existencia de medios blandos, una opción es que los medios publiquen post elecciones artículos con las encuestas que difundieron y los resultados finales. De igual forma, pueden mejorar el filtro a la hora de recibir y encargar encuestas de distintas empresas, poniendo atención en sus fichas técnicas, tipos de muestreo y tamaño, tasas de respuesta, publicación de bases de datos y cuestionarios. Con esa información los medios discriminarán entre resultados de encuestas metodológicamente rigurosas y los intereses de quienes las encargan. Hasta ahora, es fácil acusar a los medios de defender los intereses de sus dueños por sobre el de sus audiencias, lo que se traduce en una mayor credibilidad. Aunque algo honesto por parte de los medios es hacer públicas sus preferencias en tiempos de elecciones —especialmente presidenciales— y no esconderse en encuestas y datos duros que más que contribuir al intercambio de ideas, sólo confunden y generan desconfianza.

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