Lunes, 5 de diciembre de 2016Actualizado a las 11:42

Trascendidos de la conversación son considerados en el Segundo Piso como un exceso del ministro

La molestia de Bachelet con Burgos por la filtración de la reunión entre ambos 

por 7 enero 2016

La molestia de Bachelet con Burgos por la filtración de la reunión entre ambos 
Hoy no hay dos opiniones en el Gobierno para asegurar que este capítulo se halla lejos de estar superado, que lo que se respira es una tensa calma, una puesta en escena para tratar de mostrar una normalidad que no es tal y que dejó en una forzada situación tanto al ministro como a la Presidenta.  

Una aparente calma. Eso se observa en La Moneda estos días, después de la crisis que tuvo con un pie afuera del Gobierno al ministro del Interior, Jorge Burgos, después que la Presidenta Michelle Bachelet optara por marginarlo la semana pasada de un reservado viaje a la Región de La Araucanía. Pero la realidad está lejos de los públicos intentos por dar vuelta la página de este tenso capítulo, ya que en el Ejecutivo reconocen la “incomodidad” de la Mandataria con la autoridad DC, a pesar de haberle pedido que se quedara y que no diera un paso al costado.

La razón de la molestia presidencial –explicaron en el Gobierno y en la Nueva Mayoría– radica en la filtración del contenido de la reunión bilateral que Bachelet tuvo con Burgos el miércoles 30 de diciembre a las 16:00 horas en La Moneda, cita que permitió neutralizar la renuncia del ministro, que hasta ese momento era vox pópuli en todo el oficialismo y que tenía a la DC puntualmente en un virtual ejercicio de enlace, tensionando al máximo al oficialismo.

Al día siguiente de la reunión, en la prensa escrita salieron detalles de la conversación, frases textuales que habría pronunciado la Presidenta en la cita, lo que públicamente la dejó como “doblegada” ante el secretario de Estado. Las miradas del Segundo Piso de Palacio se dirigieron hacia el ministro Burgos, a quien responsabilizan de la filtración, la que fue catalogada internamente como un “exceso” de la autoridad DC. “Se pasó de revoluciones” al no respetar el código tácito de no revelar las conversaciones privadas con la Mandataria, al menos, no con tanto detalle, señalan en La Moneda. Y recuerdan que Burgos fue miembro del consejo editorial del diario La Tercera.

En el oficialismo afirman que no es gratuito que en Palacio señalen a Burgos como responsable de filtrar la reunión y sacan a colación una anécdota de la campaña presidencial de Eduardo Frei el 2009, en la que se desempeñó como jefe territorial de dicho comando. Aseguran que cuando se lo nombró, el ex Mandatario dijo que lo iba a hacer muy bien “si es que no se dedicaba a filtrar cosas”.

Esa suerte de “metodología” del secretario de Estado para hacer trascender elementos de la cocina política –explicaron– fomenta la desconfianza de Bachelet con su jefe de gabinete, con quien nunca ha logrado sellar una relación fluida, más aún desde el episodio en que le quitó públicamente el piso político a través de una entrevista sobre la poca injerencia política que tendría –al asegurar que no habría renuncias en el programa de Gobierno– y donde la respuesta de Burgos fue una visita del ex Presidente Ricardo Lagos a su despacho en Palacio.

En pleno fragor de la amenaza de renuncia de Burgos la semana pasada, la principal explicación que circuló para justificar la errática decisión de marginar al ministro del Interior del viaje a La Araucanía y notificarle formalmente una vez que la Presidenta ya estaba arriba del avión, fue la “molestia” de la Mandataria con la autoridad DC por sus comentarios en reserva la semana de Navidad sobre su hijo, Sebastián Dávalos, y el caso Caval. “Lo quiso castigar y no le resultó”, explicaron en La Moneda.

Si bien en público el subsecretario del Interior ha asegurado que él tampoco supo del viaje a La Araucanía y que también se enteró el mismo día, no hay nadie en el Gobierno que en privado no reconozca que “eso es imposible”, que lo dijo para poner paños fríos y no contribuir a la crisis, que el despliegue policial y de seguridad que hubo para esa gira “necesariamente” debió pasar por la venia de Aleuy. Todos coinciden en que él fue informado el día lunes.

El favorito

El mismo martes en que Bachelet viajó a La Araucanía y la renuncia de Burgos solo la conocían unos pocos en la DC –que cumplieron ese día el papel de contenedores del enojo del ministro, como fue el caso del Intendente, Claudio Orrego–, durante toda la jornada el Gobierno fue atravesado por intensos comentarios sobre el dilatado cambio de subsecretarios: que estaba ad portas de concretarse, que tendría una mayor envergadura que los cuatro puestos vacantes hasta ahora –Redes Asistenciales, Cultura, Economía y Sernam– y que incluso obligaría a mover algunas piezas del gabinete de ministros.

Al correr de las horas, asesores gubernamentales, parlamentarios  e inquilinos de La Moneda coincidían ese día en que todas las señales internas apuntaban a un ajuste mayor, que implicaba el paso al costado del ministro Burgos y que en su lugar sería instalado el subsecretario de Interior, Mahmud Aleuy. “La relación de la Presidenta y Burgos ya no da para más”, afirmaron ese martes.

No hay que olvidar la cercanía y confianza que tienen el subsecretario con la Presidenta Bachelet, ambos socialistas, comulgan con la Nueva Izquierda del partido, se conocen, Aleuy ha sido clave en desarrollar un trabajo silencioso, y tras bambalinas, de coordinación política en la actual administración bacheletista. A eso se suma, la sincronía y línea directa con la jefa de gabinete de la Mandataria, Ana Lya Uriarte, quien tras este episodio quedó en la mira de la DC.

Además, si bien en público el subsecretario del Interior ha asegurado que él tampoco supo del viaje a La Araucanía y que también se enteró el mismo día, no hay nadie en el Gobierno que en privado no reconozca que “eso es imposible”, que lo dijo para poner paños fríos y no contribuir a la crisis, que el despliegue policial y de seguridad que hubo para esa gira “necesariamente” debió pasar por la venia de Aleuy. Todos coinciden en que él fue informado el día lunes.

Una vez que Bachelet ya había regresado a Santiago desde La Araucanía, el clima interno en el Gobierno cambió radicalmente, los teléfonos no dejaban de sonar y todos decían lo mismo: Burgos había renunciado. Ello dejó congelado el ajuste de subsecretarios y obviamente el “ascenso” de Aleuy.

Solucionada la crisis, con el ministro ratificado en su cargo y después de algunos días de debate interno para decantar lo sucedido, a principios de esta semana en el propio Ejecutivo reconocían que lo sucedido fue producto de “una operación mal hecha, que salió muy mal” y que buscaba, precisamente, generar el espacio para instalar a Aleuy como titular de Interior. A ello, se agrega otro dato desde la DC y es que estaban al tanto que el director de políticas públicas de la Presidencia, Pedro Güell –parte del círculo de hierro de la Mandataria junto a Uriarte y la jefa de prensa, Haydée Rojas– habría manifestado en privado, en días previos, que era necesario sacar a Burgos.

Si bien todas las miradas culparon a Uriarte, lo cierto es que en el Gobierno y en la Nueva Mayoría reconocen que precisamente porque no se sale del libreto que determina Bachelet y no tiene aspiraciones propias, es que se ha ganado la confianza ante los ojos de la Mandataria.

Públicamente algunos marcaron el punto. El senador DC, Ignacio Walker, dijo que “hay distintos tipos de responsabilidades en distintos niveles (…) evidentemente que existe una responsabilidad política de la Presidenta de la República que es jefa de Estado, del Gobierno de no haber comunicado, informado, no haber hecho las coordinaciones que una decisión como esa implicaba”, mientras que el diputado PS, Osvaldo Andrade, agregó que a los críticos de Uriarte “se les olvida que en el segundo piso está la Presidenta”.

Lo que no se contempló –reconocen en el Ejecutivo– y es lo que llevó a que este episodio terminara siendo un amargo autogol para la Mandataria, es que trascendiera la “intención” de Burgos de renunciar, cosa que cambió el escenario interno, gatilló la crisis y alimentó la presión pública de la DC para defender a su ministro, haciendo crujir a la coalición oficialista en su conjunto.

Hoy no hay dos opiniones en el Gobierno para asegurar que este capítulo se halla lejos de estar superado, que lo que se respira es una tensa calma, una puesta en escena para tratar de mostrar una normalidad que no es tal y que dejó en una forzada situación tanto al ministro como a la Presidenta.

Pero también todos coinciden en que la intención de instalar a Aleuy en Interior “quedó congelada”, al menos por ahora, que no hay espacio en este momento para insistir en esa fórmula, porque implementarla implicaría –vaticinan– una dolorosa fractura en la Nueva Mayoría. A menos que la Presidenta esté dispuesta a pagar a la DC un alto precio por la cabeza de Burgos.

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