Martes, 26 de septiembre de 2017 Actualizado a las 09:35

Testimonios de uno de los lugares más afectados por la crisis en el mar

Carelmapu: el pueblo herido a muerte por el desastre ambiental en la Región de Los Lagos

por 16 mayo, 2016

Carelmapu: el pueblo herido a muerte por el desastre ambiental en la Región de Los Lagos
La caleta –donde habitan unas 5 mil personas– también es parte de los afectados por la situación que se ha hecho visible por las movilizaciones en Chiloé. Al igual que en el archipélago, los habitantes de Carelmapu creen que la responsabilidad del desastre está en las toneladas de salmones muertos y arrojados al océano. Esta es la historia de un pueblo que depende completamente del mar y que se unió a las tomas por miedo a desaparecer.

Miles de cacerolas sonando en las tranquilas calles de Carelmapu el lunes 2 de mayo en la noche, sorprendieron al sacerdote Juan Martínez mientras estaba en su casa, ubicada junto a la parroquia roja al final de la pequeña caleta ubicada a 85 kilómetros de Puerto Montt. El párroco creyó que quizás la gente estaba celebrando el reciente triunfo futbolístico de Universidad Católica. “Jamás pensé que se habían juntado a protestar masivamente. Pero era tiempo de que el pueblo reclamara sus derechos”, manifiesta.

Ese día, gran parte de los habitantes del tranquilo poblado –que alberga a unas 5 mil personas– salió a las calles en medio del caos social generado por el desastre ambiental provocado por la marea roja que asola a la Región de Los Lagos –y que ha empezado a extenderse a otras regiones– para hacer visible que por este motivo el pueblo completo está de brazos cruzados.

La situación es crítica: la gente de Carelmapu se sostiene y existe exclusivamente gracias a lo que extraen del mar: piure, almejas, erizos, culengue y otros productos que permiten y justifican su existencia. “El mar implica nuestra identidad como pueblo. Históricamente dependemos, vivimos y somos del mar”, asegura Julio Soto, uno de los pobladores.

Por eso la alerta sanitaria decretada el 20 de abril por el Ministerio de Salud en la X Región, significó que todos quedaran sin sustento y sin ninguna opción para sobrevivir.

Ese lunes, unas dos mil personas se unieron al cacerolazo y se dirigieron al sector de la explanada, donde está el muelle pesquero. Allí decidieron que era necesario hacer más que eso para llamar la atención de las autoridades, que les ofreció un bono con condiciones que no los dejó conformes.

La desesperación los llevó a cortar la ruta 5 Sur a la altura del baipás del cruce Maullín a partir de las 6 de la mañana del día siguiente. Hoy, lunes, se cumplen 14 días desde que cortaron la ruta. Sin embargo, en las próximas horas podrían decidir si optar o no por abandonar las medidas de presión y aceptar el diálogo con el Gobierno, a pesar de que la semana pasada la entrega de bonos por parte de las autoridades tensionó aún más las cosas, generando descontento porque no entienden a quién beneficia.

El párroco Juan Martínez conoce el mar desde dentro: fue buzo mariscador, oficio que aprendió en Carelmapu en su juventud.

El párroco Juan Martínez conoce el mar desde dentro: fue buzo mariscador, oficio que aprendió en Carelmapu en su juventud.

Además –según explican– en muchos casos el trabajo es muy informal, por lo que existe una parte de importante de los afectados que no cuenta con la documentación necesaria que exige el gobierno para acceder a la ayuda, especialmente en el caso de los que se dedican a desconchar mariscos y que en su gran mayoría son mujeres.

Por eso, los dirigentes que han sostenido negociaciones a nombre de la comunidad exigen que, además de ser incluidos en los bonos ya negociados con Chiloé, estos se entreguen tanto a quienes cuenten con el Registro Pesquero Artesanal (RPA) como a quienes no lo tengan.

Con respecto a este acuerdo alcanzado el sábado por seis comunas del centro de la isla de Chiloé, que se sumaron a Chonchi con el equipo negociador del gobierno encabezado por el “ministro coordinador” Felipe Céspedes, “no es representativo, no nos representa a nosotros”, explica José Molina dirigente de la mesa de trabajo que ha llevado adelante las negociaciones.

Más allá de los bonos, está en proceso de estudio una eventual demanda ambiental contra el Estado.

Pueblo fantasma

La imagen de las cerca de 120 embarcaciones ancladas en la caleta todas las mañanas, les recuerda a los habitantes que las cosas cambiaron radicalmente: ya no es posible embarcarse a bucear. También quedaron sin trabajo las desconchadoras de piure, algunas de las cuales trabajaban junto a sus maridos.

La rutina era sencilla: en algunos casos recibían en la puerta de su casa todos los días unos sacos de mariscos para desconcharlos y, en otros, ellas mismas iban a la caleta a proveerse de ellos, en mayores cantidades.

Don Chano explica que además de las diferencias con los mariscos, durante sus largos años como buzo, actividad que hoy practica con traje “rana”, empezó a ver cómo el océano que visitaba diariamente también iba cambiando. Partiendo por las mareas, porque “ahora la marea baja por mucho menos tiempo”, lo que les permite trabajar como máximo 80 minutos. Antes lo hacían por dos horas.

Tal como explica Bernardita Ruiz, que se dedica a desconchar piure, “los buzos extraen los mariscos desde los barcos, que luego se reparten en la explanada o en las casas. Es una cadena, un círculo de trabajo ligado directa y exclusivamente al mar”. Por eso, las calles de Carelmapu hoy se ven desoladas: vacías, con pequeños grupos de pescadores caminando en círculos, fumando y mirando la playa.

Las casi 120 embarcaciones que diariamente salían de la caleta a buscar mariscos y pescados, hoy se encuentran paralizadas.

Las casi 120 embarcaciones que diariamente salían de la caleta a buscar mariscos y pescados, hoy se encuentran paralizadas.

Es el caso de los hermanos Juan y José Hernández, que se dedican al desconche de piure. “Empezamos a las 8 de la mañana. Un jefe reparte los sacos por casa y se paga el desconche por kilo. Todos los días un saco y uno se demora mínimo dos horas en hacer el trabajo”, explica Juan, que asegura que “siempre había trabajo, con eso nos manteníamos”.

Los pocos negocios que existen, que incluyen a algunos restaurantes, una ferretería o pequeños boliches de alimentos y otros productos, en su mayoría permanecen cerrados y enfrentan, al igual que el resto del pueblo, un destino incierto.

La desconchadora de piure Bernardita Ruiz frente a su casa, que al igual que las otras casas de Carelmapu con banderas negras protestan silenciosamente contra el desastre ambiental que los tiene de brazos cruzados.

La desconchadora de piure Bernardita Ruiz frente a su casa que, al igual que los otros hogares de Carelmapu, con banderas negras protestan silenciosamente contra el desastre ambiental que los tiene de brazos cruzados.

A distintas horas, gran parte de los habitantes del lugar se trasladan en bus a la toma, que está a unos 40 kilómetros de Carelmapu, y en la que participan a través de un sistema de turnos junto a otros pobladores de varios sectores de la comuna de Maullín, severamente afectada por la marea roja.

Allí dialogan, realizan actos, comparten comida y café y se anuncian las últimas novedades de las negociaciones que llevan con el Gobierno.

El martes pasado, Juan Martínez ofició una misa a las 4 de la tarde en medio de los neumáticos humeantes y refugios improvisados que albergan a recolectores de orilla, desconchadoras, buzos, asistentes de buzos y también profesores de la escuela.

El sacerdote llevó la imagen de la Virgen de la Candelaria –figura en torno a la cual la localidad celebra la popular Fiesta de la Candelaria a principios de febrero– a la ceremonia, durante la cual criticó duramente al Ejecutivo por los depósitos realizados. “Esta decisión unilateral del Gobierno de entregar el bono sin consultar a los dirigentes sociales, a los pescadores, a los buzos, a los recolectores de marisco y desconchadoras de piure, pasa y atropella los derechos de nuestro pueblo sencillo y humilde”, señaló.

El sacerdote conoce de cerca la vida del mar. Durante su juventud fue buzo y aún conserva una tarjeta de buzo mariscador. Asegura que ve depresivas a las personas. “Algunos se ponen a llorar de la impotencia. Es que todo esto fue una gran sorpresa: de la noche a la mañana no pudieron continuar trabajando”, explica.

Martínez, que lleva cinco años como párroco del lugar luego de ser trasladado desde Cochamó –una comuna al sur de la provincia de Llanquihue–, explica que nadie recuerda que anteriormente los hubiera afectado la marea roja. Y si bien admite que “le quedan pocos recursos a los bancos de mariscos, aún mueven al pueblo”.

José Hernández observa impotente, cómo el pueblo que los albergó junto a su hermano Juan hace casi 40 años hoy podría desaparecer.

José Hernández observa impotente cómo el pueblo que los albergó junto a su hermano Juan hace casi 40 años, hoy podría desaparecer.

El hombre de la escafandra

A sus 75 años, Francisco Segundo Cerón, don “Chuno”, mira con preocupación lo que está sucediendo en el terruño que lo alberga desde los 19 años, al que llegó desde Maullín después del terremoto del 60, seducido por la riqueza del mar.

En Carelmapu aprendió a bucear con escafandra, tarea que realizó por 12 años. “Eran 24 kilos de peso entre la espalda y el pecho. Más los zapatos con punta de fierro, unos 8 kilos cada uno. Más el casco, otros 15 kilos… eran más de 50 kilos extra, pero bajo el agua se sentía liviano”. Incluso una vez se le cortó la manguera del aire, pero logró salvarse. Hoy no sabe si tendrá la misma suerte con su trabajo: al igual que el resto del pueblo lleva semanas parado y su embarcación, “Panchita II”, está quieta en las tranquilas aguas de la caleta.

A lo largo del tiempo, fue viendo cómo los ricos bancos de mariscos que proveían a la caleta fueron mermando, lo mismo que el mar.

Al principio “sacaba 5 a 6 mil locos al día. Íbamos al otro día y de nuevo. Después se terminó, hará unos 15 años empezó a hacerse más difícil. Ahora no hay mariscos, y los que hay están contaminados. Yo sacaba erizos, almejas, piures. Los erizos eran enormes, de 12 centímetros. Sacábamos 4 mil, 5 mil al día. Hoy son más chicos, como la mitad, y se venden por kilo. Se sacaban unos 200 diarios”, detalla.

Don Chuno explica que, además de las diferencias en los mariscos, durante sus largos años como buzo, actividad que hoy practica con traje “rana”, empezó a ver cómo el océano que visitaba diariamente también iba cambiando. Partiendo por las mareas, porque “ahora la marea baja por mucho menos tiempo”, lo que les permite trabajar como máximo 80 minutos. Antes lo hacían por dos horas.

Además, relata que “ha cambiado el piso de abajo del mar. Antes era limpiecito. Ahora hay mugre, muchas algas, los erizos, por ejemplo, están tapados de ellas. Hay días en que ni se ve para abajo, el agua está turbia, media café, ya no es clarita”.

La emergencia que enfrentan desde hace varias semanas es algo que lo tomó por sorpresa. “Nunca había visto esto. Marea roja siempre hubo, pero nunca había matado mariscos, así que esto no es marea roja, ¡es mentira! Llevo 45 años en esto. Nosotros le echamos la culpa a todo ese salmón que anduvieron botando”, enfatiza.

Luego de más de medio de siglo trabajando en el mar, don Chano ha ido observando los cambios de los ricos bancos de mariscos, el agua y el clima en Carelmapu.

Luego de más de medio de siglo trabajando en el mar, don Chuno ha ido observando los cambios de los ricos bancos de mariscos, el agua y el clima en Carelmapu.

El buzo, que lleva botas negras de agua, pese a que las lluvias escasean y un cálido sol invade su jardín, recuerda que el clima también era distinto. “Por estas fechas mi sitio siempre estaba lleno de agua. Ahora todo sequito. A las 8 había temporal de la tarde, teníamos que ir a arreglar el fondeo de los lanchas, le teníamos que poner otra ancla. Al menos ahora no hay viento que se lleve los barcos…”, cuenta.

Don Chuno reflexiona: “El mar estará aburrido con nosotros quizás… es tanto lo que uno lo ha explotado ya”.

El factor salmonero

Al igual que en Chiloé, junto a don Chuno los demás habitantes de la zona apuntan a las miles de toneladas de salmones muertos arrojados al mar, entre el 13 y el 26 de marzo, como un factor determinante ante el inédito desastre que enfrentan.

Jaime Hernández llegó hace 42 años a vivir a Carelmapu. Es mariscador, y durante la mañana del viernes, mientras cumple su largo turno en la toma del cruce de Maullín, cuenta que días antes de que se declarara la alerta sanitaria se fue junto a otros buzos “a prestar servicio a las salmoneras y estaba el despelote. Había cantidades de tambores con ácido para deshacer los peces muertos. Lo que estaba abajo, en el fondo de las jaulas, estaba tan molido que no se podía sacar. Trabajamos tres días y después nos echaron”.

Jaime, cree que “esto no es marea roja. Es producto de la embarrá que se mandaron las salmoneras. Es el envenenamiento con que contaminaron las aguas, que está matando todo”.

El mariscador Jaime Hernández llegó hace 42 años a Carelmapu desde Puerto Montt. Cree firmemente que la marea roja no es tal, sino que es "el envenenamiento de las salmoneras".

El mariscador Jaime Hernández llegó hace 42 años a Carelmapu desde Puerto Montt. Cree firmemente que la marea roja no es tal, sino que es "el envenenamiento de las salmoneras".

Carlos Esteban Altamirano es buzo mariscador, tiene 21 años y es de Maullín. También participa en la toma y al igual que los demás apunta a la industria salmonera. “La marea roja no mata al marisco, solamente se aloja en él (…). El ácido que ocupan las salmoneras para disolver el pescado tiene que ver con esto”, afirma.

Carlos lo vio de cerca, ya que por un tiempo trabajó de guardia en una salmonera.

“Cuando vas a las bodegas de ensilaje –método de conservación de los desechos– hay que usar máscaras de protección”, detalla.

Su papá, que también es buzo mariscador, se fue hace unos días a trabajar a Puerto Natales. “Yo igual me voy a tener que ir”, adelanta el joven.

El sacerdote Martínez también apunta a la industria, y a la falta de normativa y fiscalización que –asegura– ha dado manga ancha a una forma de operación que históricamente no se ha preocupado del medioambiente.

“Cuando llegué como párroco el año 1999 a Cochamó, lo primero que hice fue tratar de hablar con los jefes de centros de las salmoneras. Les pregunté cuál era el máximo de la producción de salmones. La respuesta fue 'hasta que la gente deje de comer'”, señala.

En todo caso, en opinión  del párroco, existe una responsabilidad conjunta, que no solo atañe a las salmoneras, sino también a las propias comunidades y autoridades. “Lo que con el correr de los años gatilla que el mar o la naturaleza se tiene que enfermar”, asegura.

Carlos Esteban Altamirano, buzo mariscador, durante su turno en la toma del cruce de Maullín iniciado a las 6 de la mañana del martes 3 de mayo.

Carlos Esteban Altamirano, buzo mariscador, durante su turno en la toma del cruce de Maullín iniciado a las 6 de la mañana del martes 3 de mayo.

 

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