Salud
Crédito: El Mostrador.
Ejercicio y enfermedades respiratorias: beneficios y precauciones para una práctica segura
La actividad física regular puede reducir la disnea y fatiga y mejorar la capacidad aeróbica en personas con enfermedades respiratorias. El académico Rubén Pérez explica cómo estructurar las sesiones y qué riesgos considerar según cada caso.
El ejercicio no solo contribuye al acondicionamiento físico. En personas con enfermedades respiratorias crónicas y alergias, una actividad física regular y progresiva puede favorecer la capacidad aeróbica, la fuerza muscular y la tolerancia al esfuerzo, además de aportar beneficios sobre el bienestar emocional.
Ejercicio como apoyo para la rehabilitación respiratoria
Aunque ya comenzó la primavera, en Chile todavía se mantiene una alta circulación de virus respiratorios. En este escenario, mantener hábitos que contribuyan al cuidado de la salud continúa siendo relevante.
Para quienes viven con enfermedades respiratorias crónicas o alergias, la actividad física puede convertirse en una herramienta de apoyo cuando se realiza de manera adecuada y considerando las condiciones particulares de cada persona.
Entre sus posibles beneficios se encuentran la reducción de la disnea y la fatiga, una mayor tolerancia al esfuerzo y mejoras en la capacidad aeróbica y la fuerza muscular. También puede contribuir a disminuir los niveles de estrés, ansiedad y depresión.
Rubén Pérez, coordinador del Departamento de Morfología y Función de UDLA Sede Viña del Mar, explica que “el ejercicio regular y progresivo es una herramienta fundamental dentro de la rehabilitación respiratoria. No solo mejora parámetros clínicos, sino que también aporta bienestar físico y emocional, favoreciendo una vida con mayor calidad y autonomía”.
¿Qué enfermedades respiratorias pueden beneficiarse?
Los efectos del ejercicio pueden variar dependiendo de la enfermedad y de las condiciones de cada persona.
En quienes presentan Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), la actividad física se asocia con una disminución en el número de hospitalizaciones y reingresos.
En el caso del asma, puede contribuir a un mejor control de los episodios obstructivos y reducir la hiperreactividad bronquial.
Para las personas con fibrosis quística, el ejercicio facilita la limpieza de las vías respiratorias. Mientras que, después de cuadros de neumonía o COVID-19, puede apoyar el proceso de recuperación una vez superada la fase aguda.
No todas las personas deben ejercitarse de la misma manera
Que la actividad física pueda aportar beneficios no significa que cualquier ejercicio, intensidad o duración sea apropiado para todas las personas con enfermedades respiratorias.
La evaluación previa y la supervisión profesional son relevantes para identificar posibles riesgos y determinar las características que debería tener el entrenamiento.
“Realizar actividad física no implica que todas las personas deban entrenar de la misma manera. La evaluación previa permite identificar riesgos y establecer el tipo de ejercicio, la intensidad y la duración más apropiados para cada caso”, precisa Pérez.
Entre los riesgos potenciales mencionados por el académico se encuentran la broncoconstricción inducida por el ejercicio, el descenso de la saturación de oxígeno, especialmente en pacientes con fibrosis pulmonar, y la aparición de tos u opresión torácica ante aire frío, seco o con altos niveles de contaminación.
También deben considerarse factores de riesgo cardiovascular, como un infarto reciente o arritmias no controladas, que podrían contraindicar temporalmente la actividad.
El entorno en que se realiza el ejercicio también es relevante. En este sentido, se recomienda evitar temperaturas extremas y espacios con mala calidad del aire.
¿Cómo estructurar una sesión de ejercicio?
Una sesión puede dividirse en tres etapas: calentamiento, fase central y enfriamiento.
Según explica Pérez, el calentamiento debería durar entre 5 y 15 minutos e incorporar movimientos suaves y estiramientos dinámicos.
Luego puede desarrollarse una fase central con ejercicios aeróbicos, entre ellos caminata vigorosa, bicicleta estática, natación o baile. Esta etapa puede complementarse con entrenamiento de fuerza para los principales grupos musculares.
La fase central puede extenderse entre 20 y 30 minutos. Para quienes retoman la actividad después de un período de inactividad, la recomendación entregada es comenzar con sesiones de 10 a 15 minutos e incrementar gradualmente el tiempo y la carga de trabajo.
Finalmente, el enfriamiento puede durar entre 5 y 10 minutos, incorporando movilidad articular y estiramientos.
El Test del Habla como referencia para regular la intensidad
Uno de los elementos que el académico destaca para controlar el esfuerzo es el llamado Test del Habla, que permite reconocer la intensidad de la actividad durante el ejercicio.
“En personas con enfermedades respiratorias, la intensidad debería mantenerse en niveles moderados, especialmente al retomar la actividad. Una herramienta sencilla para regular el esfuerzo es el Test del Habla, instrumento con el que las personas pueden reconocer la intensidad del esfuerzo. La actividad física debe generar un desafío, pero sin provocar una dificultad respiratoria excesiva. Si durante el ejercicio se puede mantener una conversación sin dificultad, la intensidad es adecuada. En cambio, si hablar resulta difícil o aparece una sensación marcada de sofocación, el esfuerzo podría ser demasiado elevado”, concluye Pérez.
Así, la actividad física puede formar parte del apoyo a personas con enfermedades respiratorias, pero su intensidad, duración y tipo deben ajustarse a las condiciones particulares de cada caso.