Opinión
Redes sociales: ¿Somos quienes creemos ser o los algoritmos nos definen?
Solemos pensar que las redes sociales influyen en nuestra autoestima principalmente porque nos llevan a compararnos con otras personas. Vemos fotografías, historias y pequeños fragmentos de vidas ajenas que, a veces, nos hacen cuestionar nuestra propia imagen, nuestros logros o la vida que llevamos.
También nos importa lo que otros piensan de aquello que publicamos y de ese pequeño trozo de nuestra vida que hemos decidido mostrar.
Pero ¿qué ocurre si miramos más allá de la comparación social? ¿Y si las tecnologías no fueran simplemente herramientas, sino que también participaran en la construcción de nuestra propia imagen?
Los nuevos materialismos, una perspectiva contemporánea de la teoría social en la que encontramos aportes de autoras como Karen Barad, nos ofrecen una manera interesante de abordar estas preguntas. Esta perspectiva nos invita a observar no solamente cómo nos construimos en nuestras relaciones con otras personas, sino también cómo participamos en procesos de “intra-acción” con elementos humanos y no humanos.
¿Cómo se diferencia esto de la interacción? Que esta última supone que existen entidades previamente definidas que luego se relacionan entre sí. Por ejemplo, una persona utiliza una plataforma digital y esta influye en sus percepciones. En la “intra-acción” se propone que las entidades, sus características y sus límites se van configurando en el propio proceso de relación. No tenemos simplemente un sujeto por un lado y una tecnología por otro, sino que sus formas de existencia y actuación se constituyen dentro de un entramado de relaciones.
En palabras sencillas, nuestros cuerpos, identidades, imágenes y referentes culturales no existirían como realidades completamente separadas de estos entramados, sino que se irían configurando continuamente a través de ellos. No se trataría de un “yo” completamente definido que simplemente ingresa a internet y recibe sus efectos, sino que podríamos observar un “yo digitalizado”, que también sería una versión real de nosotros mismos, que se va construyendo mientras
participamos de ese mundo virtual.
Pensemos en algo tan cotidiano como deslizar el dedo por una pantalla. Allí participan nuestro cuerpo, la posición en que sostenemos el celular, las imágenes que aparecen, los movimientos de nuestros dedos, los contenidos seleccionados por un algoritmo, nuestra capacidad de atención y la dopamina que se genera en nuestro cerebro. No son elementos aislados que simplemente se encuentran:
forman parte de una experiencia que se produce en conjunto y en la que también se van configurando nuestras maneras de percibir, sentir y actuar.
Puede sonar un poco extraño, ¿no? Pero pensemos en algunas situaciones cotidianas.
Los likes y la autoestima
Una mujer decide tomarse una fotografía para compartirla en sus redes sociales. Busca un lugar con buena iluminación, levanta ligeramente el celular, prueba distintos ángulos y selecciona la imagen que más le gusta. Quizás utiliza un filtro que suaviza su piel o ajusta los colores. Finalmente, publica la fotografía y se siente satisfecha con el resultado.
Sin embargo, pasan las horas y recibe pocas reacciones. Vuelve a abrir la aplicación, observa el número de likes y mira nuevamente su fotografía. Algo que inicialmente le parecía bonito comienza a generarle dudas. ¿Será que no me veo tan bien? ¿Por qué casi nadie reaccionó?
Lo interesante es que la imagen que publicó no surgió solamente de su decisión de mostrarse de determinada manera. Se produjo en una relación entre su cuerpo, la cámara, la iluminación, los ángulos, los filtros, los referentes de belleza que ha aprendido y las posibilidades que ofrece la propia plataforma.
Y tampoco la experiencia termina cuando publica. El contador de reacciones, las notificaciones, la visibilidad que el algoritmo otorga a la imagen y las expectativas sociales de reconocimiento siguen participando en la manera en que esa fotografía adquiere significado para ella.
Así, la imagen que tiene de sí misma no se construye solamente frente a un espejo ni exclusivamente a partir de lo que otros opinan. También se configura en esas conexiones entre cuerpos, tecnologías, imágenes y formas de reconocimiento social.
El ideal del cuerpo perfecto
Un hombre comienza a interesarse por mejorar su condición física. Busca algunos ejercicios, mira videos de entrenamiento y guarda una rutina que le parece interesante. A partir de esas interacciones, las plataformas comienzan a recomendarle contenidos similares. Poco a poco, su pantalla se llena de cuerpos musculosos, transformaciones físicas sorprendentes, aplicaciones para registrar calorías y rutinas que prometen resultados cada vez más rápidos. Mientras observa los videos, también aprende a reconocer ciertos ángulos, poses y formas de mostrar el cuerpo que resaltan músculos y ocultan imperfecciones.
Un día, frente al espejo, comienza a observar su propio cuerpo de otra manera.
Quizás cambia su postura, contrae el abdomen o compara sus brazos con los que ha visto tantas veces en la pantalla. ¿En qué momento comenzó a cambiar su idea de un cuerpo atractivo?
Desde esta perspectiva, no podríamos atribuir ese cambio exclusivamente a sus pensamientos ni a la influencia de otras personas. El ideal corporal se va configurando en un entramado donde participan imágenes, algoritmos, cámaras, aplicaciones, prácticas de ejercicio, discursos sobre salud y expectativas culturales sobre la masculinidad.
Incluso el gesto de mirarse al espejo puede adquirir un significado diferente cuando hemos aprendido a observar nuestro cuerpo a través de imágenes y referentes que circulan constantemente por las plataformas.
Las expectativas de éxito
Una mujer de mediana edad se siente satisfecha con su trayectoria profesional. Ha construido una carrera, enfrentado desafíos y alcanzado metas importantes para ella.
Un día decide actualizar su perfil profesional. Selecciona una fotografía, organiza sus experiencias y comienza a revisar las publicaciones de sus colegas. La plataforma le muestra ascensos, viajes al extranjero, reconocimientos y nuevas oportunidades laborales. Algunas publicaciones acumulan numerosas felicitaciones y reacciones.
Con el tiempo, comienza a preguntarse si debería mostrar más sus propios logros Quizás modifica la descripción de su perfil, selecciona qué experiencias destacar o comienza a mirar su trayectoria desde los indicadores que la plataforma pone a su disposición.
Aquello que antes le parecía suficiente puede comenzar a sentirse insuficiente. Pero aquí ocurre algo más interesante que una simple comparación con otras personas. La propia manera de presentar, organizar y reconocer una trayectoria profesional se va configurando en relación con las plataformas digitales. Los perfiles, las categorías de experiencia, los indicadores de visibilidad, los algoritmos y las formas de reconocimiento participan en la construcción de aquello que entendemos por éxito.
No solamente observamos modelos de éxito en una pantalla. También aprendemos a representar nuestra trayectoria utilizando las herramientas y los criterios que esas mismas tecnologías hacen posibles.
Los filtros y los algoritmos
Estos ejemplos nos permiten comprender por qué un filtro facial podría no ser solamente una herramienta que modifica una fotografía. Pensemos en lo que sucede cuando nos acostumbramos a observar nuestro rostro con la piel más lisa, los rasgos más definidos o las imperfecciones borradas.
Al tomarnos una fotografía, acomodamos nuestro rostro buscando el ángulo que mejor funciona con el filtro. Repetimos el gesto, seleccionamos una imagen y quizás la utilizamos como fotografía de perfil. Luego, al mirarnos reflejados en una tecnología humana mucho más rudimentaria como el espejo, podemos sentir que algo nos falta, que algo no está bien.
En esa experiencia, el filtro, la cámara, nuestro rostro, los movimientos corporales y los referentes culturales de belleza participarían conjuntamente en la producción de una imagen de nosotros mismos. Incluso pueden transformar nuestras prácticas cotidianas y aquello que llegamos a reconocer como atractivo.
Algo similar ocurre con los algoritmos. No solo organizan contenidos; también participan en las condiciones bajo las cuales ciertas imágenes, experiencias y estilos de vida se vuelven visibles. Cuando navegamos por redes sociales, no observamos una representación neutral de la sociedad. Los algoritmos seleccionan qué contenidos mostrarnos considerando, entre otras cosas, nuestras interacciones, nuestros comportamientos y los objetivos de las plataformas, como mantener nuestra atención e incentivar el consumo.
Si nuestra pantalla se llena constantemente de cuerpos perfectos, estilos de vida exitosos, viajes y logros profesionales, podemos comenzar a pensar que esas experiencias son mucho más habituales de lo que realmente son. Lo que vemos una y otra vez puede parecernos normal, y aquello que consideramos normal puede terminar convirtiéndose en una expectativa sobre nuestra propia vida.
Pero esa expectativa tampoco surgiría solamente de lo que observamos. Se construiría en las prácticas cotidianas que desarrollamos junto a estas tecnologías: las imágenes que producimos, los contenidos que seleccionamos, las reacciones que esperamos y las formas en que aprendemos a observarnos.
Uso consciente de las redes sociales
Comprender estas conexiones detrás, nos puede permitir relacionarnos de manera más consciente con las tecnologías digitales. Reconocer que no solo nos muestran imágenes e información, sino que también participan en la manera en que aprendemos a mirarnos, valoramos nuestro cuerpo y definimos qué consideramos atractivo, exitoso o deseable, nos puede ayudar a orientar el uso de estas tecnologías en adolescentes y personas que podrían ser más vulnerables. Porque las redes sociales no solo nos muestran ideales de perfección. También pueden hacer que esos ideales comiencen a formar parte de nuestra vida cotidiana y de los criterios con los que nos evaluamos. Pero esta reflexión no puede quedarse solamente en las decisiones que cada persona toma frente a una pantalla. Si las tecnologías participan en la construcción de nuestros referentes de belleza, éxito y reconocimiento, también debemos preguntarnos por la responsabilidad de quienes las diseñan y exigir condiciones éticas de funcionamiento, más allá del uso de nuestros datos personales.
Entonces, ¿cuáles son los límites necesarios? Y, más importante aún, ¿quiénes deben participar en su definición?
Nos toca abrir este diálogo y pensar cómo queremos organizarnos como sociedad frente a tecnologías que no solo transforman nuestras formas de relacionarnos, sino también las maneras en que aprendemos a reconocernos.
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