Opinión
Chile invierte en IA, pero no en talento: la brecha que frena la transformación digital
Chile avanza en transformación digital, pero no al mismo ritmo que su capital humano. El país enfrenta un déficit de más de 6.000 profesionales TI, que podría traducirse en pérdidas superiores a los US$10.000 millones hacia 2030, según el Servicio Nacional de Capacitación y Empleo (SENCE), justo cuando las empresas aceleran su inversión en inteligencia artificial.
El contraste es evidente: el 86% de los líderes planea aumentar su inversión en IA hacia 2026, pero solo el 20% de los trabajadores se siente preparado para implementarla, de acuerdo con el estudio Pulse of Change de Accenture. La desconexión no es menor: mientras la tecnología avanza, la formación sigue quedándose atrás.
En paralelo, el problema se profundiza. Hasta un 76% de las empresas en Chile reconoce dificultades para encontrar talento tecnológico, y a nivel latinoamericano la brecha alcanza cerca del 48%, con una demanda proyectada de 2,5 millones de profesionales TIC hacia 2028. A esto se suma otra señal crítica: aunque el 94% de los trabajadores quiere formarse en inteligencia artificial, solo el 5% de las organizaciones está capacitando activamente.
En la práctica, esta brecha ya se refleja en cómo las empresas están adoptando la tecnología. En Chile y Latinoamérica, la inteligencia artificial sigue en una fase exploratoria, con compañías utilizando herramientas como ChatGPT, Claude o Gemini para mejorar su eficiencia operativa. Sin embargo, como advierte Marco Muñoz, CEO de IT-Talent, el desafío de fondo es más profundo: “no se trata de comprar software, sino de cerrar la brecha formativa para escalar esa productividad inicial hacia el corazón del negocio”.
Es precisamente ahí donde apunta Eva María Giner, rectora de la Universidad Internacional de Valencia, quien plantea que la brecha tecnológica es, en esencia, una brecha educativa.
Desde su experiencia, el problema no radica en la falta de iniciativas, sino en un desfase estructural: la velocidad del mercado supera ampliamente la capacidad de respuesta del sistema formativo. La tecnología, explica, ya no es un ámbito acotado a ciertas industrias, sino un componente transversal que atraviesa tanto el mundo empresarial como el educativo, lo que multiplica la demanda por perfiles especializados.
En ese contexto, uno de los cambios más significativos es el perfil de quienes están volviendo a estudiar. Lejos del modelo tradicional centrado en jóvenes que ingresan por primera vez a la educación superior, hoy predominan profesionales activos que buscan actualizarse o redirigir sus carreras. Personas entre los 35 y 50 años que entienden que mantenerse vigentes implica seguir aprendiendo.
El verdadero cuello de botella no es tecnológico, es humano
La reconversión profesional, en ese sentido, deja de ser una excepción y pasa a convertirse en una condición estructural del mercado laboral.
Ahí, la educación online emerge como una herramienta clave. No solo porque amplía el acceso, permitiendo compatibilizar estudios con trabajo y vida personal, sino porque introduce un elemento crítico en esta discusión: la velocidad. Mientras los programas tradicionales pueden tardar años en adaptarse, nuevos formatos como microcredenciales o cursos de especialización permiten responder en cuestión de meses a las necesidades concretas de las empresas.
Pero la transformación no es solo de formato, también de enfoque. La irrupción de la inteligencia artificial ha obligado a replantear qué significa realmente aprender. Intentar prohibir su uso, plantea Giner, es una estrategia inviable. La IA ya está instalada, y el desafío no es evitarla, sino integrarla con criterio.
En ese sentido, el foco se desplaza desde la memorización hacia el pensamiento crítico: formar profesionales capaces de interpretar, cuestionar y utilizar estas herramientas de manera responsable.
A esto se suma una deuda persistente: la baja participación femenina en áreas STEM. Aunque ha habido avances, la brecha sigue siendo significativa. Y, según la rectora, no solo es un problema de equidad, sino también de eficiencia: incorporar más mujeres al mundo tecnológico es una forma directa de ampliar la base de talento disponible.
El diagnóstico final es claro. La transformación digital no se juega únicamente en la adopción de tecnología, sino en la capacidad de las personas para utilizarla estratégicamente.
Sin capital humano preparado, la digitalización corre el riesgo de quedarse en la superficie.
Porque, al final, no es la tecnología la que transforma a las organizaciones. Son las personas.