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El costo de crecer conectados: expertos advierten impacto de redes sociales en menores Digital Crédito: El Mostrador.

El costo de crecer conectados: expertos advierten impacto de redes sociales en menores

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Especialistas advierten efectos en la salud mental, el aprendizaje y las relaciones sociales de niños y adolescentes, en un contexto de alta exposición digital desde edades tempranas.


El uso intensivo de redes sociales dejó de ser solo un tema tecnológico para convertirse en una preocupación de salud. En Chile, donde más del 80% de los hogares tiene acceso a internet, el impacto de las pantallas en niños, niñas y adolescentes comienza a evidenciarse en su bienestar emocional, su capacidad de concentración y sus vínculos cotidianos.

El debate sobre el uso de celulares en salas de clases, especialmente tras la implementación de restricciones en el sistema escolar en 2026, ha instalado el tema en la agenda pública. Sin embargo, especialistas advierten que el problema es más amplio.

El consumo de redes sociales no se limita al espacio educativo y forma parte de la vida diaria de niños y adolescentes, con efectos que atraviesan distintas dimensiones de su desarrollo.

Señales en la salud mental

Entre los efectos más visibles del uso intensivo de plataformas digitales aparecen síntomas como irritabilidad, ansiedad, alteraciones del sueño y dependencia del dispositivo.

Darwin Ramirez, psicólogo de Los Leones Interclínica, señala que “el problema no es solo cuánto tiempo están conectados, sino qué ocurre cuando intentan dejar de estarlo. Vemos niños que se frustran rápidamente, que se sienten incómodos en el silencio o que necesitan estímulo constante para regular su estado de ánimo”.

A esto se suma la exposición constante a dinámicas de comparación social, donde la validación externa —a través de “likes” o reacciones— puede influir en la autoestima, especialmente durante la adolescencia.

Crédito: El Mostrador.

Impacto en el aprendizaje y la concentración

Uno de los efectos más relevantes se observa en la capacidad de atención. El consumo reiterado de contenidos breves y de rápida rotación modifica la forma en que el cerebro procesa la información.

“Hoy muchos estudiantes tienen dificultades para concentrarse, no porque no quieran, sino porque les cuesta. Su cerebro se ha acostumbrado a otro ritmo, donde todo es rápido y cambiante, y eso compite directamente con las exigencias del aprendizaje”, advierte Ramirez.

Este cambio en los hábitos cognitivos puede afectar directamente el rendimiento académico y la disposición frente a tareas que requieren mayor esfuerzo sostenido.

Más conexión digital, menos interacción real

El uso intensivo de redes también está transformando la forma en que se construyen las relaciones. Aunque las plataformas facilitan el contacto, pueden desplazar instancias de interacción presencial.

“Las relaciones digitales no reemplazan la experiencia de estar con otros. La mirada, el tono, los silencios, todo eso se aprende en la interacción directa”, explica el especialista.

En ese contexto, el predominio de códigos digitales —como emojis o reacciones— puede limitar el desarrollo de habilidades sociales clave, como la expresión emocional o la resolución de conflictos.

Plataformas diseñadas para no soltar la atención

Otro factor relevante es el diseño de las propias redes sociales. El desplazamiento infinito de contenido, conocido como scroll, responde a mecanismos que buscan mantener la atención del usuario.

Según el estudio “El efecto tragamonedas en videos de formato corto (2026)”, desarrollado por investigadores de la Universidad de Stanford y el MIT, estas plataformas operan con recompensas variables similares a las de los juegos de azar.

“Este mecanismo no es casual. Está diseñado para mantener la atención el mayor tiempo posible, activando circuitos de recompensa en el cerebro que generan una sensación de gratificación constante”, explica la psicóloga Macarena Palma.

Esto puede dificultar la desconexión, especialmente en menores, reforzando patrones de uso prolongado.

El rol de los adultos en un entorno hiperconectado

Frente a este escenario, especialistas coinciden en que la prohibición por sí sola no es suficiente. El acompañamiento adulto y la generación de hábitos saludables aparecen como factores clave.

“Los niños no pueden autorregular algo que está diseñado para que no se regule. Por eso, el rol de los padres y tutores es clave: no solo en poner límites, sino en estar disponibles, observar cambios y generar espacios de conversación”, enfatiza Palma.

Además, advierten que hay señales de alerta que requieren atención: cuando el uso del celular afecta el sueño, el ánimo, el rendimiento escolar o las relaciones, el problema deja de ser un hábito y pasa a ser un riesgo para el desarrollo.

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