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Abuso digital: estudio alerta que el agresor suele estar en el entorno cercano
Un estudio global advierte que el abuso facilitado por la tecnología no siempre proviene de desconocidos: amigos, parejas, familiares y compañeros de trabajo concentran una parte importante de los casos reportados.
La violencia digital no siempre llega desde perfiles anónimos o ciberdelincuentes desconocidos. Un estudio global de Kaspersky, dado a conocer en el marco del Día para Detener el Ciberacoso —que se conmemora cada tercer viernes de junio—, reveló que casi la mitad de las víctimas de abuso facilitado por la tecnología identificó como agresor a alguien de su propio entorno. La investigación también mostró una alta exposición entre jóvenes y una persistente sensación de inseguridad entre las mujeres en internet.
La investigación, realizada por el centro interno de investigación de mercados de Kaspersky a 7.600 personas en 19 países, mostró que entre quienes lograron identificar a su agresor, los amigos representaron el 15% de los casos, seguidos por parejas actuales con un 10%, compañeros de trabajo con un 8%, familiares con un 7% y exparejas con un 6%.
El hallazgo pone el foco en una dimensión menos visible de la violencia digital: aquella que se instala dentro de relaciones personales y que puede manifestarse a través de conductas de vigilancia, control o intimidación usando herramientas tecnológicas. Lejos de limitarse a amenazas evidentes, este tipo de abuso puede comenzar con acciones aparentemente cotidianas, como revisar conversaciones privadas, exigir contraseñas, monitorear la ubicación o controlar con quién se comunica una persona.
Fabiano Tricarico, Director de Productos para el Consumidor para Américas en Kaspersky, asegura que “durante años hemos asociado los riesgos digitales con amenazas externas, pero esta investigación demuestra que una parte importante del abuso facilitado por la tecnología ocurre dentro de relaciones cotidianas. Esto plantea un desafío distinto, porque no se trata solo de proteger dispositivos o cuentas, sino de reconocer cómo ciertas conductas de control, vigilancia o intimidación pueden trasladarse al entorno digital y afectar la seguridad y el bienestar de las personas”.
Generación Z y mujeres, entre los grupos más expuestos
El estudio también mostró diferencias importantes según edad y género. Entre los encuestados de la Generación Z, cerca del 60% afirmó haber experimentado al menos una forma de abuso digital durante el último año, una cifra que refleja la mayor exposición de los más jóvenes a entornos digitales y redes sociales.
En paralelo, el informe advierte una brecha en la percepción de seguridad entre hombres y mujeres. Mientras el 62% de las mujeres afirmó sentirse insegura en línea, en los hombres esa cifra llegó al 54%. El dato refuerza la idea de que la experiencia digital no es igual para todos y que la violencia facilitada por la tecnología afecta de forma diferenciada según género y contexto.
La comprensión del fenómeno también cambia entre generaciones. Según el sondeo, el 81% de los integrantes de la Generación Z dijo conocer el término “abuso facilitado por la tecnología”, mientras que entre los Baby Boomers el porcentaje baja a 64%. Esta diferencia, según el estudio, refleja una brecha en la forma en que distintos grupos etarios identifican y entienden los riesgos del entorno digital.
Cuando el control se normaliza dentro de las relaciones
Uno de los puntos que más alerta genera en la investigación es la posibilidad de que este tipo de violencia se naturalice al interior de los vínculos personales. El estudio detectó que las personas que sufrieron abuso por parte de amigos, parejas o familiares tenían más probabilidades de haber ejercido conductas similares hacia personas de esos mismos grupos.
Ese hallazgo sugiere que el problema no solo radica en la existencia del abuso, sino también en la normalización de ciertas prácticas de control dentro de las relaciones. Pedir acceso a cuentas personales, revisar el teléfono de otra persona, exigir ubicación en tiempo real o usar información privada para intimidar pueden parecer, en algunos contextos, acciones menores o justificadas. Sin embargo, el estudio advierte que estas conductas pueden transformarse en mecanismos de vigilancia y control con impacto directo en la privacidad, la autonomía y el bienestar emocional de las víctimas.
La advertencia cobra especial relevancia en un escenario en que buena parte de la vida cotidiana —las conversaciones, vínculos afectivos, rutinas laborales y datos personales— pasa por plataformas digitales. En ese contexto, la violencia ya no necesita necesariamente de una presencia física para ejercer presión o daño.
Las señales de alerta y las recomendaciones para actuar
Frente a este escenario, Kaspersky llamó a reconocer las señales de control digital antes de que escalen. Entre las principales alertas, los expertos mencionan situaciones en que alguien revisa conversaciones, exige contraseñas, monitorea la ubicación, controla con quién habla otra persona o utiliza información privada como herramienta de intimidación.
La compañía recomienda guardar evidencias —como capturas de pantalla, mensajes, correos o registros de llamadas— si una situación genera incomodidad o temor, además de buscar apoyo en personas de confianza o en instancias especializadas. También aconseja reforzar la protección de cuentas y dispositivos mediante contraseñas robustas, autenticación en dos pasos y revisiones periódicas de la configuración de privacidad en redes sociales, correo y aplicaciones de mensajería.
Otra recomendación es revisar con frecuencia quién tiene acceso a la información personal, eliminar permisos innecesarios, evitar compartir cuentas o dispositivos y comprobar si existen sesiones abiertas en equipos no reconocidos. Junto con ello, la firma sugiere apoyarse en herramientas de seguridad capaces de detectar actividad sospechosa, spyware o stalkerware, tecnologías que pueden ser utilizadas para vigilar o recopilar información sin consentimiento.
Una violencia digital que obliga a ampliar la conversación
El estudio vuelve a instalar una discusión de fondo: la violencia digital no se reduce al hackeo, al phishing o al robo de datos. También incluye prácticas de control e intimidación que se ejercen desde relaciones cercanas y que pueden afectar profundamente la vida cotidiana de las personas.
En ese contexto, el desafío no pasa solo por fortalecer la ciberseguridad desde una lógica técnica, sino también por ampliar la conversación sobre consentimiento, privacidad y límites dentro de los vínculos personales. Reconocer que el abuso digital puede venir de amigos, parejas, familiares o colegas implica revisar conductas que durante años han sido minimizadas, normalizadas o invisibilizadas.