Opinión
Créditos: El Mostrador.
El edadismo en lo digital: una agenda de investigación en psicogerontología
La Octava Encuesta Nacional de Inclusión y Exclusión Social de las Personas Mayores (2025), desarrollada por SENAMA y la Universidad de Chile, dejó una cifra en la que conviene detenerse: 58,7% de la población considera que las personas mayores no pueden valerse por sí mismas, cuando la mayoría de las personas de este grupo etario es autovalente (Ministerio de Desarrollo Social y Familia, 2023).
Los estereotipos basados en la edad (lo que conocemos como edadismo) perjudican particularmente a las personas mayores y hoy no permanecen en el plano de las actitudes: se trasladan a los datos con que se entrenan los sistemas de inteligencia artificial, a los supuestos con que se diseñan las interfaces y a las decisiones de quienes desarrollan tecnología, que son —como todas las personas— miembros de sociedades edadistas.
El concepto de edadismo digital permite seguir ese recorrido. Una de sus formulaciones más influyentes, propuesta por Chu et al. (2022), lo sitúa dentro de un ciclo de injusticia que articula representación, diseño, tecnología y asignación de recursos. Cuando las personas mayores están subrepresentadas en los conjuntos de datos —o representadas casi exclusivamente en clave de enfermedad y dependencia—, los sistemas entrenados con ellos devuelven resultados teñidos por imaginarios edadistas que son imprecisos respecto de la realidad y la heterogeneidad de este grupo. La Organización Mundial de la Salud (2022) ya advirtió que los conjuntos de datos empleados para entrenar estos sistemas suelen excluir a las personas mayores, y recomendó explícitamente el diseño participativo, la conformación de equipos de ciencia de datos etariamente diversos y la recolección de datos inclusiva en materia de edad.
Con todo, el edadismo opera en dos direcciones. No sólo desde los sistemas hacia las personas, sino también desde las personas hacia sí mismas. Sabemos que los estereotipos sobre la vejez se internalizan desde edades tempranas y que, llegada la vejez, orientan la conducta en concordancia con ellos. La evidencia muestra una asociación entre mayores niveles de edadismo internalizado y menor uso de tecnologías. Cabe suponer, entonces, que quienes se consideran a sí mismos incapaces de aprender a utilizar un chatbot tenderán a no intentarlo.
Considerando el buen nivel de digitalización y de conectividad del país, donde más del 96% de los hogares cuenta con acceso a internet (Subsecretaría de Telecomunicaciones, 2025), la pregunta ya no es sólo si las personas mayores están conectadas, sino si pueden interactuar críticamente con estos sistemas, beneficiarse de ellos si así lo desean e incidir en su diseño.
Responder exige evidencia psicogerontológica que hoy debemos desarrollar y fortalecer: instrumentos que midan autonomía digital y no solo acceso; diseños longitudinales que indaguen en cómo el edadismo incide sobre el uso tecnológico y el bienestar de este grupo etario; y evaluaciones rigurosas que muestren qué iniciativas de inclusión digital y qué intervenciones en salud mental digital funcionan, para quién y bajo qué condiciones. Esto es fundamental para que los recursos públicos y privados se distribuyan con base en la evidencia.
Formar investigadoras e investigadores capaces de generar ese conocimiento es el propósito del Doctorado en Psicología de la Universidad de Chile. Estudiar la relación entre envejecimiento e inteligencia artificial permitirá contribuir al diseño de mejores sistemas digitales y a interacciones más beneficiosas con ellos. Que el futuro no reproduzca las desigualdades del presente depende, en buena medida, de la evidencia que seamos capaces de generar ahora.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.