Publicidad
Ley integral de las personas mayores: tejiendo vínculos en la era digital Opinión Créditos: El Mostrador.

Ley integral de las personas mayores: tejiendo vínculos en la era digital

Publicidad


El Mostrador Fuente Preferida

Chile envejece rápidamente. En las próximas décadas, las personas mayores representarán una proporción cada vez más significativa de la población, mientras la soledad y el aislamiento social se consolidan como uno de los principales desafíos para el bienestar en la vejez. En este contexto, la reciente promulgación de la Ley Integral de las Personas Mayores (PM) y de Promoción del Envejecimiento Digno, Activo y Saludable constituye un avance importante.

Entre los derechos que consagra la nueva normativa destaca el artículo 18, que hace alusión a la conectividad. Esto adquiere especial relevancia en un contexto donde el acceso a servicios y las relaciones sociales están cada vez más mediadas por tecnologías. Sin embargo, el verdadero desafío es lograr que esa conectividad se traduzca efectivamente en participación social y bienestar.

Durante los últimos años, y especialmente a partir de la pandemia, quedó en evidencia que la brecha digital en la vejez no se limita al acceso. Contar con internet o un dispositivo no asegura que las PM puedan utilizar estas tecnologías de manera autónoma, y menos aún, que logren integrarlas de manera significativa en su vida cotidiana. 

Como planteamos en un documento del Centro de Políticas Públicas UC, la inclusión digital en la vejez es un fenómeno profundamente social. Las tecnologías no operan en el vacío: adquieren valor en la medida en que permiten sostener relaciones, participar en espacios colectivos y mantener vínculos significativos.

Una investigación realizada en el marco del curso UC Propone, basada en relatos de personas mayores, confirma esta idea. Las PM no usan tecnologías por la tecnología en sí misma. Las utilizan, principalmente, para saber de sus familias, mantenerse en contacto con amistades, seguir participando de sus redes. El valor de estas herramientas está, ante todo, en la posibilidad de sostener vínculos y sentirse parte de la comunidad.

Por eso, los beneficios asociados a la conectividad, como reducir el aislamiento o mejorar el bienestar, no son automáticos. Quienes forman parte de grupos, organizaciones, o cuentan con amistades activas, logran aprovechar mucho mejor las posibilidades que ofrece la conectividad. En cambio, cuando estas redes son más limitadas, la tecnología por sí sola difícilmente compensa la falta de participación comunitaria. En algunos casos, incluso puede generar frustración o reforzar la sensación de exclusión.

Otro elemento central es que el aprendizaje digital en la vejez ocurre generalmente en interacción con otros: hijos, nietos, amistades, pares o espacios comunitarios. Son estos entornos los que permiten desarrollar confianza, habilidades y, sobre todo, sentido en el uso de las tecnologías.

En definitiva, la implementación de esta ley deberá considerar cómo fortalecer espacios comunitarios, promover instancias de aprendizaje colectivo y diseñar estrategias que articulen la conectividad con oportunidades reales de participación social. En otras palabras, no se trata solo de conectar personas a internet, sino de conectar personas con otras personas.

De no mediar esta consideración, el riesgo es avanzar hacia un derecho que existe en el papel, pero que no logra traducirse en experiencias efectivas de inclusión.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad