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Patriotismo político, la exigencia soslayada Opinión Archivo (AgenciaUno)

Patriotismo político, la exigencia soslayada

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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Chile es más vasto que las ideas estrechas que hoy pretenden capturarlo. Su tierra, su pueblo y su historia contienen posibilidades que ninguna trinchera alcanza a representar.


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El Foro Madrid ocupa hoy la escena. También existe el Foro de São Paulo. Si en el primero participan sectores de extrema derecha, el segundo reúne fuerzas de extrema izquierda, incluido el bolivarianismo. Sus contenidos difieren, pero comparten formas: ambos invocan la democracia, mientras algunas de sus corrientes convierten la política en guerra entre puros y réprobos.

El fanatismo comienza cuando una idea deja de iluminar la realidad y pretende sustituirla. Entonces ya no se observa el país: se lo fuerza a comparecer ante un tribunal doctrinario. El adversario deja de ser un conciudadano con quien se discrepa y se vuelve un obstáculo moral a ser vencido.

En parte de la derecha, la “batalla cultural” se ha vuelto consigna. Da vergüenza ajena. ¿Han leído sus propagandistas a Marx o a Gramsci? La versión hoy en boga debe mucho más de lo que admite a la estrategia gramsciana de la hegemonía. Pero el problema principal no es genealógico. Está en su supuesto: una nación no es un campo de batalla permanente. La política contiene conflicto, pero también cooperación, lealtades compartidas y acuerdos fundamentales. Sin ellos, Chile no se fortalece: se desgarra.

Tras aquella consigna conviven sensatez y disparate. Seguridad, desarrollo y respeto son fines justos. Sin embargo, la primera se confunde a veces con abuso, espectáculo o incompetencia; el segundo, con un economicismo neoclásico indiferente a la productividad, la invención, la ciencia y la tecnología. La patria queda reducida a banderas y chapitas. Se declama su nombre mientras se omite la tarea decisiva: generar las condiciones materiales y espirituales para que el pueblo despliegue sus capacidades y vuelva a reconocerse en las instituciones. Eso es producir legitimidad.

La abstracción se delata precisamente allí: consta Chile como símbolo y se desatiende al Chile existente. La patria real es el territorio vivido, trabajado, conocido y defendido. Nuestro país mantiene vastas extensiones vacías, abandonadas o sometidas a reglas incapaces de distinguir entre depredación y asentamiento responsable. Una ocupación armónica reforzaría la soberanía, generaría riqueza y acercaría a los ciudadanos una belleza que hoy contemplan desde lejos.

Tampoco hay patriotismo en hablar de defensa mientras se compra fuera casi todo lo decisivo. Invertir en ciencia y tecnología militar permitiría desarrollar sistemas de vigilancia, telecomunicaciones, buques, aeronaves, y, sobre todo, capacidades de ingeniería útiles tanto para la seguridad nacional como para la industria civil. Un país soberano no es aquel que grita más fuerte su independencia, sino el que adquiere las facultades efectivas para sostenerla.

Eso sería un pensamiento nacional y popular: tomarse en serio la seguridad, el conocimiento, la producción, la educación y el paisaje, reuniéndolos en una obra política de largo aliento.

Lo impiden el corsé economicista y una trama oscura de centros de estudio usualmente turbios pues trabajan para financistas ocultos, en operaciones de lobby y lavado reputacional. La doctrina proclama principios; debajo de ella suelen obrar dependencias bastante concretas.

Al frente no hay mayor ejemplaridad. Si los moderados de centroderecha viven cercados, también lo está la centroizquierda. Es el tiempo de la cuña “sin filtros”, no de la lectura, la conversación ni el juicio. En la izquierda estridente se superponen bolivarianismo, minoritarismo, indigenismo soberanista y pulsiones anarquistas, junto con la violencia delictual de los overoles blancos. Algunos justifican la fuerza y saludan dictaduras. Una jerga pretendidamente humanista reemplaza el pensamiento por contraseñas.

La izquierda académico-frenteamplista agregó sistematización racionalista. Atria proporcionó parte de la doctrina; Jackson encarnó la generación política. El mercado fue presentado no como una institución ambivalente, necesitada de regulación y contrapesos, sino como una realidad moralmente degradada que debía ser expulsada de ámbitos completos. La deliberación dejó de ser el encuentro entre ciudadanos libres y tendió a convertirse en un examen donde quien osa dudar termina declarado “inaceptable”.

Después vinieron el extravío constituyente, el caso Convenios, la sustracción de recursos públicos, un robo ministerial de circunstancias inquietantes y fundaciones organizadas según la doctrina Errejón: levantar una “estructura económica autónoma” capaz de sostener militantes. No hace falta imaginar una conspiración única para advertir la contradicción. Quienes denunciaban toda esfera privada como refugio del interés terminaron creando espacios opacos para los propios. La superioridad moral mostró entonces su base material.

Ambos extremos viven de la misma evasión. Unos reemplazan Chile por la imagen de una fortaleza cultural estreñida a los intereses; otros, por la de una comunidad purificada mediante pedagogía ideológica. Los primeros hablan de nación, pero olvidan su pueblo, su industria y su territorio. Los segundos hablan del pueblo, pero desconfían de los individuos concretos cuando estos no obedecen. En ambos casos, la realidad humana queda subordinada a una abstracción.

Chile no saldrá de su crisis mediante dos fanatismos que se alimentan. Requiere acuerdos amplios: contra el crimen, el estancamiento productivo, el centralismo, la decadencia obscena de la escuela, el abandono territorial y una defensa insuficiente ante incidentes fronterizos cada vez más graves.

El Presidente Kast acertó al afirmar que no fue elegido para derrotar a la izquierda, sino para enfrentar el crimen, la pobreza, la corrupción y el desempleo. Falta incorporar con igual fuerza la productividad, la educación, la ciencia y la ocupación responsable del territorio. Debe convertir esos asuntos en orientación permanente y apartarse de los exaltados de una batalla que apenas comprenden. Cabe exigir lo mismo a la centroizquierda sensata: romper con el moralismo fanático simbolizado por la dupla Jackson-Atria.

Chile es más vasto que las ideas estrechas que hoy pretenden capturarlo. Su tierra, su pueblo y su historia contienen posibilidades que ninguna trinchera alcanza a representar. Salir del pantano no significa vencer a la otra mitad. Significa volver desde las abstracciones al país existente y levantar juntos una patria digna de su realidad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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