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Nuestros primeros profesores de finanzas Opinión

Nuestros primeros profesores de finanzas

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Alex Figueroa
Por : Alex Figueroa Gerente general de Detacoop.
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Octubre reúne dos conmemoraciones que solemos mirar por separado: el Mes del Adulto Mayor y el Mes de la Educación Financiera y la Ciberseguridad. En los calendarios institucionales aparecen como fechas paralelas, cada una con sus propias campañas y actividades. Sin embargo, tienen más en común de lo que parece, y mirarlas juntas permite hacerse una pregunta que pocas veces nos planteamos, ¿qué lugar ocupan las personas mayores en la vida financiera del país?

La respuesta empieza en los hogares. Las personas mayores son parte fundamental de la economía de miles de familias chilenas. Aportan con sus ingresos y sostienen hogares. Cuidan a sus nietos, lo que permite que hijos e hijas puedan trabajar, y muchas veces son el primer apoyo cuando las cosas se ponen difíciles. Ese aporte rara vez se contabiliza, pero quienes hayan enfrentado una emergencia familiar saben cuánto pesa.

Hay además un aporte menos visible y quizás más duradero, y es que ellos fueron nuestros primeros profesores de finanzas. Antes de cualquier curso, aplicación o asesoría, de ellos aprendimos a ahorrar, a no gastar lo que no tenemos y a pensar en el largo plazo. Esas lecciones, transmitidas en la mesa del comedor, siguen siendo la base de muchas buenas decisiones económicas.

Sin embargo, ese rol no siempre se traduce en inclusión. Muchas personas mayores enfrentan barreras para acceder al crédito, ya sea por criterios de edad, por la naturaleza de sus ingresos o por la falta de productos pensados para su realidad. A eso se suma la digitalización acelerada de los servicios financieros, esos trámites que antes se resolvían en una sucursal  y que hoy exigen claves, aplicaciones y validaciones en línea, y quien no se maneja con esas herramientas queda en desventaja.

Frente a este escenario, es tentador pensar la educación financiera como algo que se entrega a las personas mayores, como un curso en una sola dirección, pero ese enfoque se queda corto. La educación financiera debe entenderse como un intercambio entre generaciones. Supone reconocer lo que ellas ya saben, como la disciplina, prudencia y visión de largo plazo. Supone también acompañarlas en lo nuevo, desde el uso de herramientas digitales hasta la identificación de riesgos. Y, sobre todo, asegurar que cuenten con las mismas herramientas que cualquier persona para decidir con información y protegerse.

Ese intercambio también nos enriquece a quienes estamos del otro lado. Las generaciones más jóvenes, que se mueven con soltura en el mundo digital, tienen mucho que aprender de la forma en que sus padres y abuelos administraron recursos escasos, postergaron consumos y construyeron patrimonio con paciencia. En tiempos de crédito fácil y consumo inmediato, esa sabiduría vale tanto como cualquier innovación tecnológica.

Las instituciones financieras tenemos una responsabilidad concreta en esto. Significa diseñar servicios que no excluyan por edad, explicar con claridad y sin letra chica, mantener canales de atención presencial para quienes los necesitan e invertir en orientación preventiva frente a fraudes. Las cooperativas, por su naturaleza, tenemos una vocación especial en este ámbito: nuestros socios no son solo clientes, son parte de la institución, y su bienestar es nuestra razón de ser.

Octubre es una buena ocasión para reconocer a las personas mayores y para hablar de educación financiera. Pero ninguna de las dos cosas debería agotarse en una fecha del calendario. Celebrarlas este mes es también comprometernos con su inclusión financiera todo el año.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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