Opinión
Empoderar no basta: el motor oculto de la productividad en una industria que Chile dejó caer
Chile viste ropa que no produce.
Hoy, la gran mayoría de las prendas que usamos provienen del extranjero, en un mercado dominado por la lógica de la fast fashion: bajo costo, alta rotación y obsolescencia casi inmediata. En paralelo, la industria textil nacional —que alguna vez tuvo presencia productiva relevante— se ha reducido drásticamente, sobreviviendo en condiciones de fragmentación, informalidad y baja escala.
Pero el problema no es solo económico. Es también social y ambiental.
Mientras importamos ropa a precios cada vez más bajos, Chile se ha convertido en un destino final para toneladas de desechos textiles. El desierto de Atacama, por ejemplo, se ha transformado en un símbolo incómodo de esta contradicción: consumo acelerado por un lado, acumulación de residuos por otro. La fast fashion no solo desplazó producción local; también externalizó sus costos ambientales hacia territorios periféricos.
En este escenario, podría parecer que hablar de “engagement” o “empoderamiento” laboral es irrelevante. Sin embargo, es precisamente en contextos frágiles donde estos conceptos adquieren mayor importancia.
Un estudio realizado en empresas textiles chilenas (Voitova & Juyumaya, 2025) muestra que el desempeño laboral no depende exclusivamente de condiciones estructurales —como la inversión o la tecnología—, sino también de mecanismos psicológicos más profundos. En particular, encontramos que el empoderamiento de los trabajadores mejora el rendimiento, aunque no de forma directa: su efecto se produce a través de un factor intermedio clave, el engagement laboral.
Este punto es clave.
En industrias debilitadas, donde los recursos son escasos y las condiciones muchas veces adversas, la productividad no puede sostenerse solo desde la eficiencia operativa. Requiere algo más difícil de construir: trabajadores que, pese a las restricciones, mantengan energía, dedicación y sentido en su trabajo.
El engagement —esa combinación de vigor, dedicación y absorciónón— actúa como un amortiguador frente a la precariedad. No elimina los problemas estructurales, pero sí permite que las personas movilicen mejor sus capacidades dentro de esos límites.
Aquí es donde el empoderamiento deja de ser un eslogan y se convierte en una herramienta estratégica. Cuando los trabajadores perciben autonomía, desarrollan competencias y entienden el propósito de su labor, es más probable que se involucren genuinamente. Y ese involucramiento, más que cualquier incentivo externo, es lo que termina impactando el desempeño.
Pero hay un riesgo evidente: romantizar lo psicológico y olvidar lo estructural.
No se trata de sugerir que el engagement compensará la falta de política industrial o los efectos de la globalización. La destrucción de la industria textil chilena responde a dinámicas macroeconómicas, apertura comercial y cambios en las cadenas globales de valor que ningún programa de recursos humanos puede revertir por sí solo.
Sin embargo, ignorar la dimensión humana también sería un error.
Si Chile aspira a reconstruir parte de su capacidad productiva —ya sea en textiles u otros sectores— no bastará con incentivos económicos. Será necesario diseñar organizaciones capaces de activar el compromiso de sus trabajadores. Porque incluso en industrias intensivas en tecnología, la ventaja competitiva sigue dependiendo, en última instancia, de cómo las personas se relacionan con su trabajo.
En tiempos donde la fast fashion impone velocidad y desecho, recuperar la lógica del valor —no solo económico, sino también humano— parece más urgente que nunca.
Y ahí, en ese espacio menos visible pero decisivo, el engagement deja de ser un concepto académico para convertirse en una pieza clave de cualquier estrategia de desarrollo sostenible.
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