Opinión
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Más allá de las bolsas: reflexiones sobre la gestión de residuos plásticos
En julio se conmemoró el Día Internacional Libre de Bolsas de Plástico, fecha que invita a reflexionar sobre uno de los residuos más emblemáticos de la contaminación ambiental. En Chile, esta discusión tomó fuerza con la entrada en vigencia de la Ley 21.100, que prohibió su entrega en el comercio y convirtió al país en uno de los primeros de América Latina en implementar una medida de este tipo.
A casi ocho años de su promulgación, el balance es positivo. De acuerdo con el Ministerio del Medio Ambiente, la ley ha evitado la circulación de más de 11.500 millones de bolsas plásticas. Junto con ello, ha contribuido a impulsar un cambio cultural, promoviendo el uso de alternativas reutilizables y transformando un hábito que, hasta hace algunos años, formaba parte de la vida cotidiana de consumidores y comercios.
Sin embargo, la contaminación por plásticos está lejos de ser un problema resuelto. Aunque existe un amplio consenso en que esta normativa marcó un punto de inflexión en la forma en que percibimos estos residuos y el impacto que generan, la eliminación de las bolsas plásticas del comercio no ha significado el fin del uso de este material. Envases, envoltorios y una gran variedad de productos de un solo uso, siguen formando parte de nuestra vida cotidiana.
Lamentablemente, muchos de estos residuos terminan en vertederos o llegan a ríos, océanos y suelos, donde pueden permanecer durante décadas o fragmentarse en microplásticos, cuyos efectos sobre los ecosistemas y la salud aún siguen siendo objeto de investigación. A ello se suman desafíos como fortalecer la fiscalización y mejorar la gestión del ciclo de vida de estos productos.
Más allá de la reducción en el uso de bolsas plásticas, esta normativa demuestra que el verdadero éxito de una política pública no está solo en cumplir su objetivo, sino en su capacidad para modificar hábitos y generar cambios culturales. Sin embargo, también deja en evidencia que ninguna regulación por sí sola resolverá un problema cuya raíz está en la forma en que producimos, consumimos y desechamos.
Quizás la evaluación más importante de la Ley 21.100 no esté únicamente en los millones de bolsas que dejó de circular, sino en haber demostrado que los cambios más profundos comienzan cuando transformamos nuestros hábitos de consumo.
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