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Alejandro Foxley: Lo que significa ser de verdad un hombre o una mujer de Estado
Cuando quienes ejercen el poder descalifican al discrepante, desprecian la experiencia ajena o creen poseer el monopolio de la verdad, terminan inhibiendo el diálogo, debilitando la confianza y expulsando el talento.
En tiempos en que algunos creen que una mayoría relativa y circunstancial les otorga el derecho a refundar Chile e imponer una visión económica e ideológica marcada por el fanatismo y una concepción poco democrática del ejercicio del poder, resulta indispensable volver la mirada hacia quienes demuestran que es posible transformar el país desde la seriedad, el diálogo y la eficacia.
Por eso es importante reconocer, valorar y volver a escuchar a Alejandro Foxley.
No se trata de un homenaje nostálgico ni de un ejercicio de memoria. Se trata de recordar que Chile ya tuvo hombres y mujeres de Estado capaces de combinar convicciones con prudencia, reformas con estabilidad y crecimiento económico con preocupación por la justicia social.
Foxley nunca ha entendido la política como una lucha para derrotar al adversario, ni como un espacio para imponer una verdad única. Ha comprendido siempre que gobernar exige escuchar, construir acuerdos y generar confianza. Esa es una de las grandes fortalezas que dejó la transición y una de las razones por las cuales nuestro país recuperó la democracia, redujo drásticamente la pobreza, atrajo inversión, fortaleció sus instituciones y alcanzó uno de los períodos de mayor crecimiento de su historia.
Sus resultados siguen hablando por sí solos. Como ministro de Hacienda impulsó una política económica seria y responsable, que permitió consolidar la estabilidad macroeconómica, abrir Chile al mundo y generar las condiciones para un crecimiento sostenido. Como canciller fortaleció la inserción internacional del país, ampliando su red de relaciones y acuerdos estratégicos. Nunca confundió responsabilidad fiscal con insensibilidad social, ni desarrollo económico con abandono de las personas.
Pero quizás su mayor legado es la forma en que ha ejercido el poder. Lo ha hecho con respeto por quienes piensan distinto, con serenidad, con rigor intelectual, con humanidad y, sobre todo, sin prepotencia.
Alejandro Foxley es la antítesis de la prepotencia. Nunca ha confundido el conocimiento con superioridad, ni la autoridad con arrogancia. Su liderazgo nace de la solvencia intelectual, de la capacidad de escuchar y de una profunda convicción democrática. Entiende que quien está verdaderamente seguro de sus ideas no necesita humillar al otro para defenderlas. Por eso inspira respeto sin imponerlo y ha ejercido influencia sin estridencias. Tiene lo que los romanos llamaban “auctoritas”
La prepotencia que hoy vemos no solo empobrece el debate público; también genera un ambiente tóxico en las instituciones y en la sociedad. Cuando quienes ejercen el poder descalifican al discrepante, desprecian la experiencia ajena o creen poseer el monopolio de la verdad, terminan inhibiendo el diálogo, debilitando la confianza y expulsando el talento. Las mejores decisiones rara vez nacen de la arrogancia; surgen de la capacidad de escuchar, de contrastar ideas y de reconocer que incluso el adversario puede tener razón en parte. Foxley entiende que la autoridad no se impone levantando la voz, sino construyendo respeto. Esa es una lección que Chile necesita recuperar con urgencia.
Hoy, cuando abundan las consignas, las simplificaciones y las promesas maximalistas, la figura de Foxley adquiere un valor aún mayor. Representa hoy una manera de hacer política que combina principios con responsabilidad, liderazgo con humildad y firmeza con capacidad de escuchar. No lo veo diciendole a la gente que se levante más temprano para tomar la micro, ni menos aconsejándole a una pareja de jubilados que se cambie de casa porque no pueden pagar las contribucuones.
Qué falta hace que existan más hombres y mujeres de Estado como Alejandro Foxley. Si al menos trataran de imitarlo, como país estaríamos mucho mejor. Chile tiene personas de esa calidad; lo que falta es convocarlas, saber escucharlas y aprender de su experiencia.
Foxley representa para muchos de nosotros un ejemplo y un reto: rescatar la forma en que ha ejercido el poder, como un verdadero humanista, como un ministro eficiente, pero sobretodo como el ejemplo de un gran democratacristiano. Un estadista, que contrasta con la ramploneria, de cerebro estrecho y mirada torba. Esos no dejaran nada, ni siquiera el recuerdo de sus errores
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