Opinión
“America First”: de vuelta a la dependencia
La política de “America First” reabre una relación de dependencia con Washington y presiona a América Latina a alinearse. Frente a ello, Chile debe sostener una autonomía inteligente y vínculos pragmáticos con Estados Unidos y China.
Durante las décadas de 1960, 1970 y 1980 se popularizó en los medios académicos la teoría de la dependencia de los países periféricos del sistema económico global respecto del centro, representado en la posguerra por el dominio hegemónico de Estados Unidos. La teoría cayó en desuso con los cambios del escenario global: el fin de la Guerra Fría, el ascenso de China como superpotencia y el surgimiento de potencias intermedias del denominado Sur Global.
Pero la administración del presidente Donald Trump y su política de “America First” han conducido al mundo de regreso a los tiempos de la Doctrina Monroe y a la pretensión de una hegemonía indiscutida de Estados Unidos a escala planetaria y, particularmente, en América Latina. Como consecuencia, el mundo se encuentra sumido en el caos: predomina el unilateralismo, se ejerce la fuerza o se amenaza con utilizarla, se atropellan las normas básicas del derecho internacional y se erosiona el multilateralismo. Ahora impera el poder del más fuerte, junto con la exigencia de alineamiento y sumisión a las pretensiones de Washington.
No es que antes hubiésemos vivido en un mundo ideal, sin presiones hegemónicas ni desconocimiento de las reglas por parte de los poderosos, como sostuvo el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en un citado discurso en Davos. Lo que cambió es que ahora, en la práctica, Trump ha arrasado con el orden internacional basado en reglas —irónicamente, creado a imagen y semejanza de Estados Unidos—. Se ha producido una ruptura, en vez de una transición hacia un nuevo orden; se han fracturado las alianzas tradicionales; predomina la coerción por sobre el convencimiento, y la administración Trump pretende ejercer un dominio incuestionable, especialmente sobre los países del hemisferio occidental. Incluso se exige que los países latinoamericanos eleven su gasto militar. Hemos vuelto a la dependencia, a una más parecida a la del siglo XIX que a la dependencia estructural del siglo XX.
Washington pretende acceder a recursos como el petróleo, el litio, el cobre y las tierras raras en condiciones de suministro exclusivo y con ventajas excepcionales. También busca impedir que otra potencia extracontinental acceda a esos recursos críticos. Esa potencia es China.
Uno de los objetivos de Trump es bloquear y reducir la presencia de China en la región, presionando contra el comercio y las inversiones con el gigante asiático. La imposición a Chile de un arancel discriminatorio del 12,5%, bajo el argumento de que nuestro país facilitaría el “trabajo forzoso” mediante la importación de productos elaborados bajo esas condiciones, tiene como trasfondo el comercio con China, fundamental especialmente para los países de América del Sur.
La sobretasa discriminatoria del 12,5% aplicada a Chile —precedida por un arancel general del 10%— viola el exitoso Tratado de Libre Comercio bilateral y dejó en evidencia la inutilidad del pronunciamiento del canciller chileno, quien afirmó que Estados Unidos es el “principal socio estratégico de Chile”. La afinidad ideológica no parece importar mayormente a Trump y a su equipo, pues su prioridad son los negocios y las empresas estadounidenses. Por eso, y ante la ausencia de una reacción de la Cancillería, el ministro de Defensa sostuvo que la imposición de la sobretasa por parte de Estados Unidos erosiona la confianza bilateral.
En este mismo sentido, la publicación Politico expuso un cambio histórico en la percepción de los aliados europeos respecto de Estados Unidos y China, con Beijing superando a Washington en términos de confianza y favorabilidad. El sondeo realizado por Cluster17 reveló que el 36% de los europeos ve a Estados Unidos como una amenaza, frente al 29% que percibe a China como un peligro. En materia de liderazgo tecnológico, una mayoría de los ciudadanos de Alemania (55%), Reino Unido (53%) y Francia (50%) cree que China posee una tecnología más avanzada que Estados Unidos o la propia Unión Europea.
En Chile, una encuesta de Pew Research indicó que el 49% de las personas entrevistadas declara tener una opinión favorable de China, mientras que solo el 37% expresa una valoración equivalente respecto de Estados Unidos. Encuestas de Cadem y Criteria muestran cifras similares en cuanto a privilegiar los lazos con China, incluso si ello implica un distanciamiento de Estados Unidos. Lo más interesante es que la opinión pública se resiste al alineamiento y a la dependencia, y prefiere que Chile mantenga distancia, evite alineamientos automáticos y gestione sus relaciones con ambas superpotencias de manera pragmática.
Ese sentido común expresado por la opinión pública nacional refuerza lo que debiera orientar la política exterior de nuestro país: autonomía inteligente, equilibrio pragmático en los vínculos con Estados Unidos y China, y primacía de nuestros intereses nacionales. No es aceptable la discriminación contra el comercio y las inversiones con China, siempre que cumplan las normas existentes y contribuyan al progreso nacional. También es necesario garantizar certeza jurídica a los inversionistas y socios comerciales extranjeros.
Chile debe procurar la mejor relación posible con Estados Unidos, debido a nuestra extensa y sólida vinculación económica y cultural, pero ello no puede ocurrir a expensas de los vínculos con otras potencias, como China, nuestro principal socio comercial y una fuente relevante de inversiones. Como país relativamente pequeño y abierto al mundo, Chile debe, desde una posición de autonomía, cuidar sus relaciones comerciales y de inversión con todos sus socios.
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