Opinión
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Inteligencia artificial al servicio de la fauna silvestre: oportunidad que no podemos desaprovechar
La inteligencia artificial (IA) ha permeado casi todos los aspectos de la vida humana. Sin embargo, desde el enfoque de One Health – One Welfare (Una Salud – Un Bienestar), debemos recordar que las personas somos parte de la naturaleza, no entes separados de ella. Compartimos este mundo con otros animales, plantas, hongos y microorganismos. Por tanto, la conversación sobre IA no puede limitarse al beneficio humano: debe extenderse al bienestar animal, y a la salud y conservación de los ecosistemas.
Como toda tecnología emergente, la inteligencia artificial ha sido recibida con recelo, y esa desconfianza es comprensible. No obstante, herramientas inicialmente cuestionadas han terminado siendo de enorme valor. En bienestar y conservación de fauna silvestre, las aplicaciones ya son concretas: el reconocimiento facial por IA identifica individuos de chimpancés en África para —eventualmente— devolver animales traficados a sus grupos familiares; softwares de registro de conductas nocturnas en búhos, utilizados en el Zoo de Cali, entregan información valiosa para su bienestar, imposible de obtener mediante observación tradicional. Estas tecnologías no reemplazan a los especialistas, sino que potencian su capacidad de análisis y decisión.
Lo que distingue a quienes cuidan animales es la empatía. Ninguna cámara ama a un animal; ningún algoritmo siente su historia. La IA libera tiempo y energía del personal especializado para labores que solo los seres humanos podemos realizar. En un mundo saturado de datos, la calidez y empatía son irreemplazables por la tecnología.
Con todo, las mismas herramientas que protegen pueden utilizarse para dañar. Quienes trabajamos en conservación y bienestar animal tenemos la responsabilidad de ocuparlas con rigor científico, mantener a la persona en el proceso —verificando resultados y detectando errores— y citar su uso apropiadamente. En la docencia, no basta con exigírselo al estudiantado; los profesionales debemos modelar esa práctica. De hecho, para esta columna se usó Claude.ai como apoyo inicial para sus primeras redacciones. La tecnología es un medio y no un fin para enfrentar los desafíos de un mundo marcado por crisis climáticas, pérdida de biodiversidad y conflictos sociales.
Es importante impulsar una aproximación innovadora, responsable y ética a estas tecnologías en la docencia de pre y postgrado, investigación y gestión académica. La invitación es a informarnos, perderles el miedo y usarlas con criterio. La adaptabilidad y resiliencia que caracterizan a los seres vivos —humanos y otras especies— pueden convertir el actual escenario en un círculo virtuoso para la vida en el planeta.
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