Opinión
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Seguridad del paciente, una responsabilidad que se aprende y se practica
No basta con que una intervención en salud sea técnicamente correcta; debe también realizarse de manera segura, oportuna, coordinada y centrada en la persona. Por eso en la conmemoración el Día de la Seguridad del Paciente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha puesto el foco en la atención segura para las enfermedades no transmisible” bajo el lema “¡Atención segura durante toda la vida!”, reconociendo que las personas que viven con enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes o enfermedades respiratorias crónicas requieren cuidados continuos y múltiples interacciones con los sistemas de salud.
La OMS estima que uno de cada diez pacientes sufre algún daño durante la atención de salud y que más de tres millones de personas mueren cada año debido a una atención insegura. Más de la mitad de estos daños son considerados prevenibles y una proporción importante se relaciona con medicamentos. A ello se suma que las enfermedades no transmisibles representan alrededor del 74% de las muertes en el mundo, haciendo indispensable abordar la seguridad no como un episodio aislado, sino durante todo el curso de vida.
Chile también ha dado pasos importantes. Desde 2025 nuestro país cuenta con su primer Plan Nacional de Seguridad del Paciente 2025–2030, alineado con el Plan de Acción Mundial de la OMS. Sin embargo, los datos nacionales muestran que aún existen brechas. El informe del Ministerio de Salud correspondiente a 2025 señala, por ejemplo, que solo el 55,7% de las reoperaciones no programadas fue analizado mediante una reunión clínica, instancia fundamental para aprender de lo ocurrido y prevenir su repetición. Asimismo, solo el 71% de los pacientes hospitalizados con riesgo moderado o alto de lesiones por presión recibió correctamente las medidas preventivas indicadas. Más que cifras aisladas, estos resultados muestran la importancia de fortalecer sistemas capaces de anticipar riesgos, aprender de los incidentes y disminuir las diferencias entre establecimientos.
Desde la matronería, la seguridad atraviesa cada etapa de la atención. Está presente cuando identificamos correctamente a una usuaria o a un recién nacido, administramos un medicamento, detectamos precozmente un deterioro clínico, entregamos un turno, realizamos un procedimiento, prevenimos una infección o aseguramos que una persona comprenda y participe informadamente en las decisiones sobre su salud. En salud sexual y reproductiva, donde muchas atenciones ocurren en momentos de especial vulnerabilidad, la calidad técnica debe ir inseparablemente unida al trato digno, la comunicación efectiva y el respeto por la autonomía.
Quienes participamos en la formación de futuros profesionales tenemos, además, una responsabilidad particular. Los campos clínicos no son solamente lugares donde se practican procedimientos; son espacios donde se aprende una cultura de seguridad. Supervisar adecuadamente, fomentar el trabajo interdisciplinario, enseñar a comunicar riesgos, promover el reporte y análisis de incidentes y generar ambientes donde estudiantes y profesionales puedan advertir oportunamente una situación insegura son competencias tan relevantes como cualquier destreza técnica.
Hablar de seguridad del paciente, entonces, no es hablar únicamente de errores. Es hablar de sistemas que previenen, equipos que se comunican, instituciones que aprenden y personas que participan activamente en su cuidado. Debemos hacer de la seguridad una práctica cotidiana, porque recibir una atención segura debe ser un derecho durante toda la vida.
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