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Obesidad y grasa visceral: el riesgo que no siempre se ve Salud Crédito: Cedida

Obesidad y grasa visceral: el riesgo que no siempre se ve

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La grasa visceral que se acumula alrededor de los órganos puede favorecer alteraciones metabólicas y aumentar el riesgo cardiovascular. El cardiólogo Carlos Torres explica sus efectos y qué factores deben evaluarse.


Resumen
Síntesis generada con OpenAI
La grasa visceral, que se acumula alrededor de los órganos, puede liberar sustancias inflamatorias y favorecer alteraciones metabólicas asociadas a enfermedad cardiovascular. En personas con obesidad, este tejido puede contribuir a la aterosclerosis, infarto, accidente cerebrovascular, insuficiencia cardíaca y arritmias. Además, la grasa que se deposita alrededor del corazón puede afectar su funcionamiento. El especialista destaca la importancia de evaluar integralmente el riesgo cardiovascular, considerando presión arterial, colesterol, glucosa, función renal, perímetro de cintura…etc.
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Cuando se habla de obesidad, una de las principales preocupaciones suele estar puesta en el aumento de peso y sus efectos más visibles. Sin embargo, parte de la grasa corporal se acumula en zonas que no pueden observarse a simple vista y que tienen especial relevancia para la salud. Es el caso de la grasa visceral, que se encuentra alrededor de los órganos abdominales y participa activamente en distintos procesos del organismo.

Esta acumulación puede tener consecuencias importantes para el sistema cardiovascular, ya que la grasa visceral libera ácidos grasos y sustancias inflamatorias que pueden favorecer alteraciones como resistencia a la insulina, aumento de triglicéridos y colesterol LDL, parte de estos ácidos grasos llega directamente al hígado, donde también puede contribuir al desarrollo de hígado graso y a cambios en el perfil lipídico. En conjunto, estos cambios contribuyen a un entorno metabólico que facilita el desarrollo de enfermedad cardiovascular.

“Cuando hablamos de grasa visceral, hablamos de un tejido metabólicamente activo. Su importancia desde el punto de vista cardiovascular está en que estos mecanismos pueden favorecer la aterosclerosis y, con ello aumentar la probabilidad de que las arterias se estrechen u obstruyan y se produzcan eventos como un infarto o un accidente cerebrovascular”, explica el médico Carlos Torres, especialista en Medicina Interna y fellow en Cardiología de Clínica Santa María.

El impacto también puede reflejarse en la vida cotidiana. Torres señala que la obesidad puede disminuir la capacidad funcional y afectar la calidad de vida de los pacientes. Además indica que cerca del 68% de las muertes asociadas a un índice de masa corporal (IMC) elevado esta relacionado a accidentes cerebrovasculares, infartos e insuficiencia cardiaca: “Es una cifra que muestra que el exceso de adiposidad va mucho mas allá del peso”.

Por otra parte, la obesidad también puede afectar directamente al corazón cuando la grasa se acumula en zonas donde habitualmente no se almacena, fenómeno conocido como grasa ectópica. Un ejemplo es la grasa que se deposita alrededor del corazón, que, según Torres, puede contribuir a alteraciones en su funcionamiento.

Estudios recientes relacionan esta acumulación de grasa que rodea al corazón pueden asociarse con un riesgo casi 20 veces mayor de desarrollar insuficiencia cardíaca. A esto se suma su relación con un mayor riesgo de arritmias y muerte prematura. Este exceso de grasa puede generar cambios en la forma en que funciona el corazón y en el esfuerzo que debe realizar para bombear sangre. “Con el tiempo, estas alteraciones en el funcionamiento pueden contribuir al daño cardíaco asociado a la obesidad”, explica Torres.

Para estimar con mayor precisión el riesgo cardiovascular de una persona con obesidad, la evaluación no debe limitarse al peso. Es importante considerar la presión arterial, el perímetro de cintura, la glucosa o hemoglobina glicosilada, el perfil lipídico y la función renal, además de antecedentes de hipertensión, diabetes o dislipidemia. También deben evaluarse el tabaquismo, la actividad física, la alimentación y el sueño, incluida la posibilidad de apnea del sueño cuando corresponda.

“Lo primero es estimar el riesgo cardiovascular del paciente y para eso hay que evaluarlo de manera integral. No podemos considerar la obesidad por sí sola, sino también los distintos factores de riesgo que presenta cada persona, la prevención debe ser integral y personalizada”, señala el especialista.

Con esta información se pueden utilizar herramientas que permiten proyectar el riesgo a futuro. Una de ellas es Prevent, una calculadora desarrollada por la American Heart Association que integra información cardiovascular, renal y metabólica, como edad, presión arterial, colesterol, función renal, índice de masa corporal, diabetes y tabaquismo. Esta herramienta está diseñada para personas de entre 30 y 79 años sin enfermedad cardiovascular conocida y permite estimar a 10 y 30 años el riesgo de enfermedad cardiovascular, incluida la enfermedad aterosclerótica y la insuficiencia cardíaca.

El reconocimiento de estos riesgos también ha llevado a incorporar la obesidad entre los objetivos del tratamiento cardiovascular. Su abordaje busca reducir la adiposidad patológica y prevenir el avance de las complicaciones asociadas a la enfermedad.

“Desde la cardiología, la obesidad debe considerarse un objetivo terapéutico cardiovascular por derecho propio, ya que no es solo un factor de riesgo, sino una enfermedad que promueve la inflamación sistémica, la disfunción metabólica y vascular, acelerando el desarrollo y la progresión de hipertensión arterial, insuficiencia cardíaca, arritmias e infartos”, concluye Torres.

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