Mónica Venegas, alfarera de Quinchamalí y Sello de Excelencia: “Cada pieza que hacemos es única”
La artesana obtuvo el Sello de Excelencia a la Artesanía 2026 por su obra “Relicario de mis Recuerdos”, elaborada en greda negra e inspirada en pérdidas familiares. Es la segunda vez que recibe esta distinción, tras haber sido premiada en 2017.
La tradicional alfarería de Quinchamalí tuvo un importante reconocimiento de la mano de una de sus principales exponentes. Con su “Relicario de mis Recuerdos”, Mónica Venegas (61) ganó el Sello de Excelencia a la Artesanía 2026, distinción del Comité Nacional de Artesanía, que integra el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (Mincap) y la Escuela de Diseño de la Pontificia Universidad Católica de Chile, con el patrocinio de la Oficina de la Unesco en Santiago y el Consejo Mundial de Artesanía Latinoamérica.
La obra ganadora consiste en un contenedor de greda negra tipo olleta, con tapa, tres patas, vuelos y detalles esgrafiados de la tradicional alfarería de Quinchamalí, con la que la artesana buscó representar y atesorar las pérdidas familiares que ha tenido en el último tiempo.
“Esta pieza inédita la había hecho con anterioridad y cobró vigencia porque estos últimos años he sufrido varias pérdidas familiares. La semana pasada nomás debí sepultar a uno de mis hermanos”, cuenta la alfarera, quien explica que “la gente antigua guardaba sus cosas más queridas en estos relicarios y eso es lo que quise representar”.
Este es el segundo Sello de Excelencia a la Artesanía que recibe. En 2017 lo obtuvo con “Mujer Alfarera”, trabajo con el que también fue reconocida por la Unesco. “Estas distinciones para mí son reflejo de que el camino que tomé cuando me volqué a este oficio no estuvo equivocado. Cuando descubrí la greda fui otra, me transformé. Fue una oportunidad de autonomía, de vida, de independencia, de crecimiento y de visibilizar nuestro territorio”, relata.
Nacida y criada en Santiago, la artesana estudió confección de vestuario y en 1984 se radicó en la Región de Ñuble junto a su marido, pequeño agricultor con quien tiene cuatro hijos. Ahí las tías de su esposo la iniciaron en la alfarería: “Cocer la greda a más de 900 grados de temperatura, ver cómo las piezas pasan de rojo vivo a negro intenso, teñirlas, fue algo que no conocía y me cautivó. Ser artesana estaba predestinado para mí”, cuenta.
Sobre esta alfarería con denominación de origen, que le ha valido ser Tesoro Humano Vivo, llevar su trabajo a la Expo Milán y viajar a Perú, México y Marruecos, dice que se sabe poco. “Hay gente que cree que las piezas se hacen en serie, pero no existe una igual a otra. Las guitarreras, que representan a las cantoras populares y al matriarcado de Quinchamalí, los chanchitos y hasta las pailas son piezas únicas que cuestan mucha pega y mucho humo”.
Cuenta que durante el verano se recolecta la greda que usarán el resto del año –así como el guano de vacuno para la cochura y el de caballo para el teñido– y que elaborar las piezas va mellando la salud de las alfareras con el paso del tiempo: “La mayoría termina con enfermedades pulmonares, reumáticas o a la vista”.
Su día, agrega, parte extrayendo la materia prima en diferentes terrenos de la zona, para luego secarla. Remoja lo que empleará, le agrega arena amarilla y la amasa con los pies. La deja reposar, elimina cascajo, carboncillo, semillas y raíces, y bastonea para cortar el trozo que va a usar. Las piezas utilitarias se trabajan en una tabla lisa desde la base, y las ornamentales, con una esfera de inicio. Se paletea, se orea y se comienza a armar.
Luego vienen el bruñido, el secado, el lustrado a la antigua (con grasa de ave) y el esgrafiado con una aguja de victrola, con motivos tradicionales: flores de cerezos, hojas de higueras, espigas de trigo. En verano, las piezas se ponen al sol y luego al fuego. En invierno son ahumadas en canastos de alambre y de ahí van a la cochura. Se quita el hollín y se pone el colo blanco en los dibujos
En 2016, Venegas y otras seis artesanas de Quinchamalí trabajaron en las 207 piezas que dieron vida al mural a Violeta Parra en su casa natal de San Carlos, uno de sus orgullos. “El resultado fue impactante. Así como Violeta alguna vez promovió nuestra artesanía, nosotras le devolvimos la mano y la retratamos desde su nacimiento hasta que nos dejó”, relata.
Actualmente, la alfarera integra el Servicio de Asesoría Técnica (SAT) de Turismo Rural de Indap Ñuble, donde se adjudicó un taller en el que recibe a los visitantes y realiza talleres y capacitaciones.
A su juicio, la alfarería debiera ser una asignatura obligatoria en los colegios de la zona, ya que así los niños y niñas de Quinchamalí podrían enamorarse de la greda tal como ella lo hizo.

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