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Mujeres y hombres feministas: salvar la democracia en peligro

por 19 junio, 2019

Mujeres y hombres feministas: salvar la democracia en peligro
A la adhesión de hombres por los derechos de las mujeres se le ha denominado, feminismo masculino y, para serlo, sólo se requiere entender el sistema androcéntrico-patriarcal que somete a las mujeres (y a los hombres no machistas). Sólo se necesita un mínimo sentido de la solidaridad, de la justicia social y de género para ser un hombre feminista.
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El movimiento feminista propicia la inclusión del hombre a la esfera doméstica; y que entren con sus propias características como las mujeres han entrado a la esfera pública con las suyas.

Este cruce de inclusión de mujeres y hombres a una y otra esfera, es esencial para consolidar y legitimar la sociedad postandrocentrica y patriarcal. Esencial para la inclusión social, base del sistema democrático y del movimiento feminista.

Pero para la inclusión definitiva al poder de más del 50% de la humanidad, las mujeres, aún marginadas, se requiere que el hombre se incluya en el movimiento feminista para apoyar la inserción plena de las mujeres a la democracia, consolidándola y legitimándola al ampliarla con todos los derechos de género plenamente reconocidos.

El hombre puede (y debe) ser feminista. Porque para ello, obviamente, no es necesario ser mujer: el feminismo no tiene sexo biológico como ninguna corriente de pensamiento o del conocimiento lo ha tenido nunca. Ni lo tendrá.

El hombre feminista propone nuevas formas de masculinidad, inclusivas y no discriminatorias con ninguno de los dos sexos. Sin feminismo no hay democracia y sin hombres feministas no hay evolución del feminismo.

La democracia fue creada por hombres en la antigua Grecia, en una sociedad donde la mujer estaba totalmente excluida: tenía (más bien, padecía) de un statu quo similar a las personas esclavas, y donde por cierto, la homosexualidad (masculina) en gran medida, otorgaba prestigio social.

Nadie podría ahora sostener que a la democracia no puede incluirse a las mujeres porque fue creada por hombres.

El feminismo, corriente del pensamiento creado íntegramente por mujeres, ya pertenece también, como la democracia, a la humanidad. Es un referente de justicia social y de género imprescindible para comprender el siglo XX. Y los que vienen.

La revolución de las revoluciones, la feminista, es tan inédita como singular: sin disparar ni un solo tiro ni eliminar nunca a nadie, la revolución pacífica del feminismo, la mayor y más importante del siglo XX, y, seguramente de la historia: con sólo el “arma” de la inteligencia —la palabra—  y con un “ejército” de más del 50%  de la humanidad, la revolución está en pleno desarrollo y cambia el mundo cada segundo, democratizándolo.

A la adhesión de hombres por los derechos de las mujeres se le ha denominado, feminismo masculino y, para serlo, sólo se requiere entender el sistema androcéntrico-patriarcal que somete a las mujeres (y a los hombres no machistas). Sólo se necesita un mínimo sentido de la solidaridad, de la justicia social y de género para ser un hombre feminista.

El feminismo masculino no legitima el machismo como expresión hegemónica de masculinidad; lo considera tóxico, insensato, torpe y obtuso; además de social y simbólicamente antropófago con su propio género por inhumanizarlo con el uso de la violencia machista de género contra la mujer, sólo por serlo.

No hay hombre racionalmente sensible que soporte semejante peso sobre los hombros de su identidad de género. El feminismo no está en contra de los hombres ni de la masculinidad, sí lo está del hombre machista por ser intrínsecamente violento. El hombre feminista propone nuevas formas de masculinidad, inclusivas y no discriminatorias con ninguno de los dos sexos.

Sin feminismo no hay democracia y sin hombres feministas no hay evolución del feminismo. Por lo tanto, el feminismo necesita de hombres feministas y éstos del feminismo para librarse del machismo; como también, la democracia necesita del feminismo y el feminismo de la democracia.

La conclusión de este silogismo, es que sin democracia —en un régimen autoritario, autócrata o dictatorial— el feminismo, como cualquier otro movimiento social, tiene graves dificultades para movilizarse, canalizarse y lograr avances reivindicativos. Más bien, soportan una involución a sus logros reivindicativos, o la eliminación de todos sus derechos.

En este momento histórico, cuando la ultraderecha vuelve en el mundo con la única propuesta que puede tener: una involución en toda regla para destruir la democracia y con ella, los derechos legítimos no sólo de las mujeres, sino también de la comunidad  LGBTI+; derechos que tanta “sangre, sudor y lágrimas” ha costado conseguir, se necesita de mujeres y hombres feministas proactivos por la democracia amenazada y contra la regresión política del autoritarismo ultraderechista (¡basta ya de eufemismos como “derecha sin complejos” y “populismo de derecha”!).

El pasado es el tiempo de la ultraderecha y, con ésta, todo tiempo pasado fue peor.

El futuro, en cambio, estará siempre lleno de mujeres y hombres feministas y, por ello, de mejor calidad de la democracia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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