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El Apruebo Feminista: "Por primera vez la élite retrógrada y fundamentalista propia del barrio alto fue minoría"

por 15 julio, 2022

El Apruebo Feminista: «Por primera vez la élite retrógrada y fundamentalista propia del barrio alto fue minoría»
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Uno de los argumentos más circulados sobre la propuesta de nueva Constitución es que, por primera vez, hubo una participación importante y paritaria de las mujeres en la elaboración del documento. Esto es, sin duda, verdad. Y, no obstante, y como he argumentado desde la elección de las constituyentes en mayo 2021, no es menor pensar en cuáles mujeres fueron incorporadas a las discusiones, ni tampoco cómo su participación ayudó a crear un nuevo texto, necesario y urgente para el Chile del siglo XXI.

Actualmente soy la investigadora responsable del proyecto Fondecyt No. 1220139, “Debates constitucionales generizados y ciudadanías paradojales en Chile, S.XX-XXI.” En este proyecto, con las coinvestigadoras María Antonieta Vera y Carolina González de la Universidad de Chile, estamos trabajando, justamente, las discusiones y los debates que ocurrieron entre mujeres y personas LGBTQ+ en tres momentos constitucionales: en torno a la Constitución de 1925, la Constitución de 1980 y la nueva propuesta de Constitución de 2022. Uno de los planteamientos más importantes del proyecto es que justo, al incorporar los debates de mujeres y disidencias diverses –por ejemplo, por raza, etnicidad, clase, etc.– podemos llegar a entender de mayor manera cómo se construía la ciudadanía y la democracia en estos diferentes períodos.

La elección paritaria de constituyentes en mayo 2021 evidentemente abrió un proceso histórico en ese sentido para las mujeres

Ahora, lo que es indiscutible sobre esta comparación es que el actual momento es profundamente diferente en cuanto a la democracia y la participación directa de mujeres y disidencias en la elaboración de la constitución. Ni la Constitución de 1925, ni la Constitución de 1980 se escribieron en democracia. Su escritura, además, fue un ejercicio llevado a cabo por una pequeña élite político-legal, compuesta principalmente por hombres blanco-mestizos, heterosexuales, cis-género y de clase alta.

En la escritura de la Constitución de 1925 no participó ninguna mujer; así con las constituciones hacia atrás también. Para la de 1980, esta tradición se rompe, ya que hubo para esa fecha un número creciente de mujeres profesionales. No obstante, de igual manera las mujeres que participaron directamente en la redacción de la Constitución de 1980 se cuentan con una mano y son todas abogadas de élite y de derecha: Alicia Romo y Luz Bulnes, que participaron en la Comisión Ortúzar, y Mónica Madariaga, abogada muy cercana a la dictadura y quien participó en varias instancias, incluyendo el último grupo de trabajo que afinó la Constitución según las preferencias conservadoras, neoliberales y anti-democráticas de Pinochet y Guzmán.

También hubo dos mujeres de perfiles más de “centro” que fueron nombradas al Consejo de Estado y que revisaron la propuesta de Constitución de 1980: Mercedes Ezquerra, trabajadora social y “representante de organizaciones femeninas” y Adriana Olguín, abogada cercana al Partido Radical y “representante de colegios profesionales”. Esta última es un caso bien interesante porque es citada como una feminista de una de las organizaciones más importantes que luchó por el voto femenino – la Federación Chilena de Instituciones Femeninas (FECHIF) -, como también por haber sido la primera mujer ministra del país, asumiendo como Ministra de Justica durante el gobierno de Ibáñez del Campo en 1952. El Consejo de Estado tenía como máxima autoridad al expresidente Jorge Alessandri y como vicepresidente el exmandatario Gabriel González Videla.

Según varias personas expertas, las recomendaciones de este Consejo tenían que ver con acercar la Constitución de 1980 más hacia la Constitución de 1925, pero no tuvieron éxito. En última instancia, Pinochet más bien utilizó este Consejo para darle una pátina de legitimidad a la constitución, pero no incorporó en casi nada sus sugerencias. En algo, mujeres como Ezquerra y Olguín también nos recuerdan de los límites de un cierto tipo de feminismo más “liberal” que frecuentemente puede ser servicial a los intereses neoliberales, racistas y antidemocráticos de la derecha. Podríamos decir que ahora estamos viendo un “reciclaje” de esto mismo al contemplar mujeres políticas de derecha que propusieron la paridad en la Convención y ahora están por el Rechazo, aquellas que buscan “emparejar la cancha” pero sólo cuando se mantenga el estatus quo socioeconómico y racial.

Hago este pequeño recuento histórico para tratar de subrayar, por un lado, cómo las mujeres hasta ahora han estado poco representadas en la elaboración de constituciones en Chile, y por el otro, cómo también los mismos textos reflejan, además, esta composición androcéntrica y conservadora de pensar la relación entre Estado, política, ciudadanía y democracia. Tanto la Constitución de 1925 como la Constitución de 1980 abren invocando a “Dios Todopoderoso”; la pretensión a ser un país laico es, frecuentemente, dudosa. La Constitución de 1980 parte así, con el 1º Artículo: “Los hombres se nacen libres e iguales en dignidad y derechos. La familia es el núcleo fundamental de la sociedad (…). Es deber del Estado resguardar la seguridad nacional, dar protección a la población y a la familia, propender al fortalecimiento de ésta, promover la integración armónica de todos los sectores de la Nación y asegurar el derecho de las personas a participar con igualdad de oportunidades en la vida nacional” (énfasis mío).

En ese sentido, es también pertinente reflexionar sobre los tipos de mujeres que pudieron participar, o no, en el desarrollo de las constituciones hasta ahora. Como nos recuerda Alejandra Castillo, para la Constitución de 1925 en primera instancia se convocó a una Asamblea Constituyente de Asalariados e Intelectuales, donde participaron algunas mujeres feministas intelectuales ilustres de su época, tales como Amanda Labarca y Gabriela Mandujano. No obstante, en última instancia no se tomó en cuenta lo que proponía esta Asamblea y se redactó la Constitución entre cuatro paredes y dentro de un pequeño grupo de hombres.

Como hemos visto, para la Constitución de 1980 ahora sí hubo una participación activa de más mujeres, pero un número muy reducido, y, en la práctica, todas eran mujeres blanco-mestizas y de clase alta. Además, las mujeres que sí escribieron el texto eran de marcadas características conservadoras. Para profundizar esta reflexión vale la pena recordar que Alicia Romo posteriormente se convirtió en rectora de la Universidad Gabriela Mistral y su hija, Magdalena Merbilháa, se ha levantado como figura de ultraderecha a favor del “Rechazo” en los últimos meses. Por otro lado, la hija de Luz Bulnes, Luz Granier, ayudó a fundar Renovación Nacional, lugar en el que milita, y fue Subsecretaria de Servicios Sociales durante el primer gobierno de Piñera.

La elección paritaria de constituyentes en mayo 2021 evidentemente abrió un proceso histórico en ese sentido para las mujeres. En última instancia, no es menor que la actual propuesta de constitución fuera escrita por 77 hombres y 77 mujeres. ¿Pero cuáles mujeres? esto tampoco es menor. Porque, a diferencia de la Constitución de 1980, ahora sí hubo esas mujeres de antes –las abogadas de élite, de derecha y conservadoras, como Marcela Cubillos, Constanza Hube y Rocío Cantuarias– pero ahora fueron minoría. Por primera vez en la historia de Chile, esa élite retrograda y fundamentalista, propia del barrio alto santiaguino, fue minoría en la elaboración de una constitución y, además, una constitución que no sólo fue votada de manera democrática, sino también con quórums altísimos, por sobre los dos tercios. Por lo mismo, estas mujeres privilegiadas tuvieron una participación más bien escueta en la elaboración de esta nueva Constitución, boicoteando, en muchos casos, el mismo avance de la Convención. Ahora no nos debe sorprender que nos llamen a votar Rechazo, ellas y otras como ellas, “gente como una”, igualmente de élite e igualmente blancas, tales como Ximena Rincón, Soledad Alvear o Mariana Aylwin.



Entonces, ¿quiénes eran esas otras mujeres que ahora sí entraron a elaborar una nueva Constitución? fueron mujeres campesinas y pobladoras; mujeres de pueblos originarios; mujeres feministas y activistas medioambientalistas; mujeres lesbianas y bisexuales; mujeres sindicalistas y luchadoras por la educación, la salud, las pensiones dignas, las tierras y las aguas. Mujeres y disidencias que llevan años marchando por las calles; años luchando “hasta que la dignidad se haga costumbre”. No obstante, el otro día en Twitter un usuario dijo que ahora que una constituyente dejaba su trabajo iba a tener que buscar empleo como “nana”; como si esto fuese un insulto, como si ese otro Chile definitivamente no mereciera escribir una constitución. Porque, claro, las mujeres “nanas”, las mujeres “indias”, las mujeres “marimachas”, ¿cómo se atreven a escribir una constitución?

Y, no obstante, eso es, justamente, lo que se hizo. Por primera vez, estuvo presente ese otro Chile, ese que más sufre con el actual modelo y más reclama cambios; ese que ha impulsado los principales movimientos sociales de los últimos diez años, culminando en el Estallido Social de 2019. Desde una lectura feminista interseccional, ese otro Chile es una imbricación de múltiples opresiones estructurales cruzadas por raza, etnicidad, clase, género, orientación sexual, geografía, edad, y discapacidad, que hasta ahora no había sido representado en ninguna constitución.

Es absolutamente necesario, en ese sentido, que las organizaciones feministas en Chile no sólo levanten el tema de la paridad de las mujeres y el género dentro de nueva Constitución, sino también los múltiples cruces feministas interseccionales posibles en esta propuesta, desde la protección del medioambiente y las aguas, pasando por la identidad de género, las familias diversas, los cuidados y el derecho a vivir sin violencia, y también, incluyendo aquellas demandas de autonomía territorial, plurilingüismo, y plurinacionalidad de los pueblos originarios y los derechos culturales de estos y de las personas afrodescendientes.

Esto es abrirnos a mirarnos tal y cómo somos; es reconocer las alianzas necesarias y urgentes del activismo feminismo interseccional, antirracista y decolonial en el contexto actual. El plebiscito de salida no es una elección más, no es un plebiscito ya ganado (de hecho, ¡estamos muy lejos de eso!), y no es una formalidad. Al contrario, es una lucha dura y profunda que tendremos que dar y donde habrá muchas falsedades y mentiras esparcidas, incluso por mujeres, incluso por algunas mujeres que se autodenominen “feministas” (liberales). Pero es absolutamente imperante no rendirnos ahora, no cuando la promesa de una Apruebo Feminista esté tan cerca, la promesa de un Chile más equitativo, más paritario, más plurinacional, más respetuoso de nuestras diferencias y divergencias, viéndolas no como una amenaza o una debilidad, sino más bien una fortaleza. Es ese Apruebo Feminista por lo cual yo y muches feministas más estaremos luchando de aquí al próximo 4 de septiembre.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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