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La Ruleta China o el oficio de transformar lo cotidiano en ritual BRAGA Créditos: Cedida.

La Ruleta China o el oficio de transformar lo cotidiano en ritual

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Alejandra Villarroel Sánchez
Por : Alejandra Villarroel Sánchez Periodista Cultural. Investiga cruces entre la educación artística y las memorias colectivas.
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A pocos días del Día de la Visibilidad Lésbica, Amanda Varín presenta Ruleta China y La permanencia de los objetos. Su lanzamiento en Puerto Montt y Temuco propone una lectura desde la poesía lesbofeminista sobre la memoria, las disidencias y el lugar del arte como espacio de enunciación.


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Amanda Varín escribe a mano. Muchos de sus poemas aparecen mientras cose en el taller donde trabaja junto a su madre. Otros llegan cuando está por quedarse dormida. Entonces deja pequeñas pistas para recordarlos al despertar. De ese método artesanal y doméstico, poco interesado en la idea de inspiración como rayo, surgió hace tres años el primer borrador de Ruleta China y La permanencia de los objetos, con flores secas y mariposas muertas entre sus páginas manuscritas. Ahora, publicado por La Bravía, 2026, llega convertido en libro.

Es el quinto de una obra que, desde Crisálidas (2015), vuelve obstinadamente sobre el cuerpo, el deseo, la memoria y la experiencia lesbiana, no como temas que se visitan, sino como preguntas que nunca terminan de resolverse. Hasta hoy, la obra de Varín (Temuco, 1986) ha vuelto una y otra vez esos temas que se leen como preguntas no resueltas. En esta nueva entrega, sin embargo, algo se desplaza: el cuerpo comparte protagonismo con los objetos, una casa, una cama, unas llaves, que empiezan a funcionar como testigos silenciosos del duelo y del tiempo. El poemario se presenta el 9 de julio en Puerto Montt y el 11 en Temuco, en el marco del Día de la Visibilidad Lésbica. Para la activista fundadora de la colectiva lésbica feminista Ayükelen Lilian Inostroza, una de las primeras lectoras del poemario, el desplazamiento que propone esta obra también modifica la experiencia de quien lee: “Amanda escribe desde una realidad profundamente vivida, donde se confronta con sus fragilidades, sus fortalezas y sus propios monstruos de mujer, racializada, lesbiana y costurera. Pero ese recorrido nunca queda encerrado en lo autobiográfico. Sus poemas terminan convirtiendo una experiencia íntima en una experiencia compartida. El cuerpo que habla deja de ser únicamente el suyo y se vuelve un cuerpo colectivo”.

El texto se organiza en dos movimientos, es decir, conviven en él dos registros. Uno de alta densidad simbólica poblado de ritos, sueños y transformaciones. Otro que baja a tierra, a la mesa, a la cama, a las llaves: “siempre que publico espero que las lectoras atraviesen una experiencia, que la lectura no sea un ejercicio solamente interpretativo”, dice. “El libro ya no me pertenece, pienso que cada cual encuentra entre las páginas lo que puede sentir y comprender.” Para ella la frontera entre lo doméstico y lo sagrado es apenas conceptual: los objetos “llegan a cobrar vida como testigos y ofrendas del amor en este libro, un lugar al que vuelvo para recordar”. Los atesora. A veces los deja ir. Son, en sus palabras, “lo que queda tangible después de tanto arder amando”.

Esa vocación por el objeto se revela con los primeros ejemplares escritos a mano en 2023, con flores secas entre las páginas, y mariposas que morían en su invernadero. Desde el origen, recuerda, fue un libro-objeto. Algo de esos detalles sobrevivió a la edición impresa.

Sobre la identidad, Varín no busca fijarla. “Toda creadora crea desde una subjetividad”, expresa, y lo disidente en sus textos existe para ella “como algo natural”. Le interesa que no se asuma que es heterosexual cuando la leen, pero también desconfía de las explicaciones fáciles: en su experiencia hay canalización, escritura automática, un fluir de conciencia que excede cualquier categoría. “Pienso que la fijación estable de una identidad es morir en vida”, manifiesta. “La contradicción es metacognición en mi experiencia escritural y vital”.

Los objetos, en la segunda mitad, guardan memoria propia, a veces más que el sujeto que los observa. Varín lo explica desde lo ritual: “Ponemos en ellos mucha energía, mucha carga, es muy humano esto de querer animar a los objetos también.” Por eso habla, de la “santa materia”: de cómo las cosas permanecen cuando la memoria empieza a esfumarse, y de cómo poner el dolor o el amor en un objeto permite mirarlos como algo ajeno, algo que se puede tocar, algo que finalmente se puede escribir.

Créditos: Cedida.

Sostiene que no piensa sus poemarios en términos de posicionamiento, sino más bien como una chispa que despierta curiosidad: por una palabra desconocida, por la lesbiandad, por la espiritualidad o por la propia identidad. “Si de alguna forma eso puede llevar a las lectoras hacia lo profundo de ellas mismas y sus experiencias, para mí eso es el triunfo de la poesía”, opina. Sus lectoras, cuenta, han usado sus libros en rituales por la muerte de una compañera, los han leído en voz alta junto a una copa de vino, los han dejado como ofrenda sobre un altar con velas. Cada cierto tiempo le llega una foto, un comentario. “Eso para mí es un tremendo honor”, expresa. Es también, admite, lo que la sostiene en los días grises, cuando duda de si escribir poesía tiene sentido.

Ha dicho más de una vez que sus poemas son hechizos antes que objetos literarios. La transformación, sin embargo, no empezó con este quinto poemario: empezó con el primero. Cuando escribió Crisálidas sentía tanto dolor y desesperación que algo se abrió: no podía dejar de escribir, cantar, dibujar, compulsivamente, en lo que ella describe como un delirio de colores muy sanador. Su familia quiso internarla. Se escapó a Santiago, a refugiarse en los brazos de una amiga que murió hace poco. Aquella primera publicación fue su primer ritual poético: un rito para transmutar el dolor en arte. “Prácticamente sangrar sobre el papel”, manifiesta.

Cuando habla de sus lecturas públicas ya no las llama recitales como algo que se entrega a las lectoras, sino como una experiencia que sólo se completa cuando alguien más la lee, la escucha o la hace suya. Quizás ahí termine de entenderse esta obra. Las llama “cuenta versos, un ritual sonoro y colectivo donde la poesía vuelve a su forma más antigua, la del fuego compartido”.

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