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El juicio de Salomón Opinión Archivo

El juicio de Salomón

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Guillermo Pickering
Por : Guillermo Pickering Abogado, exsubsecretario del Interior y de Obras Públicas.
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La pequeñez ha dejado de ser un defecto individual para transformarse en una forma de hacer política. Se celebra la humillación del adversario. Se confunde la firmeza con la incapacidad de dialogar. Se considera una traición o cobardía  cualquier intento de entendimiento. La pureza ideológica ha ree


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Cuenta el Antiguo Testamento que dos mujeres comparecieron ante el rey Salomón disputándose la maternidad de un niño recién nacido. No existían testigos ni pruebas que permitieran discernir cuál de las dos decía la verdad. Solo dos relatos incompatibles y un juez obligado a decidir.

Entonces Salomón pronunció una sentencia desconcertante. Ordenó traer una espada y dividir al niño en dos partes, entregando una mitad a cada mujer.

Una de ellas aceptó la solución. La otra se derrumbó. Renunció inmediatamente a su derecho y pidió que el niño fuera entregado vivo a la otra mujer. Prefería perderlo, antes que verlo morir.

Fue entonces cuando Salomón comprendió que no necesitaba más pruebas. La verdadera madre no era la que reclamaba con mayor fuerza. Era la que estaba dispuesta a renunciar a su maternidad con tal de salvar la vida del hijo.

Desde hace casi tres mil años, esa escena constituye una de las más profundas lecciones sobre la naturaleza humana. El amor verdadero no destruye aquello que dice amar. Antes renuncia a sí mismo.

Chile parece haber llegado a un momento semejante.

Hace demasiado tiempo que contemplamos una política donde todos aseguran amar al país mientras, al mismo tiempo, lo someten diariamente a una interminable disputa de pequeñas ventajas, vetos recíprocos, agravios y descalificaciones. Cada sector proclama ser el único intérprete de la voluntad nacional. Cada uno acusa al otro de representar el peligro definitivo. Todos dicen defender a Chile. Sin embargo, el país aparece cada día más dividido, más cansado y más inmóvil.

Quizás la pregunta ya no sea quién tiene la razón. La pregunta es quién está dispuesto a perder una parte de esa razón para que Chile no siga desangrándose.

Hace apenas unas décadas, los chilenos discutíamos apasionadamente sobre el camino que debía seguir el país para alcanzar el desarrollo, pero existía un supuesto que casi nadie ponía en duda: todos pertenecíamos a una misma comunidad política. Éramos adversarios, nunca enemigos. Competíamos por conducir una casa que reconocíamos como nuestra, propiedad de todos.

Hoy, esa convicción se ha debilitado peligrosamente.

Vivimos en países paralelos. Cada grupo ha construido su propio relato, sus propios héroes, sus propias víctimas y hasta sus propios hechos. Lo que para unos constituye una evidencia, para otros es una manipulación. Lo que unos celebran, otros lo consideran motivo de vergüenza. Ya no compartimos únicamente opiniones distintas; comenzamos a habitar realidades distintas.

Quizá esa sea la fractura más grave de todas.

Porque una democracia puede sobrevivir al desacuerdo. Lo necesita. Incluso puede fortalecerse en la controversia, cuando esta se desarrolla dentro del respeto mutuo. Lo que ninguna democracia puede soportar indefinidamente es la desaparición del reconocimiento recíproco. Cuando dejamos de ver en quien piensa distinto a un compatriota y comenzamos a verlo como una persona o un grupo que hay que aplastar, la política deja de ser una conversación sobre el bien común y se convierte en una disputa entre tribus que solo aspiran a imponerse unas sobre otras.

Entonces, el país deja de existir como proyecto compartido. Permanece el territorio, permanecen las instituciones, permanece la bandera. Pero desaparece aquello que les da sentido: la voluntad de vivir juntos.

Por eso la pregunta pertinente no es simplemente quién gobernará Chile. La pregunta es mucho más elemental: ¿Seguimos creyendo que existe un “nosotros” llamado Chile? ¿O hemos llegado al extremo de preferir la derrota del país antes que aceptar el éxito de quienes no piensan como nosotros?

El juicio de Salomón vuelve entonces a adquirir una actualidad inesperada. El niño no pertenece a ninguna de las dos mujeres. La patria tampoco pertenece a ningún partido, a ninguna generación ni a ninguna ideología. Es un bien que todos recibimos y que todos estamos obligados a entregar, íntegro, a quienes vendrán después de nosotros.

Porque existen diversas maneras de creer que se ama a la patria. Una consiste en reclamar permanentemente su propiedad moral, convencido de que solo uno posee la verdad suficiente para gobernarla. La otra acepta que ninguna generación, ningún partido y ninguna ideología agotan la riqueza de un país cuya historia siempre ha sido más amplia que cualquiera de sus gobiernos.

Durante los mejores momentos de nuestra historia predominó esa segunda actitud.

La Independencia reunió sensibilidades distintas bajo un propósito superior. La colonización del sur impulsada por Vicente Pérez Rosales fue una empresa nacional, antes que partidista. La expansión minera, la construcción de puertos, caminos y ferrocarriles, la reducción de la mortalidad infantil, la reforma agraria, la recuperación democrática después de 1990, incluso la paciente construcción de instituciones respetadas dentro y fuera de Chile, fueron posibles porque hubo generaciones capaces de anteponer el país a sus propias querellas.

No estaban de acuerdo en todo. Ni siquiera en mucho. Pero comprendían algo esencial: cuando una nación pierde la capacidad de construir propósitos comunes, comienza lentamente a consumir su propio futuro.

Hoy ocurre exactamente lo mismo.

La pequeñez ha dejado de ser un defecto individual para transformarse en una forma de hacer política. Se celebra la humillación del adversario. Se confunde la firmeza con la incapacidad de dialogar. Se considera una traición o cobardía cualquier intento de entendimiento. La pureza ideológica ha reemplazado al sentido de Estado.

Mientras tanto, los problemas reales permanecen intactos. La vivienda se aleja de los jóvenes. La delincuencia altera la vida cotidiana. El crecimiento económico se debilita. La natalidad cae. El envejecimiento avanza. La confianza desaparece. Y una generación completa comienza a acostumbrarse a vivir sin un horizonte compartido.

La igualdad y el crecimiento, por ejemplo, han sido presentados como enemigos irreconciliables. Sin embargo, la experiencia demuestra exactamente lo contrario. Son las dos caras de una misma moneda. Cuando una sociedad deja de crecer, también deja de generar oportunidades para distribuir. Cuando abandona la igualdad de oportunidades, termina frenando su propio crecimiento. Avanzan juntas o se paralizan juntas.

Tal vez ha llegado el momento de que los ciudadanos ocupemos el lugar de Salomón.

No para dividir el país, sino para descubrir quién está dispuesto a salvarlo.

Porque la verdadera grandeza política nunca ha consistido en vencer al adversario. Consiste en negarse a sacrificar a Chile para derrotarlo.

Quien prefiera que el país fracase antes que reconocer algún mérito en quienes piensan distinto, quizá gane una elección. Pero habrá perdido algo infinitamente más importante: habrá demostrado que nunca fue la verdadera madre.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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