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Extrema delgadez en la era de la semaglutida: achicarnos vuelve a ser el mandato Yo opino

Extrema delgadez en la era de la semaglutida: achicarnos vuelve a ser el mandato

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Belén Zapata
Por : Belén Zapata Psicóloga de Minka
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Vivimos una revolución en la medicina. La llegada de los agonistas del receptor de GLP-1, como la semaglutida, está cambiando las vidas de millones de personas en todo el mundo. Finalmente se ha vuelto un poco más fácil bajar de peso y tratar condiciones de salud como la diabetes tipo 2 y la obesidad. Para muchos pacientes constituye un tratamiento médico tremendamente valioso.

A la par, está de vuelta la extrema delgadez de los noventa en el ojo público. La vemos en las alfombras rojas, en las portadas de revistas, en la televisión, en Internet.

Acaso producto del acceso a una herramienta médica en una cultura que lleva décadas diciéndoles a las mujeres que un cuerpo más pequeño es también un cuerpo más deseable, más disciplinado y que vale más.

Esto no implica que toda persona que use GLP-1 tenga un problema psicológico. Tampoco significa que querer bajar de peso sea necesariamente una decisión superficial, equivocada o cuestionable.

Pero el contexto importa.

Y es que, a pesar del impacto que ha tenido el feminismo en la manera en que hemos aprendido a habitar nuestros cuerpos, a aceptarlos y a comprender sus cambios y ciclos, la realidad es que el ideal de belleza sigue siendo la delgadez.

Las mujeres no podemos simplemente existir. A cambio tenemos la obligación de ocupar poco espacio. No ser demasiado grandes, ni demasiado fuertes, ni demasiado visibles. Menos aún grandiosas.

Pareciera existir una necesidad permanente de achicarnos. Una especie de fijación por la mujer pequeña, débil y sumisa. Con aquella que no incomoda, que no desborda, que no ocupa demasiado espacio.

Y quizás por eso la extrema delgadez vuelve a resultar tan atractiva para una sociedad que todavía intenta controlar nuestros cuerpos.

Porque el problema nunca ha sido solo el peso.

La historia de los ideales de belleza nos muestra que aquello que consideramos deseable no es inmutable. El cuerpo femenino ideal ha cambiado radicalmente a lo largo del tiempo: de las figuras más curvilíneas de mediados del siglo XX, símbolo de estatus por el acceso a una buena alimentación, a los cuerpos cada vez más delgados que dominaron buena parte de la cultura visual de las décadas posteriores. Estudios en revistas de moda estadounidenses detectaron una reducción significativa del tamaño corporal de las modelos en los años ochenta y noventa, como señal de una deseable disciplina.

Estos cambios tampoco ocurrieron en el vacío. Durante la segunda mitad del siglo pasado, las mujeres transformaron profundamente sus vidas: obtuvieron más derechos, participaron como nunca antes en la educación superior y en el mercado laboral, ocuparon espacios profesionales y públicos que antes les estaban restringidos.

Al mismo tiempo, la cultura de la belleza siguió diciéndoles que podían ocupar más espacio en la sociedad, siempre y cuando aprendieran a ocupar menos espacio con sus cuerpos.

El tiempo pasó, llegamos a un nuevo siglo y, si bien los ideales de belleza nunca dejaron de centrarse primordialmente en la delgadez, una nueva ola de feminismo en la era del #MeToo trajo consigo la aceptación de la diversidad de cuerpos.

La aceptación del cuerpo no es resignación. Tampoco significa despertar un día y amar cada parte de nuestra corporalidad. Es un proceso complejo, a menudo largo, que implica aprender a relacionarnos con nosotras mismas de manera diferente. Requiere apoyo psicológico, redes de apoyo cercanas, educación y políticas de salud que acompañen estos procesos.

Una mujer saludable no necesariamente  es aquella que pesa menos. Es también la que puede hacer deporte, disfrutar de la comida sin culpa, dejar de compararse, descansar, cuidar su salud mental y espiritual y construir una relación con su cuerpo que no esté permanentemente determinada por la mirada ajena.

Quizá entendimos muy poco de lo que realmente implica aceptar el cuerpo, porque una década más tarde, parece que retrocedimos. Seguimos creyendo que un cuerpo debe modificarse para ser digno de admiración, aceptación o deseo. Aún reducimos el concepto de buena salud a un número en una balanza.

Por eso existe una discusión pendiente respecto de la ética profesional, la perspectiva de género y la responsabilidad que implica intervenir farmacológicamente en el cuerpo cuando detrás de la demanda de adelgazar puede haber años de presión social, comparación, discriminación, inseguridad y sufrimiento psicológico.

La responsabilidad clínica consiste en evaluar a cada persona en su contexto: sus antecedentes médicos, su salud mental, su relación con la alimentación y su motivación para buscar tratamiento. En personas con antecedentes o señales de trastornos alimentarios, la literatura reciente plantea la necesidad de una evaluación y un seguimiento más cuidadosos.

La conversación sobre el uso de GLP-1 y la salud mental recién comienza. La evidencia disponible sobre su uso en personas con trastornos de la conducta alimentaria sigue siendo limitada. Existen investigaciones que apuntan a posibles beneficios en algunos casos de trastorno por atracón, pero también preocupaciones sobre su uso inadecuado o sobre el riesgo de reforzar determinadas conductas en personas vulnerables. Las revisiones recientes coinciden en la necesidad de mayor investigación, evaluación clínica y seguimiento, especialmente cuando existe un historial de trastornos alimentarios.

En la economía del Ozempic ya no se habla únicamente de belleza. Se habla de bienestar, optimización, salud metabólica, autocuidado, longevidad. Algunas de esas conversaciones son necesarias y saludables. Pero otras pueden terminar por convertir el cuerpo en un proyecto permanente de vigilancia y corrección. El mandato ha cambiado de lenguaje, pero no necesariamente de dirección.

Porque mientras creemos que avanzamos, quizás retrocedemos.

Retrocediendo en salud física.

Retrocediendo en salud psicológica.

Y, sobre todo, al retroceder en nuestra capacidad de comprender que nuestros cuerpos no tienen como función principal agradarle a nadie, tal vez el verdadero problema no sea cuánto pesa nuestro cuerpo, sino cuánto espacio nos permite ocupar.

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