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El dolor de perder un hijo: el duelo de una madre que transforma la vida
La reciente despedida de Cindy Crawford a su hijo Presley Gerber volvió a poner en primer plano una de las experiencias de duelo más complejas. En Chile, Mariana Derderian ha hablado del mismo dolor tras la muerte de su hijo Pedro. Especialistas advierten que no existe una forma ni un tiempo único.
“Estamos más que desconsolados por la pérdida de nuestro amado hijo y hermano”. Casi un mes después de la muerte de Presley Gerber, Cindy Crawford encontró palabras para referirse públicamente a la ausencia de su hijo de 27 años.
Presley murió el 20 de septiembre en un centro de rehabilitación de Santa Mónica, California. Las autoridades investigan su fallecimiento y, hasta ahora, la causa oficial no ha sido determinada. Este domingo, Crawford, su marido Rande Gerber y su hija Kaia compartieron un mensaje conjunto en el que hablaron del amor por Presley y de la gratitud por los 27 años que pudieron compartir con él.
La publicación volvió a poner palabras a una experiencia para la que, paradójicamente, el lenguaje suele quedar corto: la muerte de un hijo y el duelo de una madre.
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No existe una palabra de uso común equivalente a “viuda” o “huérfano” para definir a una persona cuyo hijo ha muerto. Ese vacío lingüístico ha sido incluso objeto de investigaciones recientes sobre el duelo parental, que destacan sentimientos recurrentes de culpa, pérdida de sentido e incomprensión social.
Pero el duelo por un hijo tampoco responde necesariamente al relato de “cerrar una etapa” y continuar como antes. Para muchas madres y padres, lo que ocurre es algo diferente: la vida continúa, pero la relación con quien murió adquiere otra forma.
Mariana Derderian: “El duelo llegó para quedarse”
En Chile, una de las experiencias públicas más recientes fue la de Mariana Derderian, cuyo hijo Pedro murió a los seis años durante el incendio de su vivienda en mayo de 2024.
Dos años después, la actriz ha hablado abiertamente de lo ocurrido y de una idea que se aleja de aquella expectativa social según la cual el dolor debería desaparecer después de determinado tiempo. “No conozco a nadie que haya perdido un hijo y que no sienta que el duelo llegó para quedarse”, señaló este año a LUN.
En otra entrevista a TThe Clinic explicó que intenta mantener la memoria de Pedro integrada a su propia existencia. “Quiero que él viva a través de mí”, dijo al reflexionar sobre cómo reconstruir una vida después de una pérdida de esa magnitud.
Las palabras de Derderian coinciden con una concepción cada vez más presente entre quienes trabajan acompañando procesos de duelo: seguir viviendo no significa olvidar ni dejar de querer.
Perder un hijo puede ser un duelo especialmente difícil
La muerte modifica el orden esperado de las relaciones familiares. Padres y madres construyen una parte de su futuro alrededor de sus hijos: cumpleaños que todavía no ocurren, estudios, viajes, parejas, nietos, conversaciones y proyectos que se imaginan a medida que ellos crecen.
Cuando un hijo muere, por lo tanto, no solamente desaparece una persona querida. También desaparece una parte del futuro que se había imaginado junto a ella.
La evidencia científica ha asociado el duelo parental con consecuencias que pueden extenderse bastante más allá de las primeras semanas. Un estudio publicado en 2026 y basado en centenares de familias encontró nuevas cargas de salud mental y física hasta dos años después de la muerte de un hijo, con un impacto especialmente importante entre las madres.
Investigaciones anteriores también han descrito efectos en el sueño, la salud física, las relaciones sociales y la salud mental de los padres que atraviesan estas pérdidas.
Eso no significa que todas las madres desarrollen una enfermedad ni que exista un camino inevitable. El duelo es altamente individual.
No existen cinco etapas que todos deban cumplir
Durante décadas se popularizó la idea de que una persona pasa ordenadamente por negación, ira, negociación, depresión y aceptación. En la práctica, el duelo puede ser bastante menos predecible.
Una madre puede sentirse relativamente bien una mañana y quedar devastada unas horas después por una fotografía, una canción, un olor o una fecha. Puede volver a disfrutar, trabajar o reír y después experimentar nuevamente una tristeza profunda.
Ese movimiento no significa necesariamente que esté “retrocediendo”.
La especialista española Mónica Lidón, cuyo hijo Jaume murió a los tres años, ha insistido precisamente en que el duelo por un hijo no sigue una trayectoria lineal ni dispone de un calendario aplicable a todas las familias.
También existen fechas capaces de reactivar particularmente la ausencia: cumpleaños, Navidad, aniversarios, graduaciones de sus compañeros o el día en que el hijo habría alcanzado determinada edad.
Cuando el mundo continúa demasiado rápido
Existe además una contradicción difícil para quienes atraviesan una pérdida: mientras para la familia el tiempo parece haberse detenido, el mundo continúa funcionando.
Llegan cuentas. Hay que realizar trámites. Otros hijos necesitan atención. Eventualmente aparece el regreso al trabajo.
En Chile, el artículo 66 del Código del Trabajo establece actualmente 10 días corridos de permiso pagado por la muerte de un hijo, además de un mes de fuero laboral.
Mariana Derderian ha cuestionado públicamente si diez días son suficientes para una experiencia de esta naturaleza, aludiendo no solamente al dolor emocional sino también al funeral, los trámites y la dificultad que algunas personas tienen incluso para dormir o realizar las actividades más elementales durante las primeras semanas.
La discusión revela una dimensión muchas veces invisible del duelo parental: no ocurre separado de la vida cotidiana.
La culpa, una emoción frecuente
“¿Y si hubiera hecho algo diferente?”. La pregunta puede adoptar cientos de formas después de la muerte de un hijo.
Cuando existe una enfermedad, algunos padres se preguntan si podrían haber detectado antes los síntomas. Después de un accidente pueden reconstruir una y otra vez las decisiones previas. En muertes relacionadas con suicidio o consumo de drogas pueden aparecer preguntas especialmente difíciles respecto de señales que no se reconocieron o tratamientos que no funcionaron.
La culpa aparece descrita repetidamente en las investigaciones sobre duelo parental, incluso en situaciones en que racionalmente los padres saben que no podían haber evitado lo sucedido.
La forma en que muere un hijo también puede modificar la experiencia. Las pérdidas repentinas, violentas o inesperadas constituyen factores que pueden aumentar el riesgo de desarrollar un duelo persistente y profundamente incapacitante.
En el caso de Presley Gerber, la familia había acompañado durante años sus dificultades relacionadas con salud mental y consumo de sustancias. La causa definitiva de su muerte sigue bajo investigación.
Qué decir —y qué evitar— a una madre que perdió un hijo
Frases pronunciadas con buena intención pueden producir el efecto contrario. “Tienes que ser fuerte”, “el tiempo lo cura todo”, “por algo pasan las cosas” o “por lo menos tienes otros hijos” pueden ser recibidas como una minimización del vínculo perdido.
No existe una frase capaz de resolver el dolor. En muchos casos resulta más útil reconocer directamente la pérdida, permitir hablar del hijo fallecido —incluso mencionarlo por su nombre— y ofrecer ayuda concreta.
Acompañar puede consistir en llevar comida, realizar un trámite, cuidar a otros hijos, conducir a una consulta médica o simplemente permanecer disponible sin exigir que la persona explique constantemente cómo se siente.
Y también aceptar que recordar al hijo no necesariamente impide avanzar. Puede ser justamente parte de cómo se aprende a vivir con su ausencia.
¿Cuándo es necesario pedir ayuda profesional?
Una tristeza muy intensa durante un duelo no constituye por sí sola una enfermedad. El dolor, la falta de concentración, alteraciones del sueño, períodos de incredulidad e incluso la sensación de funcionar “en automático” pueden aparecer después de una pérdida.
Sin embargo, cuando el sufrimiento permanece intensamente incapacitante, impide de manera persistente retomar aspectos fundamentales de la vida o aparece acompañado de síntomas graves, la evaluación profesional puede resultar necesaria.
Mayo Clinic señala que la muerte de un hijo constituye uno de los factores de riesgo asociados al llamado duelo prolongado o complicado y recomienda buscar atención cuando el dolor se mantiene de manera persistente y debilitante.
El apoyo psicológico especializado, los grupos de padres que han atravesado experiencias semejantes y las redes familiares y comunitarias pueden convertirse en herramientas importantes.
No para borrar a quien murió. Sino para encontrar una forma posible de continuar viviendo con su recuerdo.
La carta de Cindy Crawford termina justamente desde ese lugar. No habla de olvidar a Presley ni de dar por cerrado un proceso. Habla de amor, de ausencia y de un vínculo que su familia entiende que permanece más allá de la muerte.