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IA feminista y otras buenas noticias

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Victoria Uranga Harboe
Por : Victoria Uranga Harboe Periodista, especialista en comunicación para el cambio social.
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Como las tecnologías no son neutras, pueden y deben tener los rostros de las mujeres latinoamericanas, sus experiencias, saberes y miradas críticas e intersectoriales. Especialmente, hoy que las disputas tecnológicas son también disputas democráticas, culturales y civilizatorias.

A mediados de mayo un grupo de organizaciones de la sociedad civil lanzó la segunda etapa de la Red Feminista de Inteligencia Artificial de América Latina y el Caribe con los nuevos proyectos seleccionados.

Son experiencias territoriales y colectivas que reflejan intereses múltiples: monitoreo legislativo de género (Brasil), representación de la discapacidad sobre registros clínicos (Argentina), plataforma para reportar violencias, glosario trans y rutas de denuncia (Ecuador y México), riesgos hídricos derivados de los centros de datos (México), preservación de los saberes de cuidado de sabedoras (Colombia), tecnología comunitaria en la lucha contra incendios (Bolivia). Imposible no recordar, del año anterior a SOF+IA (Chile), un chatbot que posibilita dialogar sobre violencia y acoso digital.

La inteligencia artificial se construye a diario, se alimenta de nuestros datos, decisiones y omisiones —también de nuestra agua—. La IA sigue creciendo y, como advirtió el papa León XIV al presentar la encíclica Magnífica Humanitas, lo hace en “el silencio de quienes no tienen voz cuando se toman decisiones”. Estas decisiones hoy generan nuevas formas de exclusión y sufrimiento, por eso, el pontífice llama al “desarme” y así recuperar la “custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial” para que las tecnologías estén al servicio del “bien común” y la paz.

La inteligencia artificial predominante tiene sesgos, refleja opciones que se construyen desde experiencias masculinas, “blancas”, en inglés y desde
corporaciones en el norte global. Sus matrices culturales y visiones del mundo definen qué conocimiento tiene valor, qué cuerpos son los bellos, qué territorios pueden ser sacrificados y qué formas de vida quedan fuera del algoritmo.

Esos algoritmos son limitados, parciales y muchas veces hacen daño. Por eso, pensar en “otros futuros tecnológicos posibles” es como dice, Paola Ricaurte, resistencia que se vuelve re-existencia.

Afortunadamente, algunos de esos futuros ya existen y los muestra última edición de la revista World Association for Christian Communication (WACC) Media Development. Ahí se plantea que estos otros mundos tecnológicos no son una consigna romántica o utópica, sino realidades concretas construidas desde comunidades indígenas, medios alternativos y organizaciones locales en diversas partes del mundo.

Las redes de comunicación basadas en valores tradicionales y economía comunitaria indígena en las montañas de Indonesia, las radios comunitarias en India defendiendo diversidad lingüística y soberanía cultural frente a plataformas digitales hegemónicas, las experiencias colombianas de apropiación tecnológica para inclusión social en zonas rurales, son solo algunos ejemplos de eso. Ahí está también América Latina recordando al mundo que la innovación y el desarrollo de la tecnología no puede seguir implicando extracción, despojo y exclusión.

Lejos de la nostalgia anti tecnológica, la urgencia es desarrollar soberanía tecnológica democrática y potenciar comunidades que no solo consumen, sino que son protagonistas de sus creaciones. Una inteligencia artificial que no reduce la vida a métricas de productividad ni transforma a las culturas en datos explotables. Una IA al servicio de lo humano y de cuidar la vida en la Tierra.

Continuar con más de lo mismo será más colonialismo y patriarcado solo cambios de interfaz. Sin embargo, desde los feminismos sabemos que no hay transformación tecnológica real sin transformación de las relaciones de poder. No basta con incluir mujeres en industrias digitales si el modelo sigue reproduciendo violencias, precarización y concentración económica. El problema no es solo quién y cómo usa la tecnología, sino qué tipo de humanidad se está programando.

Afortunadamente sí es posible el desarrollo de tecnologías situadas, horizontales, sostenibles, recíprocas, solidarias, colaborativas y no extractivistas. Innovaciones capaces de responder a necesidades reales, que fortalecen a las comunidades y abren espacios de participación también para quienes históricamente han quedado fuera de los ecosistemas de poder, la comunicación y el desarrollo. Vamos por más de esto.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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