CULTURA|OPINIÓN
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Novela “Cuarenta y cinco escalones” de Juan Carlos Díaz Saenger: retorno a un viejo amor
Algo ocurrirá acá, en su retorno luego de casi una vida. Al visitar la casa donde había vivido hasta su adolescencia, se encontrará con Violeta, la vecina de entonces, la joven de aquellos tiempos. Se reencuentran 37 años después.
Entre Barcelona y Valparaíso se desarrolla principalmente la trama de esta segunda novela de Juan Carlos Días Saenger. Pablo, el protagonista, debió emigrar a Europa después del Golpe Militar en Chile. Se fue a los 17 años, después de haber vivido en Valparaíso, en una casa con vista a la bahía, contigua a la de su amiga Violeta. Se exilió con su familia.
En Europa convivió con la realidad del exilio de muchos, hasta convertirse en un destacado profesional, a cargo de las operaciones de embarque y desembarque en el puerto de Cataluña (pero no es el drama del año 73 ni el destino de chilenos de la diáspora el leitmotiv de esta novela). Se casa, con la española Dolors, de esa unión nace una hija, Montserrat; el matrimonio fracasó.
Vino el quiebre matrimonial, ruptura potente en la vida de quien creía que ya había resuelto todo. Ella lo deja por Eduard, un colega, compañero de universidad, donde estos hacían clases.
Se abandona: “Un hombre solo que camina mirando el suelo. Eso era yo. Esperaba la noche para olvidar los días y las horas” (p. 15).
Sobreviene, tiempo después, el terremoto de 2010 en nuestro país y, en esas circunstancias, decide venir a Chile para colaborar con la reconstrucción de Concepción, del puerto de Talcahuano, y donde pudiera ayudar.
“Desgracia tras desgracia, pensé, ya nada puede ser peor. Nuestra casa en el Cerro Alegre de Valparaíso, ¿estaría en pie?” (p. 23).
Algo ocurrirá acá, en su retorno luego de casi una vida. Al visitar la casa donde había vivido hasta su adolescencia, se encontrará con Violeta, la vecina de entonces, la joven de aquellos tiempos. Se reencuentran 37 años después. Regresará a Barcelona y volverá a Chile. Hasta aquí se puede contar, lo que sigue constituye el eje, la esencia, el sustrato de la historia. De ahí en adelante, el lector y sus propias emociones. 37 años después. Y cuarenta y cinco escalones.
El protagonista simplemente narra. La prosa, escueta, con lo estrictamente necesario para ponernos en antecedentes de los hechos, directa, todo sucede sin grandes preámbulos, sin detenerse en digresiones, en efectos literarios, como sin querer notarse y que solo exista el relato del melancólico protagonista; porque allí está la humanidad, la complejidad, el dolor, la belleza, el abigarrado acontecer de la vida misma.
A mí me emocionó. Creo que lo hará, también, sobre todo a quienes sean sensibles todavía al romanticismo, hayan alcanzado unos cuantos lustros y a quienes se atrevan a sumergirse en los personajes y en su verdad. Como lector, cuando uno siente que hay notas disonantes, falsas, pierde el interés por la lectura, y si una obra mantiene, en la ficción, la total y reconocible verdad del arte, de lo permanente, de lo que es fuego y belleza, eso conmueve, nos lleva a pulsar las cuerdas más afinadas y profundas de nosotros mismos.
Por cierto que hay otros personajes muy importantes en esta historia: Vicente, Elena, Javier, el médico Gastón, David, amigo de Pablo, Julián en Cataluña, quienes con su presencia determinarán derroteros en la trama. El título, un acierto aun cuando no lo pudiera asociar con ninguna historia antes de leer, pero sí justificado:
“Subí los cuarenta y cinco escalones de la casa de Violeta, con la dificultad inevitable de los años…” (pp. 127-128).
“No te has ido, nunca te fuiste, ¿no es cierto?” (p. 156), dice en algún momento Violeta, y el círculo se va cerrando, 37 años parecieran irse difuminando, pero la vida tampoco olvida: no borra el tiempo transcurrido.
Cada cual con su lectura; para mí, un libro conmovedor y bello. De amor y madurez. Difícilmente el autor podrá escribir otro como este. O quizás, cuando pasen otros 37 años entre dos vidas que se reencuentran, y haya cuarenta y cinco escalones o más que volver a subir en Valparaíso, Barcelona o en cualquier parte donde el amor siga existiendo.
“Sabía que te iba a gustar. A mí me emocionó”, se podría decir o escuchar cuando ya conocemos el paso del tiempo y acaso, también, de lo que permanece. Y mientras la vida continúe con su mágico, misterioso e insondable tejido del que somos parte.
Ficha técnica:
Juan Pablo Díaz Saenger, Editorial Forja, Santiago de Chile, noviembre de 2025, 162 págs.
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