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Cuando el cuerpo se convierte en una opinión Yo opino Créditos: El Mostrador.

Cuando el cuerpo se convierte en una opinión

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Teresa Velastín Bastías
Por : Teresa Velastín Bastías Especialista en temas de Participación Social y Ciudadanía
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Hay opiniones que parecen inocentes hasta que reparamos en quién las emite, cuántas personas las escuchan y sobre qué recaen.

Por eso son preocupantes los comentarios de Axel Kaiser sobre el peso y los cuerpos. No porque alguien no pueda tener preferencias estéticas, sino porque el mismo comentario no pesa lo mismo dicho en una sobremesa que dicho ante cientos de miles de personas. Cuando alguien con esa audiencia establece públicamente qué cuerpo es deseable, disciplinado o correcto, su opinión deja de ser personal: empieza a funcionar como estándar. Y todo estándar impone una obligación a quienes no lo cumplen.

Conviene detenerse ahí, porque es el punto que solemos pasar por alto. Una cosa es tener derecho a opinar y otra distinta es tener el poder de instalar una opinión. Ese poder no se reparte de manera equitativa: quien dispone de una tribuna habla sin que nadie lo contradiga con el mismo alcance. No hay réplica del mismo tamaño. Y esa asimetría no es un detalle técnico de las redes sociales; es exactamente lo que convierte una impresión particular en un parámetro colectivo.

Kaiser no es nutricionista ni médico, es un abogado. Sus juicios sobre alimentación, tamaño y forma de los cuerpos no provienen de un saber especializado, y eso importa por una razón que va más allá de las credenciales. La autoridad que alguien construye en un campo —la economía, la política, las ideas— no se queda quieta ahí: se traslada. El público rara vez cambia de registro cuando el mismo rostro pasa de hablar de mercados a hablar de cuerpos. Sigue escuchando con la misma confianza, aunque en el segundo terreno esa confianza no esté respaldada por ningún conocimiento real.

A eso se suma una diferencia de forma. Quien sí sabe suele hablar con matices, con evidencia y con la incomodidad de reconocer lo que aún no está claro. Quien opina desde afuera puede permitirse la certeza. Y la certeza es más contagiosa, más citable, más apta para un titular o un video breve. Así, el discurso menos calificado termina siendo el que más circula.

Hay además una asimetría de responsabilidad que rara vez se nombra. Un profesional de la salud que da un mal consejo responde ante un colegio, un código de ética, una eventual demanda. Quien difunde ese mismo consejo desde una plataforma masiva no responde ante nadie: tiene el alcance de un especialista, sin ninguna de sus obligaciones. Ese desbalance es, precisamente, lo que vuelve exigible una responsabilidad que no es legal sino pública.

Porque el problema comienza cuando una preferencia personal se presenta como una verdad sobre cómo deberíamos vernos. Y hoy vivimos otra vez bajo una presión intensa por la delgadez: se nos dice cuánto deberíamos pesar, qué talla usar, cuánto comer y hasta qué medicamentos tomar para acercarnos a un ideal. Pero los estándares de belleza nunca han sido permanentes. Basta mirar la historia del arte para comprobarlo: los cuerpos deseables del Renacimiento no son los que hoy circulan en las redes sociales ni en la publicidad. El cuerpo no cambió. Cambió la mirada sobre él.

Y esa mirada nunca ha sido pareja. El escrutinio corporal no se reparte por igual: recae con mucha más fuerza sobre las mujeres, a quienes se enseña desde temprano que el cuerpo es una carta de presentación, algo que se administra, se corrige y se somete a evaluación permanente. Las cifras chilenas lo confirman. Un estudio en más de mil escolares de Concepción encontró que un 21,8% de las adolescentes presentaba riesgo de trastorno de la conducta alimentaria, frente a un 6,6% de los adolescentes hombres: más del triple. En la Universidad Católica advierten, además, que las consultas por posibles trastornos alimentarios aumentaron cerca de un 30% tras la pandemia.

La discriminación sigue el mismo patrón. Una investigación de la Universidad de Playa Ancha con estudiantes universitarios chilenos mostró que un 26,7% había vivido estigmatización por su peso: 29,5% entre las mujeres y 13,3% entre los hombres. Entre quienes viven con obesidad, la cifra subió al 68%. Y el hallazgo más incómodo es este: quienes sufrieron ese estigma tenían alrededor de cuatro veces más probabilidad de percibir mal su salud física y psicológica. No era el peso. Era el juicio sobre el peso.

Hay una paradoja adicional. En Chile la obesidad afecta a cerca de un tercio de la población adulta y es más frecuente entre las mujeres y en los sectores más pobres. La misma sociedad que exige delgadez como signo de virtud produce las condiciones —trabajo precario, tiempo escaso, alimentos baratos y ultraprocesados, cuidados no remunerados que recaen mayoritariamente sobre mujeres— que la vuelven inalcanzable para muchas. Y después les cobra la cuenta como si se tratara de un fracaso individual.

Por otra parte, mientras Alex Kaiser da catedra sin ninguna base educacional sobre tallas corporales, millones de personas no tienen garantizado algo tan básico como comer. Según la FAO, en 2024 alrededor de 673 millones de personas padecieron hambre y cerca de 2.300 millones vivieron inseguridad alimentaria moderada o grave. Resulta extraño que la comida se transforme, para quienes sí tienen acceso a ella, en algo que debe restringirse para alcanzar un ideal estético.

Por supuesto que hay que hablar de alimentación saludable, de obesidad, de enfermedades, de actividad física y de tratamientos médicos, incluidos los fármacos que pueden ser herramientas legítimas para determinadas personas. Pero una cosa es tratar una condición de salud y otra muy distinta es convertir la delgadez en una obligación social.

Porque la presión estética también enferma. La anorexia, la bulimia y otros trastornos de la conducta alimentaria no son una moda ni una exageración: son enfermedades graves, con una de las mortalidades más altas entre los trastornos de salud mental, y se instalan sobre todo en la adolescencia y sobre todo en mujeres jóvenes a quienes se les enseñó que su cuerpo debía corregirse para ser aceptado.

Por eso hay que ser cuidadoso con las palabras. Quien tiene miles de seguidores y son referentes políticos no puede ignorar que lo que dice tiene consecuencias. Una adolescente puede escuchar un comentario sobre el peso y no recibirlo como una opinión, sino como una instrucción: que comer menos la hará más valiosa, que adelgazar la hará más querida, que su cuerpo, tal como es, está mal.

La libertad de expresión permite opinar, desde luego. Pero no convierte una preferencia estética en conocimiento científico, ni una impresión personal en una verdad sobre la salud, ni el tamaño de una audiencia en competencia sobre un tema. Ahí está el límite que deberíamos discutir. No se trata de censurar a nadie: se trata de reconocer que quien recibe el privilegio de ser escuchado por una gran audiencia contrae, junto con ese privilegio, el deber mínimo de distinguir cuándo habla desde lo que sabe y cuándo habla desde lo que simplemente prefiere. Decir “es solo mi opinión” cuando se cuenta con una plataforma masiva no es humildad: es quedarse con el alcance y devolver la responsabilidad.

El cuerpo no debería ser un territorio de juicio permanente. No tenemos que demostrar cuánto podemos privarnos para ser considerados disciplinados. No tenemos que enfermar para ser considerados bellos. Y ninguna talla debería presentarse como medida de nuestro valor.

La comida es una necesidad humana. La delgadez, no.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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