Yo opino
Créditos: Cedida.
Maldita obediencia ciega
En el marco del lanzamiento y gira de Maldita, el nuevo disco de Francisca Valenzuela, las redes sociales se han transformado en un espejo incómodo. Tras la popularidad alcanzada por el álbum, la discusión pública escaló rápidamente a una disputa digital. Muchas voces, paradójicamente femeninas, han volcado críticas severas hacia la propuesta de la cantautora nacional. Sin embargo, estas opiniones se quedan en ataques superficiales que no están a la altura de la crítica social que el disco expone. Valenzuela cuestiona directamente el rol tradicional de maternar, desnudándolo como una construcción social rígida que castiga, juzga y rechaza a quien se atreva a salirse del estándar. El miedo a ese juicio histórico nos ha llevado a silenciarnos y a asumir identidades incómodas. Hoy, la resistencia a este álbum demuestra que el temor social sigue siendo tan grande como el grito silencioso que miles de mujeres se guardaron por generaciones.
La historia nos muestra que la invalidación de la mujer no es un fenómeno nuevo, sino un engranaje sistémico. Resulta doloroso ver cómo hoy muchas mujeres desprecian los movimientos feministas, sin comprender que la rebeldía ha sido el único paso posible para visibilizar un problema real: el patriarcado y la dominación de la soberanía femenina. Gracias a esa resistencia histórica hemos ido recuperando poder. Sin embargo, la estructura social nos ha encadenado de tal modo que, a menudo, somos nosotras mismas quienes aceptamos ponernos los grilletes. El sistema nos ha adiestrado para complacer, para mostrarnos educadas, sumisas y obedientes. Salirse de ese molde del “deber ser” implica un costo altísimo. Cuando una mujer decide reclamar su autonomía y alzar la voz, el castigo social es inmediato y predecible: el linchamiento público a través de los viejos adjetivos de control, llamándonos “locas”, “putas” o “brujas” según sea el caso.
El arte de Francisca Valenzuela nunca ha sido complaciente con el sistema. Es un alma que vino a romper estructuras; ya en sus inicios, canciones como “Dulce” dejaban entrever este espíritu indómito. Hoy, con Maldita, nos obliga a visibilizar otra faceta compleja de la experiencia femenina: el maternar. Una labor que, cabe destacar, va más allá del hecho biológico de parir, pues muchas ejercen este rol desde el cuidado y el afecto sin haber dado a luz. Sin embargo, la maternidad tradicional sigue atrapada en una construcción patriarcal que nos limita y nos hiere. Ante esto, gran parte de la sociedad prefiere aceptar la incomodidad del sufrimiento conocido antes que tener la valentía de mirar más allá y romper lo impuesto para escribir una verdad propia. Este álbum es, en el fondo, una invitación a no aceptar lo establecido y a reencontrar el ser auténtico dentro del caos, sin permitir que las cadenas de un condicionamiento obsoleto asfixien nuestra soberanía. El sistema nos quiere dormidas y domesticadas, porque recordemos que la “bruja” no es más que la mujer despierta y sabia que se vuelve peligrosa para el statu quo. Nos entrenaron para competir entre nosotras; la verdadera rebeldía hoy es hacer comunidad, escucharnos, aceptarnos y habitarnos en plena libertad.
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