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Cultura - El Mostrador

Los fetiches de la banalidad del mal

por 20 febrero, 2012

Los fetiches de la banalidad del mal
El periodista Enric González, corresponsal del diario El País en Jerusalén, es el autor de este artículo sobre el criminal nazi Adolf Eichmann, uno de los cerebros del Holocausto que huyó a Argentina, fue secuestrado en los '60 por el Mossad y terminó condenado a muerte y ejecutado en la horca en Jerusalén.
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El hombre que fue juzgado en Jerusalén no se parecía al arrogante Obersturmbannführer de las SS que ejecutó el Holocausto. Dentro de la cabina de cristal blindado, Adolf Eichmann tenía el aspecto de un modesto funcionario. La filósofa Hannah Arendt resumió sus impresiones sobre el juicio en un libro cuyo título hizo fortuna: Eichmann en Jerusalén: Informe sobre la banalidad del mal. Algunos fetiches de esa banalidad se pueden contemplar en una exposición abierta esta semana en Tel Aviv: los objetos personales de Eichmann, la cabina blindada, los informes que permitieron su identificación y su secuestro en Buenos Aires.

Se trata de una muestra muy reducida con un sorprendente éxito de público, lo que hace probable que a partir del 20 de abril se traslade a otros países. El contenido es tan atípico como el patrocinador: el Mossad, servicio de espionaje exterior de Israel, que muestra por primera vez una pequeña parte de sus archivos y almacenes. El comisario solo puede ser identificado por su nombre de pila, Avner, dado que se trata de un agente en activo y en el Mossad solo se conoce la identidad de su máximo jefe.

Adolf Eichmann (Solingen, 1906) solía decir que ingresó en las SS “para hacer carrera”. Y la hizo. En los años 30 se encargó de negociar con dirigentes sionistas un plan para la deportación masiva a Palestina de los judíos alemanes. El plan no llegó a aplicarse. En 1942, Adolf Hitler y el jefe de las SS, Reinhard Heydrich, confiaron al metódico Eichmann la compleja logística de la Solución final a la cuestión judía.

Tras la caída del nazismo, Eichmann logró pasar desapercibido. En 1950 viajó a Italia con un nombre falso, Riccardo Klement, y gracias a sus contactos con la jerarquía católica obtuvo un pasaporte de la Cruz Roja, el cual le permitió trasladarse a Argentina. Allí se reunió con su familia y ejerció diversos empleos, bajo la protección tácita de la CIA estadounidense y del Gobierno alemán: conocían su falsa identidad, pero no deseaban que se le detuviera porque Eichmann podría hablar de sus antiguos compañeros nazis integrados en la administración de Konrad Adenauer.

Vivió tranquilo hasta que uno de sus hijos, Klaus, se enamoró de una joven llamada Sylvia, hija de un judío que había sobrevivido al campo de Dachau. Sylvia identificó a Klement como Eichmann y la noticia llegó al Mossad, que organizó su secuestro.

Una decena de agentes israelíes introdujeron en Argentina, dentro de simples maletas, una gran cantidad de material. El 11 de mayo de 1960, cuando volvía en autobús de su trabajo en una factoría de Mercedes Benz, los agentes le inmovilizaron y le introdujeron en un coche. Nueve días más tarde lo sacaron del país fuertemente drogado y vestido con un uniforme de piloto, haciéndolo pasar por un empleado de El Al. Con los controles aeroportuarios de hoy, la operación habría sido imposible.

En la muestra de Tel Aviv se exhiben la jeringuilla con la que Eichmann era mantenido bajo sedación, los objetos que llevaba encima en su último día de libertad (una pitillera, unas llaves, un cortaplumas, un peine), el taburete y la cabina que ocupó durante el juicio. También se exhiben los informes del Mosad, con algún detalle novedoso: se identificó oficialmente a Eichmann por sus orejas.

Eichmann fue juzgado en Jerusalén y condenado a muerte. Se le ahorcó, se le incineró y sus cenizas fueron esparcidas en mar abierto. Hasta el juicio de Eichmann, Israel había vivido de espaldas al Holocausto y los supervivientes eran tratados con displicencia. A partir del juicio, el Holocausto fue convertido en el fundamento moral de la legitimidad de Israel.

* Por Enric González, diario El País.

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