El filme de Michaël R. Roskam acaba de ganar el premio al Mejor Guión en San Sebastián
Crítica de cine: “La entrega”, las luces oscuras de la ciudad
Un thriller de otra categoría es este título del realizador belga que se hizo famoso hace tres temporadas por su ópera prima, la recordada “Bullhead” (2011). Ahora, e inspirado en un relato corto y en un libreto del escritor policial estadounidense Dennis Lehane (el autor de la novela “Río místico”), el director continúa en su afán de retratar la inmensa marginalidad afectiva y emocional de los miembros del hampa criminal, al interior de una moderna urbe occidental.
“La luz verde, el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros. Se nos escapa ahora, pero no importa, mañana correremos más, alargaremos más los brazos y llegarán más lejos… Y una buena mañana… Así seguimos, golpeándonos, barcas contracorriente, devueltos sin cesar al pasado”.
Francis Scott Fitzgerald, en El gran Gatsby
Un largometraje duro, fuerte y hermoso, con un guión sobresaliente y una idea cinematográfica llena de matices estéticos y de variaciones artísticas. Y una ciudad de Nueva York, fotografiada por un lente que trasluce la totalidad de sus vértebras criminales y mafiosas: no se trata de contar una vulgar novela de pandilleros, sino que de pasar las secuencias de una historia de clanes chechenos, establecidos con sus radicales actividades delictivas, alrededor de la Gran Manzana.
Donde pese a la violencia, y a la impunidad con que se cometen una innumerable clase de ilícitos y ejecuciones por encargo, también pueden surgir el amor, la ternura hacia un perrito, y la luz del amanecer que irradia y limpia el horizonte.
Eso, lo descrito y todavía más, es La entrega (The Drop, 2014), la segunda obra del director belga Michaël R. Roskam (1972), conocido en el ruedo de los festivales internacionales por su cinta Bullhead (2011), la que compitió, en su momento, por el Oscar a la Mejor Película Extranjera. Ese éxito, le permitió al realizador nacido en la peueña Sint-Truiden, ser cooptado por los grandes estudios como la Fox Searchlight Pictures, con cuyo auspicio y financiamiento, grabó el filme que ahora comentamos.
La primera fortaleza audiovisual de este título, sin embargo, se desprende del extraordinario nivel literario de su libreto. Una característica que fue estimulada en el reciente Festival de San Sebastián, desarrollado a fines del pasado mes de septiembre, y en donde el jurado le entregó el primer galardón de la categoría al autor del texto, el escritor norteamericano de novelas policiales, Dennis Lehane (el festejado cerebro detrás de la ficción que dio vida a la formidable película de Clint Eastwood, Río místico, 2003).
En efecto, en cada cuadro, en cada diálogo de La entrega, subyace la exposición de un tópico dramático que reverbera por su calidad argumental, luego, por la perfección en el detalle de su continuidad narrativa, y finalmente, en el hecho de que una historia de múltiples vertientes y personajes, concluya en un desenlace inesperado y pleno de resonancias discursivas y simbólicas.
Y esa exquisita fundamentación literaria, que insistimos, es producto de la pluma de uno de los mayores cultivadores de la novela negra en la actualidad, tiene su manifestación cinematográfica, en una reflexión audiovisual que sitúa a su director, con sólo dos largometrajes a sus espaldas, en uno de los mejores realizadores de su generación. Su primer gran logro resulta de esa imagen que compone de la ciudad de Nueva York, siendo un extranjero europeo y miembro de una cultura tan crítica a la esfera de lo “american way”, como lo son las comunidades de origen francófono.
En La entrega, así, emerge una cosmópolis casi de suburbio, por lo menos en su escenificación plástica primordial. Y a través de una técnica de planos primerísimos y medios, de un encuadre “cerrado” para recortar la realidad, Michaël R. Roskam enuncia un lenguaje estético en donde priman una luminosidad sombría, y la referencia a un espacio urbano teñido por la desazón, la angustia, el reino de la ley del más fuerte, y la más radical de las soledades para los personajes del plató: cada uno de ellos, debe mostrarse obligadamente, en una imagen distinta de lo que son en verdad y diferente de la actividad a la que se dedican, en su corrupta cotidianidad.
Esa simbiosis entre los motivos estrictamente audiovisuales de la cinta y su sintonía con la construcción dramática de los protagonistas, constituyen un factor propio y de altura artística, que aquí recuerda a otras piezas maestras filmadas en la llamada “Capital del Mundo”. Pues describimos a una obra, que en su realización se compara con esas calles inventadas por Martin Scorsese, por Francis Ford Coppola y por Spike Lee (al creador de La hora 25, 2002). Acompañada de una luz, y de una “sensación ambiental”, que apela en sus paradigmas a los mejores thriller de Orson Welles: a Touch of Evil (1958) y a The Stranger (1946).
Quizás, en esos rasgos fílmicos, se sostenga la seducción estética de La entrega, en que fue rodada por un director europeo que resuelve cinematográficamente sus películas, en la mejor tradición del séptimo arte norteamericano de culto. Y en esas cuantificaciones, Michaël R. Roskam traza un Nueva York espectral, uno que se asemeja a la metrópolis que Sidney Lumet registra en Before the Devil Knows You’re Dead (2007) y al Londres que enfocó David Cronenberg, para sus Promesas del este (2007), también éste, un film-noir inspirado en el actuar de mafias rusas y chechenas, al interior de una civilizada y decorosa ciudad occidental.
Las superlativas actuaciones de Tom Hardy (Bob), de Noomi Rapace (Nadia) y del desaparecido James Gandolfini (Cousin Marv), completan el abanico de posibilidades artísticas de esta cinta. Unos ramales audiovisuales donde, entre tanta cámara que apuesta por el agobio y la asfixia existencialista, la precariedad material, el desamor, la más absoluta de las orfandades, la vulnerabilidad del individuo sin redes sociales de ningún tipo, frente a la matonería de las asociaciones ilícitas como regla, grupos armados y organizados hasta los dientes, su director termina por inclinarse ante la esperanza, ante la eventualidad del encuentro humano, dentro de la urbe proscrita y maldita.
Aunque la miseria, las bajezas humanas, las traiciones, el crimen, el homicidio y el asesinato, superen al imperio de los códigos legales, siempre, por una rendija minúscula, se cuela una luz de esperanza: la de abrazar un perrito, en metáfora del único cariño que tenemos a nuestro alcance, y la ilusión del amor erótico, de la mano de otra integrante de la amplia membresía del club de los desafortunados.
Entonces, Michaël R. Roskam abre el foco de su lente, el plano primero deviene en uno general, y aunque el ángulo permanezca cerrado, la luminosidad del sol matutino abarca e inunda el campo visual, se siente toda la luz del amanecer, la señal inequívoca de la esperanza.
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