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Cultura - El Mostrador

Crítica de cine: “En la gama de los grises”, días de nubosidad variable

por 11 noviembre, 2015

La película dirigida por Claudio Marcone es un provocativo título audiovisual y de reflexión en torno a Santiago: la crisis existencial de Bruno, se entrelaza con el “aura” de conocidas postales urbanas del Centro de la ciudad, y con el flujo constante y barroso, de las aguas del río Mapocho. A las buenas actuaciones de Francisco Celhay y de Emilio Edwards, se le agrega un guión que sin ser fenomenal, evita caer en el cliché o en los lugares comunes, para tratar el tópico de la homosexualidad.
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“No creo que me haya equivocado al retener mis secretos durante tantos años, y no creo que me equivoque al contarlos ahora. Las circunstancias han cambiado y, en consecuencia, yo también he cambiado de opinión”.

Paul Auster, en El libro de las ilusiones.

El Santiago inventado por las secuencias de Claudio Marcone es, por decirlo en una palabra, atractivo: Providencia que se une con el barrio Lastarria, la cima del cerro Santa Lucía, y el casco histórico del poniente. Bruno (interpretado por Francisco Celhay), pedalea sobre su bicicleta, y lo sigue Fer (encarnado por Emilio Edwards). La cámara se concentra en el movimiento de las piernas de los actores, y en el consiguiente desplazamiento de las ruedas sobre el asfalto. El travelling no sólo manifiesta ese transcurrir de la vida cotidiana, sino que también la luz de una ciudad amable, de valle, y cercana al agua (que se siente, que se intuye cercana).

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Porque uno de los tópicos audiovisuales de En la gama de los grises (2015), deviene de la acción que transcurre al interior del espacio cinematográfico y ficticio, ya sea el de los personajes que caminan, el de los vehículos a tracción o motorizados, encima de las calles y avenidas, o el líquido perenne del Mapocho, que atraviesa la urbe, desde antes que existiera Santiago.

Hay que detenerse en esa fijación artística por capturar la esencia del movimiento en la ciudad, exhibida por la dirección de Marcone. No es que se trate del gran acierto creativo de la película (el guión y las actuaciones son buenas, pese a la aparición de algunos personajes para nada creíbles o mal desarrollados en su caracterización), ni que aquél sea tampoco el único aspecto relevante de la pieza; pero en un cine local poco generoso con una posible personificación escénica de Santiago, la intención concluye por calificarse como “completa” y aplaudible.

El montaje, en esa línea de análisis, se perfila ante ciertas incongruencias narrativas: Bruno (arquitecto) y Fer (historiador), se trasladan a toda velocidad por Monjitas, hacia la Plaza de Armas, y una secuencia después, irrumpen, sin interludio, parados en la cima del cerro Santa Lucía… Pero salvo esos pequeños detalles, el pensamiento audiovisual de En la gama de los grises, se perfila como el de una cinta exótica en la industria nacional. Y este comentario va mucho más allá del argumento que inspira a la trama.

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La meditación fílmica en torno a la ciudad de Santiago, aparte de constituirse como inédita en el trabajo reciente de los realizadores chilenos, se encuentra “armada” de una forma calculada e inteligente: habitaciones cerradas, aunque ubicables en el contexto de la metrópolis, Providencia antiguo (la plaza Bernarda Morín, cerca del Hospital de El Salvador), el puente de la Franja del NO (detrás del Café Literario del Parque Balmaceda), las afueras de la ex embajada de los Estados Unidos, un colorido cité, ubicado entre Matucana y la Panamericana, y los alrededores del Mercado Central y de la Estación Mapocho.

Aquella opción estratégica (descartando la imprecisión de continuidad mencionada en las líneas anteriores) responde al fortalecimiento de un imaginario citadino dibujado en base a rincones, a destreza narrativa (literaria y de montaje), y a la convicción de que Santiago es única, y que pese a la opinión contraria de muchos, posee alma, y una escenografía que se confunde con la emocionalidad y los estados anímicos de sus habitantes.

En efecto, la capital de Chile emerge como el único interlocutor válido de Bruno y de Fer, en la soledad e incomunicación que les oprime antes del encuentro amistoso y sentimental, que luego estelarizan. Por eso, más que una película acerca de la homosexualidad, me inclino por pensar en la presente obra, como un título sobre la orfandad afectiva, que se detiene en el aislamiento (cuando supuestamente los hombres se ubican en la plenitud de su existencia), y en el amor vivido en una ciudad moderna y arcaica, a la vez, con sitios eriazos y basurales al lado de espectaculares autopistas, y de pretenciosos conjuntos levantados en un estilo parisino y europeo.

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Asimismo, Marcone, le rinde un homenaje a ese Santiago construido precariamente, pero con estilo, y hasta, permítanme la expresión, “buen gusto” (en el uso que el sociólogo francés Pierre Bourdieu, le entregaba al calificativo).

La construcción escénica de la ciudad, se complementa, dialoga, y acoge con ternura, a Bruno y a Fer, los “abraza”. El primero, se ha separado de su mujer (interpretada por la actriz Daniela Ramírez), y en apariencia no sabe cómo conducir sus días desde ese instante en adelante: entremedio, surge el vínculo con el licenciado en Historia, y juntos, emprenden un camino sorpresivo e inaudito, para ambos.

Bajo esos parámetros de dramaticidad, el libreto (redactado por Rodrigo Norero), une a esos dos varones exitosos y confundidos, en una relación lejana de ciertos clichés que se podrían tener, en torno al lazo erótico, que nace entre dos hombres: se acercan, se alejan y se quieren, sin apellidos, a secas.

La ópera prima de Claudio Marcone establece su bandera argumental en la frontera que amarra a los seres humanos, más allá de su sexualidad; pues la trama de esta cinta expresa la complejidad del amor en estado puro, o en su punto de ebullición, y sus silencios, el anonimato de sus protagonistas en la populosidad del Centro de Santiago, las elecciones lumínicas de la fotografía (que azuzan la nostalgia y la esperanza), y los planos y los ángulos dispuestos por el equipo de producción, instalan, especialmente a Bruno (en latente confrontación identitaria y existencial consigo mismo), en una simbiosis y en una comunión: una imagen es una emoción, una secuencia, un avance o un retroceso audiovisual, en esa búsqueda y persecución de sentido humano, y también artístico.

Por lo general, en el inventario de los archivos fílmicos chilenos, propios de la ficción, la principal ciudad del país, se dibuja a la manera de un zombie: sin pasión, oscura, degradada, convertida en un campo de batalla gris, y reemplazable por cualquier otro enclave social, político y económico. Se agradece, entonces, a Claudio Marcone esta firma y este sello de agua, en su primera y madura película: la fundación de un Santiago cinematográfico (con el Mapocho como un elemento de régie amistoso), alzado en telón de fondo de una incompleta y paradigmática historia de amor.

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