Felipe Reyes, escritor, y su último libro: “Quería hablar de la tremenda fractura que hemos vivido como sociedad”
Acaba de publicar su novela “Corte” (Editorial Calabaza del Diablo), una novela que usa la pelea entre dos choros de población como excusa para hablar de ese mundo, y que estuvo entre los más destacado que publicaron las editorial independientes en 2015. “En este caso quise poner la mirada en seres despolitizados, y cómo se vive y se siente esa brutalidad del poder desde ahí”, señala.
La pelea de dos “choros” en la cancha de una población un día de verano, una disputa atravesada de flashbacks que se extiende a lo largo de las 88 páginas de la novela “Corte” (Editorial Calabaza del Diablo), es la excusa del escritor Felipe Reyes (Santiago, 1977) para hablar de un mundo que suele estar ausente en el panorama literario nacional.
“La idea surge a partir de mi majadera obsesión o preocupación por ciertos temas políticos del momento que me toca vivir como sujeto: la falta de oportunidades para un sector importante de la población, la explotación y precariedad laboral, la privación de ciertos derechos básicos”, explica el autor. “Temas dolorosos pero, como decía Manuel Rojas, poder contarlos con poesía”.
“Corte” fue una de las obras más destacadas de un ranking de las editoriales independientes para 2015.
Influencias literarias
“El resplandor de acero galvanizado brilló como nunca y golpeó las pupilas del Toño inundándolas, llenándolas de un britllo potente, cegador: era un cuchillo distinto, quizá nuevo”. Así comienza esta novela de largos párrafos, precedida de una cita de Carlos Droguett y otra de Alberto Romero.
El autor reconoce la influencia del primero –confiesa releer siempre obras suyas como “Eloy”, “Patas de Perro” o “Los Asesinados del Seguro Obrero” – y describe sus libros como “penetrantes, con un mecanismo narrativo impresionante, son bombas de relojería”.
De hecho el libro está lleno de guiños a esos textos: desde el epígrafe al nombre de algunos personajes o el intento de una forma de contar, una mirada, señala Reyes. “Y no sólo de los libros de Droguett, también hay frases de Nicomedes Guzmán, imágenes de Méndez Carrasco, Alberto Romero, hechos leídos en la prensa policial y hasta una canción de Quelentaro que sonaba en mi casa de infancia”.
“Algunos segundos antes ya había fijado su mirada en esa arma blanca oprimida por el Lalo, en esa inmensa palma morena, fuerte, de gruesos dedos de uñas mínimas, sin comprender en ese momento que se trataba de una hoja tan grande, tan brillantes y con tanto filo”, prosigue su libro.
Fractura social
“Toño” y “Lalo”, los dos protagonistas de esta obra, son pobres, han sufrido el abandono familiar, han sido delincuentes, víctimas y actores de la “tremenda” fractura que, en palabras del autor, hemos vivido en las últimas cuatro décadas en nuestra sociedad.
Para el autor, las historias de “Toño” y “Lalo” reflejan esa fractura mayor, esa herida nacional que empuja u obliga a muchos a tomar un camino trazado de antemano por el solo hecho de pertenecer a un sector determinado; y la pelea a cuchillo que cruza toda la novela busca reflejar dos mundos en conflicto.
“Esos hijos de un mismo origen, pero con lógicas diferentes, que tratan de entender cómo llegaron ahí. Como un zoom a una micro historia que no es más que la urdimbre de un tejido mayor, y con una idea de estilo que pretende – humildemente – abarcarlo todo de una sola vez”, explica.
“Me interesaba el contexto, este Chile actual contradictorio, cruel… Pero también las sensaciones, vivir en la violencia, ¿cómo es agarrarse a tajos, qué se siente? Yo no lo sé… Pero sin apelar al recurso de ‘los buenos y malos’, sino entender cómo y por qué están ahí, con ternura, sin juzgar a los personajes”.
Pasado poblacional
Pero para Reyes también había una pregunta de fondo: “¿Cómo hablar de las consecuencias de la dictadura, de la política de shock y la facilidad con la que los gobiernos ‘democráticos’ avanzaron en la misma dirección neoliberal sin recurrir a los mismos tópicos de siempre, a los mismos clichés, a lo obvio? En este caso quise poner la mirada en seres despolitizados, y cómo se vive y se siente esa brutalidad del poder desde ahí”.
Reyes, en parte, sabe de lo que habla. Él mismo creció en una población, una población “de los ochenta combativa, colaborativa, pero sin los índices de violencia que vemos hoy. Sin pistolas ni pasta base ni ‘paraguayos’”, aclara.
“Barrios como pueblos en los que toda la gente se conoce por generaciones y uno jugaba en la calle con los tres o cuatro primos y hermanos que vivían en la misma casa”, relata.
Por eso sabe relatar con naturalidad ciertas situaciones o escenarios poblacionales como la típica cancha de tierra como espacio de encuentro – de día y de noche – y disputa, el auxilio de los vecinos, abrir el grifo de la esquina o bañarse en un canal.
Esas vivencias le dieron las armas para no sonar falso en su libro. Reyes trató de ser cuidadoso con el lenguaje y las escenas descritas, de “no abusar de las chuchadas, la caricatura y los lugares comunes como a veces vemos en la tele o el cine: actores con los dientes blanqueados imitando un fraseo y una actitud que no conocen, o que conocen de pasada por el dealer que les vende cocaína”.
“Y siempre aportando la cuota de comedia, sin su problemática, sus dolores o padecimientos. O sea, los pobres siempre son los ‘chistositos’ de la historia. O estigmatizados por los noticieros o programas como ‘133’ por vivir en tal o cual sector, cuando el 90% por ciento de la gente se desloma todo el día por tres chauchas”.
Como dice el rapero Portavoz: “Que cargan en el lomo el trono de unos pocos todo el puto día”.
Sin duda en este libro hay desencanto. “Y el desencanto para mí es la decepción que nos provoca a muchos ver que nada cambia demasiado”, dice Reyes. “Esta forma de gobierno sin la gente, de espaldas a la gente, que no es más que el marco legal para el abuso, la usura para algunos y el olvido para miles”.