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El fracaso de la estética política hoy

por 26 diciembre, 2018

El fracaso de la estética política hoy
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Una parte del constructivismo ruso consideraba que la última etapa de la participación política, en sus aspectos revolucionarios, era la del arte. Con esta incorporación en el intento de una política revolucionaria se integraría un aspecto importante de la humanidad a la transformación de mundo y de un nuevo humano.

Durante casi toda la segunda mitad del siglo xx, hasta nuestros días, la discusión política del arte ha sido un debate difuso y muchas veces (por no decir la mayoría) puesto como eslogan de modas contemporáneas para intentos de participación social y cultural de urgencia, pero que, sin embargo, la gran mayoría han quedado en la anécdota de un interés contingente momentáneo y sin mayores intentos de repercusión desde una posible investigación de las artes hacia las complejas y diversas tramas económico políticas. En este punto quiero destacar, en forma muy resumida, la hipótesis que he mantenido hace años con respecto a tres mínimas diferenciaciones sobre la juntura arte política: arte y política, arte politizado y arte político. La primera (arte y política), básicamente, es cualquier relación que las artes tengan con un fenómeno o coyuntura política socio cultural. Aquí se genera una integración de las inquietudes o intereses políticos que un artista o colectivo quieran tomar, como posición, con respecto a un problema o una oportunidad; las herramientas de la tradición de las artes se utilizan con este propósito.

La crisis de una esperanza de realización política integral -como se intentó, particularmente, en Europa hasta antes de la segunda mitad del siglo xx- en Chile solo ha sido un anecdotario de intento de integración inter y transdiciplinar tanto en el conocimiento como en la práctica misma de la ejecución del desencanto reflejado en la desobediencia.

La segunda (arte politizado), es más propagandístico, o sea es la ocupación de algunas herramientas y formas estéticas de las artes al servicio específico de una gestión política, esta gestión puede ser de campaña, de blanqueamiento de imagen corporativa, etc.

La tercera (arte político) debería ser la más interesante para las artes vinculadas al término, concepto y práctica política, pues, sin necesariamente desvincular las otras dos opciones, incorpora un sistema de cosas en donde las mismas artes forman lo político, o donde la misma política puede ser considerada como arte. A pesar de muchas diferencias, el ejemplo del constructivismo ruso es una forma de entender esta conjunción. Otra muy interesante se dio a principios de los 80 en Argentina, cuando a un grupo de artistas se le ocurre incorporar el simple ejercicio social de realizar siluetas de sujetos estirados en el suelo, un ejercicio que ha existido antes en las prácticas infantiles o policiales: un cuerpo en el suelo, tendido al cual se le dibuja, en los contornos, la silueta del mismo. La propagación del ejercicio, que podía realizar cualquiera, fue una de las primeras viralizaciones donde él o los autores se invisibilizaban en beneficio del concepto comunitario y social de denuncia sobre los detenidos desaparecidos en Argentina. La abundancia de dibujos de siluetas en el período fue tal que la sensación sobre la desaparición de cuerpos humanos no fue solo una metáfora, sino la muestra misma del ejercicio de la fantasmagoría y angustia de la silueta del cuerpo del delito “inexistente”. Este ejercicio entre las artes y la realidad más cruda ha sido un ejemplo contemporáneo de como la plasticidad del arte es parte constitutiva de la representación simbólica y real de una ausencia ontológica y de un serio problema político en el amplio sentido, pues esto movilizó, cuantitativa y cualitativamente, tal cantidad de personas, donde la inspiración de las Madres de Mayo fue uno de sus reflejos directos.

La inspiración táctica y creativa del último ejemplo que menciono, o de las rupturas de principio de siglo xx no son parte de la forma de entender la realidad política vinculada a las artes hoy en día. Un grupo de personas me puede interpelar a hacer acciones de rechazo con respecto a los problemas serios que afectan la relación empresa y trabajadores en un proceso de tecnificación como lo que está ocurriendo en el puerto de Valparaíso. Los problemas de sobre explotación laboral no son de esta coyuntura, sino de una data centenaria; la aparición de la efectividad sensacional es con la irrupción de la velocidad tecnológica. Pero esto último es algo evidente en lo que se podía ver hace 30 o 40 años, y empeorará a medida que el sistema que vivimos se “perfeccione” técnicamente.

A parte de las distracciones interesantes de la actividad creativa de las manifestaciones estudiantiles desde el 2006 en adelante, estas no dejan de ser anécdotas para desformalizar la marcha tradicional de la protesta. La efectividad artística en lo político no sería tal porque no existe, solo es un recurso plástico de hacer propaganda, o una manera de mostrar, lo más seriamente posible, una posición partidista desde una mínima resistencia, sin cambiar los estilos individualistas estéticos de los y las autoras que manifiestan su protesta. No es una puesta en crisis artística de sus propias maneras de hacer, sino poner en visibilidad esas maneras en favor de una postura política.

La crisis de una esperanza de realización política integral -como se intentó, particularmente, en Europa hasta antes de la segunda mitad del siglo xx- en Chile solo ha sido un anecdotario de intento de integración inter y transdiciplinar tanto en el conocimiento como en la práctica misma de la ejecución del desencanto reflejado en la desobediencia. Esto último no es solo responsabilidad de la pequeña burguerización arribista artística, sino también de las múltiples experiencias educativas precarias de todxs lxs protestantes que terminan su accionar apenas se conceden los beneficios mínimos que se solicitan, como ha sucedido recientemente en las demandas portuarias. La nostalgia rebelde de las artes políticas en quienes me conminaban a actuar en consecuencia con los portuarios se diluye en la paradójica secuencia de la ilusión del accionar político que interpela la propia condición de no poder acceder a los beneficios del capitalismo, y no solo a la precarización del trabajo posfordista; ello ya “terminó”. Entonces, la integración de la creatividad crítica a las demandas estructurales no existen o no pasan de ser una anécdota de reificación donde el turismo político puede apropiarse, fácilmente, de cualquier estética política.



Samuel Toro. Licenciado en Arte. Candidato a Doctor en Estudios Interdisciplinarios sobre Pensamiento, Cultura y Sociedad, UV.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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