CULTURA
Luis Alberto Tamayo, escritor: “La forma como se evalúa la comprensión lectora es una trampa”
Con una carrera que transita entre el aula, los guiones de televisión y el éxito editorial, el autor de “Caballo Loco” reivindica la oralidad y la curiosidad como las únicas llaves maestras del aprendizaje.
La biografía del cuentista Luis Alberto Tamayo está marcada por el azar y una curiosidad inagotable.
Aunque se considera santiaguino, llegó al mundo en San Fernando debido a una urgencia médica. Su madre viajaba desde Linares a Santiago cuando debió hacer una parada imprevista para dar a luz a un bebé de ocho meses de gestación.
Ese nacimiento prematuro lo dejó, durante sus primeros dos días de vida, dependiendo de la solidaridad de las monjas del hospital local, quienes organizaron una colecta para vestirlo, ya que toda su ropa había quedado en la capital.
Tamayo asegura que este vínculo accidental con la ruralidad y sus raíces campesinas ha sido una fuente constante de inspiración y un motor emocional en su obra.
Profesor de educación básica titulado en la Universidad de Chile, inició su carrera docente enfrentando cursos de hasta 45 alumnos en La Florida. Fue allí donde descubrió el poder de la oralidad.
Durante los meses de invierno, cuando la escasa luz ya no permitía leer la pizarra, dejaba de lado los textos escolares y comenzaba a contar historias.
Para él, la verdadera puerta de entrada a la literatura no es la lectura comprensiva, sino la escucha comprensiva. “Se aprende a hablar lenguajeando”, sostiene, destacando la importancia de las conversaciones con los adultos en el desarrollo del lenguaje.
Aunque su contacto con la literatura infantil y juvenil se profundizó en las aulas, su trayectoria literaria había comenzado mucho antes.
A los 18 años ganó un concurso del Arzobispado de Santiago, que publicó su cuento Ya es hora en la revista Hoy. Más tarde participó en un taller dirigido por Antonio Skármeta y escribió la novela breve Caballo loco, campeón del mundo, que ya suma catorce ediciones. Varias de sus obras posteriores también han sido reconocidas.
Entre sus principales galardones destaca el Premio Altazor 2014, obtenido por Un gran gato como mejor libro para niños publicado en 2013.
“Lo más importante en la literatura para niños es invitarlos a vivir la vida, invitarlos a ser felices, invitarlos a ser optimistas, invitarlos a maravillarse con todo, invitarlos a saciar toda la curiosidad del mundo, a ser activos. Fundamentalmente, es una invitación a la maravilla que significa estar vivo. Después, a medida que van creciendo, se darán cuenta de las cosas no tan bonitas que tiene el mundo, de aquellas para las cuales hay que buscar respuestas y esforzarse para encontrar equilibrio. A veces el mundo puede volverse muy agresivo y también hay que advertirles de eso. Creo que la literatura infantil tiene la función de avisar y preparar para entender el mundo“, reflexiona.
“Soy un escritor que escribe para adultos, para jóvenes y para niños”, resume. Su publicación más reciente es Te quiero, te cuento, un volumen que reúne setenta relatos nacidos de su experiencia como docente y cuentacuentos. El libro recoge historias desarrolladas durante quince años de trabajo en un establecimiento educacional, relatos que fueron creciendo y transformándose en el contacto cotidiano con niños y niñas.
Desde esa experiencia también ha desarrollado una mirada crítica sobre la forma en que se evalúa la comprensión lectora en Chile, a la que califica derechamente como una “trampa”.
“En vez de gozar la literatura, transformamos la literatura en una trampa para atrapar al alumno y demostrarle que no sabe, demostrarle que no entendió, demostrarle que es tonto. El niño entendió lo que él quería entender, lo que le hacía falta entender y no lo que el adulto quiere que entienda”.
“Cuando se conversa poco en la familia, existe una carencia de lenguaje. No podemos pedirle a ese niño que tenga una lectura comprensiva adecuada porque parte desde una situación de desventaja, con una falta importante de vocabulario”, sostiene.
El escritor recuerda con ironía que uno de sus cuentos ganadores de Santiago en 100 Palabras fue incorporado a un texto escolar de segundo medio acompañado de preguntas técnicas que ni él mismo habría podido responder.
“Me parece que la forma de evaluar la lectura y la comprensión lectora está equivocada. Si siguen preguntando esa cantidad de tonteras, como decía Nicanor Parra, los profesores se volvieron locos. Esas preguntas no son pertinentes. Hay un tecnicismo que le ha hecho mucho daño a la educación“, afirma.
Tampoco comparte la idea de que los niños hayan dejado de leer.
“Yo creo que los niños sí leen, pero ahora leen mucho desde el teléfono. En todas las épocas ha habido niños que leen mucho, otros que leen poco y algunos que no leen casi nada. La tarea de los adultos no es retarlos, sino estimularlos, leer con ellos, acompañarlos y mostrarles todo el mundo que se descubre en los libros. La literatura es un reflejo de la vida real, pero con una diferencia: en los libros podemos aprender de los errores de los personajes, de los riesgos que tomaron y de sus consecuencias. Nos ayuda a entender mejor cómo enfrentarnos a la vida para no pasarlo mal”, explica.
Neurodivergencia y el motor de la fantasía
Tamayo reconoce que su trayectoria escolar estuvo lejos de ser brillante. Egresó de cuarto medio con un promedio 4,4 y hoy se identifica como una persona con TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), una condición que en su infancia no era diagnosticada, pero que con el tiempo aprendió a convertir en una ventaja creativa.
Mientras los profesores impartían clases de historia, su imaginación quedaba atrapada en detalles mínimos. Una referencia a la espada de Bernardo O’Higgins bastaba para desencadenar en su mente una secuencia de galopes, combates y aventuras mucho más vívida que cualquier lección.
Ese cerebro que, según dice, “no se apaga nunca” lo convirtió en un autodidacta voraz. La necesidad permanente de entender cómo funciona el mundo se transformó en el combustible de sus historias.
Uno de los capítulos más singulares de su carrera ocurrió lejos de los libros: en la televisión. Comenzó escribiendo chistes para humoristas profesionales, hasta que su facilidad para construir diálogos llamó la atención de la producción de la emblemática serie Los Venegas. Allí permaneció durante cinco años y llegó a escribir más de 300 guiones.
“Hacer dialogar a los personajes me cuesta muy poco después de haber hecho dialogar durante tanto tiempo a los actores”, confiesa.
Sin embargo, tras décadas dedicadas a la literatura infantil y juvenil, acaba de publicar el libro que considera una suerte de cierre de ciclo. Después de nueve años de trabajo, reunió setenta cuentos en un volumen que define como su legado para los lectores más jóvenes.
“Creo que no voy a escribir nada más para niños”, asegura. Ahora quiere concentrar su energía creativa en el teatro y en la escritura de una “novela grande”, un desafío que asume consciente de una dificultad que lo ha acompañado toda la vida: “mi capacidad de concentración es muy poca”.
Inscríbete en el Newsletter Cultívate de El Mostrador, súmate a nuestra comunidad para contarte lo más interesante del mundo de la cultura, ciencia y tecnología.