CULTURA
El trazo antes que el diagnóstico: cómo el Art Brut está cambiando la idea del arte
Durante décadas, las obras creadas por personas que vivieron en instituciones psiquiátricas fueron leídas principalmente desde el diagnóstico de sus autores. La exposición “O de Óscar. El trazo que sostiene el mundo”, que se exhibe en el Museo Ovartaci de Dinamarca, propone invertir esa lógica.
Durante buena parte del siglo XX, el Art Brut ocupó un lugar periférico dentro de la historia del arte.
Las obras realizadas por personas alejadas de la formación académica o que desarrollaron su práctica en hospitales psiquiátricos, instituciones de cuidado o espacios de exclusión social fueron observadas, muchas veces, desde la excepcionalidad de sus biografías antes que desde sus aportes estéticos, conceptuales o poéticos.
Esa mirada, sin embargo, hoy comienza a transformarse. Museos, investigadores y curadores impulsan hoy una revisión crítica de aquellas categorías que durante décadas delimitaron quién podía ser reconocido como artista y qué formas de creación merecían ingresar a los relatos oficiales del arte.
En ese debate se inscribe O de Óscar. El trazo que sostiene el mundo, la primera exposición individual internacional del artista chileno Óscar Morales, que hasta el 18 de octubre se presenta en el Museo Ovartaci, en Aarhus, Dinamarca.
Más que celebrar un reconocimiento internacional, la muestra plantea una pregunta que atraviesa silenciosamente todo el recorrido: ¿Qué ocurre cuando una obra deja de ser interpretada a través del diagnóstico de quien la creó y comienza a ser leída desde la complejidad de su propio lenguaje?
Cuando la obra deja de leerse desde el diagnóstico
La respuesta a esas preguntas aparece desde el ingreso a la exposición. El visitante no se encuentra primero con la historia de vida de Morales, sino con dibujos que despliegan un universo donde conviven arquitecturas imaginarias, personajes, números, poemas, máquinas imposibles, escenas cotidianas y escrituras inventadas. Solo después emerge el contexto biográfico del artista, quien desarrolló gran parte de su producción mientras permanecía institucionalizado en el Hospital Psiquiátrico Dr. José Horwitz Barak.
La decisión no responde únicamente a un criterio museográfico. Es, sobre todo, una toma de posición respecto de la manera en que históricamente se han observado estas producciones.
“La curaduría partió de una convicción fundamental: Óscar Morales es, ante todo, un artista”, afirma la curadora Paula Caballería Aguilera. “Nos interesaba evitar una mirada paternalista o exclusivamente clínica. El contexto biográfico se presenta como una información necesaria para comprender algunas de las condiciones desde las cuales emerge su trabajo, pero nunca como una explicación total de este”.
Más que preguntarse qué le ocurrió a Morales, explica, la exposición invita a interrogarse por el mundo que construye a través del dibujo, la escritura y la invención de sistemas propios.
Ese desplazamiento modifica también la forma de aproximarse a su producción. A lo largo de décadas, Morales ha desarrollado una práctica en la que dibujo, poesía, escritura, memoria e imaginación no funcionan como disciplinas independientes, sino como partes de un mismo entramado creativo. Sus cuadernos, libros de artista, poemas manuscritos y grandes composiciones gráficas responden a una misma necesidad de comprender y ordenar el mundo mediante lenguajes propios.
La exposición evita fragmentar ese proceso y propone, en cambio, recorrerlo como una “obra total”, donde cada imagen conduce a una palabra, cada palabra a un número y cada número vuelve a convertirse en dibujo.
Esa idea resulta especialmente significativa porque desplaza la discusión desde la inclusión hacia el reconocimiento artístico. La pregunta deja de ser si una persona con un diagnóstico psiquiátrico puede ocupar un lugar en el museo. La verdadera cuestión pasa a ser otra: ¿Qué sucede cuando esa obra es entendida como una forma de pensamiento capaz de producir conocimiento sobre el mundo?
Caballería sostiene que uno de los aspectos menos explorados por la crítica ha sido precisamente esa dimensión intelectual de la producción de Morales. “Con frecuencia, los artistas vinculados a contextos de salud mental son leídos desde categorías biográficas, terapéuticas o sociales, mientras que se analiza menos la sofisticación de los sistemas de pensamiento que desarrollan”, señala.
Desde esa perspectiva, sus dibujos dejan de ser únicamente imágenes extraordinarias para convertirse en una investigación sostenida durante décadas, donde el arte funciona como una herramienta para comprender la realidad y construir conocimiento mediante la imaginación.
El Art Brut: un campo artístico, no una excepción
La revisión que propone la muestra de Óscar Morales coincide con un momento en que el propio concepto de Art Brut vuelve a ocupar un lugar relevante dentro de la discusión internacional.
Acuñado en la década de 1940 por el artista francés Jean Dubuffet para referirse a producciones realizadas al margen de las academias y de los circuitos tradicionales del arte, el término fue durante mucho tiempo asociado casi exclusivamente a la marginalidad o a la enfermedad mental. Sin embargo, esa definición resulta hoy insuficiente.
Para Paula Caballería, el desafío consiste precisamente en abandonar esa lectura reduccionista. “El Art Brut ha demostrado ser mucho más que una clasificación: es un campo artístico con una estética, una historia y una genealogía propia”, sostiene.
Del mismo modo que el surrealismo o el expresionismo abstracto desarrollaron lenguajes reconocibles y una tradición de artistas, el Art Brut también ha construido una forma particular de aproximarse a la imagen, la escritura, la memoria y la creación de universos simbólicos.
Esa afirmación adquiere especial sentido en el Museo Ovartaci, institución que desde hace décadas ha contribuido a situar estas producciones dentro de la historia del arte danés.
Dedicado al artista Louis Marcussen —conocido como Ovartaci—, el museo se ha transformado en un espacio que cuestiona las categorías con las que tradicionalmente se ha definido qué obras ingresan a las colecciones, quién recibe la condición de artista y qué criterios determinan el valor cultural de una creación.
Su directora, Mia Lejsted Bonde, considera que esa discusión trasciende ampliamente el caso de Morales. “El Museo Ovartaci constituye un espejo crítico para los museos de arte tradicionales”, explica. A través de su colección, agrega, la institución obliga a revisar nociones de normalidad, autoridad y legitimidad que durante décadas dejaron fuera del relato artístico a numerosos creadores. Por ello, el museo procura que la obra ocupe siempre el primer plano. “Rara vez mencionamos diagnósticos en relación con nuestros artistas; en cambio, hablamos de diversidad y de los diferentes recursos humanos”, señala.
Ampliar las fronteras de la historia del arte
La presencia de Morales en ese contexto no responde, entonces, a una política de inclusión entendida como gesto reparador. Su incorporación dialoga con una colección integrada por artistas que desarrollaron lenguajes profundamente personales y que hoy son considerados referencias fundamentales del Art Brut internacional. Desde esa perspectiva, la muestra establece un diálogo entre la producción del artista chileno y la de creadores que, desde distintas épocas y geografías, construyeron sistemas visuales autónomos al margen de las convenciones académicas.
Caballería subraya que ese reconocimiento también implica una transformación para las instituciones latinoamericanas. A su juicio, todavía existe una tendencia a valorar estas producciones principalmente por su dimensión social o terapéutica antes que por su aporte al arte contemporáneo. “Muchas veces se reconoce primero el valor social de estas obras antes que su valor estético, conceptual o cultural”, afirma. El desafío, sostiene, consiste en incorporarlas a museos, colecciones e investigaciones porque amplían nuestra comprensión del arte y no únicamente porque representan una experiencia de inclusión.
En ese sentido, O de Óscar. El trazo que sostiene el mundo no busca demostrar que Morales merece un lugar dentro del arte pese a las circunstancias que marcaron su vida. La apuesta es más profunda: reconocer que su obra constituye un sistema de pensamiento. Sus dibujos no ilustran una biografía ni representan un estado psicológico; elaboran una cosmología propia donde números, palabras, arquitectura, ciencia ficción, recuerdos y figuras angelicales se articulan para producir una forma singular de comprender la realidad.
Quizás por eso la pregunta que deja abierta la exposición trasciende al propio artista. Si durante décadas el mundo del arte definió sus fronteras a partir de criterios académicos, estilísticos o institucionales, obras como la de Óscar Morales obligan a volver sobre una cuestión esencial: no quién puede ingresar al museo, sino cuánto de la experiencia humana ha permanecido fuera de la historia del arte simplemente porque aún no habíamos aprendido a mirarla.