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La poesía material de Smiljan Radic CULTURA|OPINIÓN Crédito: Archivo

La poesía material de Smiljan Radic

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Bruno Campos Cabrera
Por : Bruno Campos Cabrera Estudiante de Filosofía y Ciencia Política de la UC.
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Lo que sus espacios construyen no son únicamente formas habitables, sino experiencias materiales del sueño: una poesía donde la piedra, el acero, el agua, la sombra y la luz recuperan la capacidad de conmovernos y de recordarnos que todavía es posible habitar el mundo de otra manera.


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Hablar de la obra de Smiljan Radic como mera arquitectura parece no solo insuficiente, sino derechamente equivocado. Sus construcciones no comparecen ante nosotros simplemente como edificios destinados a la utilidad práctica, sino como una suerte de poesía material: una poética sustancial donde el sueño encuentra todavía una forma posible de habitar el mundo.

En tiempos dominados por la transparencia corporativa, la circulación eficiente y la producción incesante de objetos útiles, la obra de Radic introduce una interrupción extraña y casi anacrónica. Mientras buena parte de la arquitectura contemporánea parece organizada únicamente en torno al rendimiento, la velocidad y la funcionalidad, sus espacios restituyen algo que la sensibilidad contemporánea parecía haber perdido: la sombra, el silencio, el misterio y la experiencia contemplativa.

El contraste resulta particularmente visible en el paisaje financiero del Costanera Center, diseñado por César Pelli. Ahí, la monumentalidad vidriada y la transparencia técnica parecen orientadas principalmente a la circulación del capital, el trabajo y el consumo. Todo debe ser visible, eficiente, productivo. La arquitectura se vuelve una extensión natural de la lógica económica contemporánea: un gigantesco mecanismo de rendimiento.

Frente a ello, las obras de Radic suspenden momentáneamente esa lógica hiperfuncional del presente. En ellas sobrevive todavía algo de la vieja pasión surrealista de André Breton, Louis Aragon y Paul Éluard: la tentativa de devolverle al mundo su espesor secreto, su potencia onírica, aquella vida oculta que permanece enterrada bajo la superficie rutinaria de las cosas.

Contemplar la arquitectura de Radic se asemeja menos a recorrer un edificio convencional que a ingresar en una zona incierta entre la vigilia y el sueño. Sus espacios producen la sensación de que la materia despierta lentamente y de que los objetos todavía pueden contener formas ocultas de memoria, imaginación y vida. Algo semejante ocurre en el Teatro Regional del Biobío, donde materiales asociados habitualmente a la frialdad corporativa —el vidrio, el metal, las superficies industriales— aparecen reorganizados bajo una sensibilidad completamente distinta, como si aquello que en la ciudad neoliberal funciona únicamente como signo de productividad pudiera todavía abrirse a otra experiencia del mundo.

Pero quizás sea el Vik Winery donde esta dimensión onírica alcanza una de sus expresiones más intensas. Construido mayoritariamente bajo tierra, el viñedo produce desde el inicio una experiencia extraña: descender hacia sus espacios subterráneos genera la sensación de abandonar progresivamente el ritmo acelerado de la superficie para entrar en otra temporalidad, más lenta, más silenciosa y difusa.

La excavación profunda, la penumbra, la temperatura constante de la tierra y la luz natural filtrada a través de paneles translúcidos cubiertos por agua producen una atmósfera difícil de reducir al lenguaje técnico de la arquitectura convencional. Más que imponerse sobre el paisaje, la construcción parece hundirse cuidadosamente en él, como si el edificio intentara volverse parte del terreno antes que dominarlo.

Y es precisamente ahí donde la obra de Radic adquiere una dimensión que excede lo puramente arquitectónico. Durante siglos, gran parte de la tradición occidental pensó la naturaleza como algo que debía ser dominado, explotado u organizado racionalmente. Desde la modernidad cartesiana hasta las formas contemporáneas del urbanismo financiero, el espacio natural ha sido reducido muchas veces a simple recurso disponible para la producción.

Frente a ello, proyectos como Vik Winery ensayan discretamente otra relación posible entre arquitectura y mundo natural. No se trata simplemente de “arquitectura sustentable” en el sentido banal con que hoy suele utilizarse el término, sino de algo más profundo: una reorganización sensible de la relación entre cuerpo, materia, paisaje y percepción.

Quizás por eso la obra de Radic remite inevitablemente a aquello que Walter Benjamin denominó hace casi un siglo una “iluminación profana”: esos momentos en que la experiencia cotidiana se interrumpe brevemente y el mundo parece adquirir nuevamente un espesor desconocido. Sus edificios producen precisamente ese efecto extraño: pequeñas fisuras dentro de una época obsesionada con la transparencia absoluta, el rendimiento y la productividad permanente.

Hablar entonces de edificios, construcciones u obras arquitectónicas al referirnos al trabajo de Smiljan Radic parece insuficiente. Lo que sus espacios construyen no son únicamente formas habitables, sino experiencias materiales del sueño: una poesía donde la piedra, el acero, el agua, la sombra y la luz recuperan la capacidad de conmovernos y de recordarnos que todavía es posible habitar el mundo de otra manera.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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