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La lección del libro ilustrado “Era invierno cuando ocurrió”: “El duelo no consiste en olvidar” CULTURA Crédito: Archivo

La lección del libro ilustrado “Era invierno cuando ocurrió”: “El duelo no consiste en olvidar”

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Mariana Hales Beseler
Por : Mariana Hales Beseler Periodista y Licenciada en Comunicación Social. Desde 2003 ha trabajado en distintas editoriales chilenas y extranjeras como encargada de comunicaciones.
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A través de la historia de un protagonista que enfrenta la muerte de su hermana, la obra invita a reflexionar sobre las emociones difíciles sin ofrecer respuestas cerradas.


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En una cultura que suele entender el duelo como un proceso que debe superarse, Era invierno cuando ocurrió (Pezarbóreo Ediciones, 2026) propone otra mirada: aprender a convivir con la ausencia. El libro ilustrado de Camile Jerez, con textos de Sebastián Castillo, aborda la pérdida, la memoria y los vínculos desde una perspectiva íntima, dirigida especialmente a lectores desde los 12 años, pero abierta a todas las edades.

El libro se inscribe en una corriente de obras ilustradas que han ampliado los temas de la literatura para niños, niñas y adolescentes, incorporando conversaciones sobre salud mental, afectos, muerte y memoria sin recurrir a la simplificación. En ese cruce entre narrativa e ilustración, Jerez, psicólogue e ilustradore, y Castillo, guionista, editor y mediador de lectura, construyen un relato que apuesta por acompañar antes que explicar.

A través de la historia de un protagonista que enfrenta la muerte de su hermana, la obra invita a reflexionar sobre las emociones difíciles sin ofrecer respuestas cerradas. En esta entrevista, Jerez y Castillo hablan sobre el desafío de representar el duelo sin caer en la sensiblería, el papel de la literatura para acompañar experiencias complejas y la importancia de abrir estos temas con niños, niñas y adolescentes.

Crédito: Cedida

En Era invierno cuando ocurrió, el duelo aparece no solo como una experiencia de dolor, sino como una transformación de la memoria y los vínculos. ¿Qué posibilidades ofrece la literatura para representar aquellas experiencias humanas que muchas veces son difíciles de nombrar?

Camile: Siempre he pensado que la literatura, en toda su gama, tiene la capacidad de acercarse a experiencias que muchas veces no pueden explicarse de manera directa. Pienso en los mangas, que hablaban cosas que las novelas juveniles o las series de humanos que leía no tocaban. Y como eso muchas formas de literatura. Hay emociones, como el duelo, que no son lineales ni fáciles de definir; están hechas de recuerdos, expectativas, silencios, contradicciones y pequeños cambios que ocurren con el tiempo.

Creo que la literatura no necesita resolver esas experiencias, sino que puede ofrecer un lugar donde puedan existir. Eso me parece especialmente valioso. Un libro puede acompañar sin dar respuestas, permitiendo que cada lector complete la historia desde su propia experiencia. En ese sentido, la literatura no solo representa aquello que cuesta nombrar, sino que también nos ayuda a encontrar un lenguaje para emociones que muchas veces sentimos en soledad.

Camile Jerez. Crédito: Cedida

El libro dialoga con una tradición de obras ilustradas que abordan temas complejos para públicos jóvenes. ¿Qué lugar crees que ocupa hoy el libro ilustrado como espacio de reflexión sobre la infancia, la adolescencia y las emociones?

Camile: Creo que cada vez entendemos mejor que la infancia y la adolescencia no necesitan ser protegidas de los temas difíciles, sino acompañadas cuando esos temas aparecen. Las niñas, niños y adolescentes también viven pérdidas, cambios, miedos y preguntas profundas. La diferencia es que muchas veces los adultos no encontramos la forma de conversar sobre ellas.

El libro ilustrado ofrece un espacio muy especial porque la imagen y el texto construyen significado juntos. La ilustración no solo acompaña la historia: también permite expresar aquello que las palabras no alcanzan a decir. Eso abre un espacio de interpretación y de diálogo donde cada lector puede encontrar algo distinto según su propia experiencia.

Pienso mucho en la experiencia de la infancia en que una mamá o papá le lee a un niño un libro antes de dormir. Y que a veces esos libros tenían temáticas que eran necesario conversar. Y creo que me gustaría mucho que este libro sirva también para eso. Creo que los libros ilustrados son una invitación a conversar, más que una herramienta para entregar respuestas.

El duelo suele representarse como un momento del que hay que salir o superar, pero el libro propone otra mirada: aprender a convivir con la ausencia. ¿Qué te interesaba aportar a la conversación cultural sobre la pérdida y la memoria?

Camile: Vivimos en una cultura que muchas veces entiende el duelo como algo que debería terminar. Se espera que, después de cierto tiempo, volvamos a ser quienes éramos antes. Sin embargo, creo que las pérdidas importantes nos transforman. No volvemos a la vida anterior; aprendemos a construir una nueva.

Eso era lo que me interesaba aportar con este libro. La idea de que convivir con la ausencia no significa quedarse atrapado en el dolor, sino reconocer que algunos vínculos continúan existiendo de otras maneras: en los recuerdos, en aquello que aprendimos de quienes ya no están, en los gestos cotidianos o en la forma en que seguimos mirando el mundo.

Si el libro logra abrir una conversación más amable sobre el duelo, especialmente con niñas, niños y adolescentes, siento que ya habrá cumplido un propósito importante. Porque hablar de la pérdida también es una forma de hablar del amor y de la memoria.

Sebastián Castillo. Crédito: Cedida

¿Cómo fue construir el equilibrio entre sensibilidad y honestidad narrativa, sin caer en lugares comunes?

Sebastián: Me fue bastante complejo. En primer lugar, porque mi veta escritural viene de años desde la creación de cómics, como guionista. Y en esa labor, me considero lo suficientemente hábil como para lanzarme a realizar guiones desde esa vereda, sin tener que lidiar con las consabidas inseguridades existenciales que se presentan en todo proceso creativo.

Pero en este caso, sentía que estaba entrando en un terreno que no era el mío y que era el de ser “escritor” o “cuentista” si se quiere, y si bien en varios talleres en los que he participado, se ha hablado de no sacralizar ni endiosar la literatura, para mí fue inevitable caer en ese juego mental, por lo que estuve un buen período en el proceso de escritura con ese murmullo interno de ser un impostor, como el síndrome, justamente.

Luego, ya más liberado de todo eso, me propuse que el protagonista tuviera una voz muy simple, sencilla, porque lo sentía como algo que sería más representativo para cualquiera de nosotros como lectores, y ahí inmediatamente surgió el conflicto pues para poder expresar lo que uno siente, mientras más conceptos y más bagaje de palabras, mejor se podrá definir aquello que se siente.

Y si alguien no tiene muchas palabras para decir lo que le pasa, es casi inevitable repetir las mismas una y otra vez o recurrir a frases que apelan a clichés lingüísticos –haciendo que la escritura misma del relato, se vuelva insípida–  y cualquier vocablo que tuviera un mínimo de sofisticación, por decirlo así, iba a sentirse muy fuera de lugar. Así que gran parte del desafío fue escribir y reescribir hasta sentir que encontraba la palabra precisa para cada frase y lo que quería expresar con ella.

¿Cómo fue el proceso de colaboración con Camile para que las imágenes y el texto contaran la historia del duelo de manera complementaria?

Sebastián: Muy fluido, compenetrado y orgánico. Como este es un proyecto que llevábamos muchos años intentando materializar, de alguna manera ambos sabíamos muy bien lo que queríamos expresar, por lo que no hubo directrices sobre lo que él tenía que dibujar o yo escribir y cada uno se dedicó a lo suyo, confiando mucho en el otro.

Cada cierto tiempo comunicábamos cuáles eran nuestras intenciones creativas o intercambiábamos nuestros avances, pero siempre quedábamos muy conformes con el resultado obtenido. Ahora, ya en la etapa de edición y ahí como cumplí una doble función, desde esa perspectiva sí que tuvieron que hacerse algunos cambios muy menores pero era más bien en cuanto a diagramar y armonizar textos e imágenes en el espacio de la página, considerando aspectos propios de lo que iba a ser un libro impreso.

Desde la ilustración construyes una atmósfera donde la ausencia también está presente visualmente. ¿Cómo trabajaste la relación entre imagen, silencio y aquello que no se dice dentro de la historia?

Camile: Desde el principio sentí que la ausencia no debía representarse de forma explícita. Me interesaba que pudiera sentirse.

Trabajé con composiciones donde el vacío tuviera un papel importante, utilizando espacios abiertos, una paleta contenida y escenas que invitan a detenerse. También intenté que la naturaleza fuera parte del relato emocional, porque muchas veces los paisajes expresan aquello que los personajes no pueden decir. A mí me sirve mucho caminar en el campo, en donde aparentemente no pasa mucho, pero en donde hay mil cosas silenciosas pasando. Y eso nutre mucho mis pensamientos.

Me gusta pensar que el silencio también puede narrar. Hay ilustraciones donde aparentemente ocurre muy poco, pero justamente ese espacio permite que el lector proyecte sus propios recuerdos y emociones. Creo que una de las fortalezas del libro ilustrado es confiar en que no todo necesita ser explicado.

Desde tu experiencia como editor y mediador de lectura, ¿por qué crees que sigue siendo necesario acercar temas como la muerte, la pérdida y la salud mental a niños, niñas y adolescentes a través de la literatura?

Sebastián: Porque sucede algo a mi juicio bastante paradójico y controversial: se escribe, se hace literatura infantil y juvenil y si bien en ocasiones puede que se haga desde una mirada alejada del adultocentrismo –a veces, incluso ni eso–, de todas maneras persiste un ulterior filtro adultocéntrico en donde son los adultos los capacitados para definir y a fin de cuentas, decidir qué es lo más apto que un niño, niña o adolescente puede leer.

Y desde ese púlpito se piensa que los llamados temas complejos pueden provocarles algún daño, porque se idealiza la niñez y se estereotipa la adolescencia, lo que no hace más que minimizarlos, asumiendo que son seres aún en formación como personas, que no viven experiencias vitales como cualquier otro ser humano. Y es de sentido común –o al menos, debería serlo– entender que sí, que sin importar la edad, desde el momento que nace toda persona se ve enfrentada a la experiencia de vivir, con lo “bueno” y lo “malo” que eso significa.

Entonces, que la literatura hable de lo que niños, niñas y adolescentes puedan estar viviendo, valida sus emociones, los refleja a partir de sus experiencias y les interpela. Además, aquella literatura que les habla puede transformarse en una compañía, un refugio emocional que cobija, un llamado a la reflexión o incluso un aliciente para actuar frente a lo que les pasa. Puede que le entregue respuestas, puede que deje más preguntas, pero si lo leído logra remecerlos, significa que conectó con ellos. Y siempre una conexión con la propia humanidad provoca un calorcito que hace bien.

¿Cómo influyó ser psicólogo en la manera de representar las emociones complejas de niñas, niños y adolescentes sin simplificar lo que significa atravesar una pérdida?

Camile: Estudiar Psicología cambió profundamente mi manera de entender esta historia. Cuando escribí la primera versión, intuía muchas cosas sobre el duelo desde mi propia experiencia. Años después comprendí mejor que el duelo no consiste en seguir etapas fijas ni en “superar” una pérdida, sino en un proceso de adaptación donde cada persona encuentra nuevas maneras de relacionarse con aquello que ya no está.

Eso también me hizo mirar de otra forma las emociones de niñas, niños y adolescentes. Muchas veces los adultos pensamos que viven las pérdidas de manera más simple, cuando en realidad experimentan emociones muy complejas, aunque las expresen de formas distintas. Por eso quise construir un protagonista cuyas emociones no estuvieran clasificadas ni explicadas. Hay momentos de tristeza, de calma, de confusión e incluso de belleza.

Me parecía importante respetar esa complejidad sin convertir el libro en una explicación psicológica. No quería a un protagonista que luego de “superar” el duelo se vuelva “mejor”, que dé lecciones. Quería que fuese una persona que sigue cargando un peso, pero que encontró nuevas formas de llevarlo consigo. La literatura puede acompañar sin necesidad de diagnosticar ni enseñar.

¿Qué tipo de diálogos esperas que surjan entre lectores, familias, escuelas o comunidades después de leer Era invierno cuando ocurrió?

Sebastián: Aparte de las conversaciones que mencionó Camile y de aquellas más evidentes o esperables que puedan emerger de la lectura de Era invierno cuando ocurrió, me encantaría que ya sea de forma tangencial o más directamente, puedan aparecer diálogos respecto al sentido de la vida, al sentido de los sucesos y de las experiencias que nos afectan y que a fin de cuentas, nos moldean como individuos.

Me encantaría que surgieran reflexiones, atisbos luminosos que hagan más llevadero nuestro tránsito por la experiencia humana que es el vivir. Y también, tanto de manera literal como simbólica, y en relación a lo que hablaba en mi respuesta anterior, ojalá se produzcan muchas miradas: miradas hacia los niños, niñas y adolescentes que den cuenta de que están ahí y son vistos, reconocidos.

Miradas hacia sus vivencias y que estas encuentren eco y asistencia para acompañarles. Miradas hacia el interior de cada uno, miradas hacia cada historia de vida y miradas hacia lo que hay más allá de mañana y de pasado mañana. Y que todo aquello traiga un halo de esperanza, ya sea en forma de sonrisa, de consuelo o lo que sea que le provoque este libro.

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