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Cuando el cuerpo cambia Opinión Imagen referencial (archivo)

Cuando el cuerpo cambia

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Paula Forttes
Por : Paula Forttes Directora del Área de Envejecimiento y Cuidados de FLACSO Chile
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Con el tiempo he llegado a pensar que la libertad no comienza cuando el cuerpo deja de cambiar. Comienza cuando dejamos de pedirle que se parezca a quien fuimos y aceptamos la invitación de convertirnos en quienes todavía podemos ser.


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Buscar la raíz de los miedos a la vejez me ha permitido hurgar en muchas historias. Las profundas, las superficiales, las que aparecen una y otra vez en la investigación gerontológica y, por supuesto, las que todos llevamos silenciosamente dentro.

Sin embargo, cuanto más avanzaba en esa búsqueda, más evidente se hacía una paradoja: casi nunca le tenemos miedo a aquello que creemos temer.

El cuerpo es, probablemente, el primer territorio donde ese miedo encuentra un lenguaje. Ha estado con nosotros desde el comienzo, respirando antes incluso de que aprendiéramos a pronunciar nuestro nombre. Gracias a él hemos amado, trabajado, bailado, cargado a nuestros hijos, atravesado pérdidas, abrazado a quienes ya no están y contemplado algunos de los momentos más felices de nuestra existencia.

Y, sin embargo, basta que empiece a cambiar para que dejemos de vivir dentro de él y comencemos a observarlo desde afuera, como si de pronto se hubiera convertido en un objeto que debe responder por el paso del tiempo.

Ese cambio rara vez ocurre de manera espectacular. Se instala con la discreción de las cosas importantes. Aparece cuando una fotografía permanece guardada en el teléfono porque ya no estamos seguros de querer mostrarla. Cuando buscamos una luz distinta frente al espejo. Cuando se apaga la lámpara antes de un encuentro amoroso o se habla obsesivamente del gimnasio, de vitaminas o de testosterona, aunque en realidad esté intentando ponerle palabras a otra inquietud.

También aparece en la búsqueda del procedimiento milagroso, de la crema definitiva, del suplemento que promete recuperar algo que nunca estuvo verdaderamente en venta.

Durante mucho tiempo pensé que el miedo habitaba en las arrugas. Hoy ya no. Empiezo a sospechar que las arrugas son apenas el lugar donde se hace visible otra pregunta mucho más profunda. Porque las arrugas nunca han impedido amar. Las canas nunca han impedido emocionarse. Los años nunca han impedido abrazar a un nieto, comenzar un proyecto nuevo o descubrir una alegría inesperada. Entonces, ¿Qué sentimos realmente que perdemos cuando el cuerpo cambia?

La investigación muestra que las mujeres suelen vivir este proceso con especial intensidad porque envejecen bajo una doble presión: la del tiempo y la de una cultura que durante siglos ha asociado la juventud con la belleza y la belleza con el valor. Los hombres recorren un camino distinto, aunque no necesariamente menos exigente. También ellos sienten que el cuerpo cambia, que la fuerza disminuye, que el reconocimiento ya no llega con la misma facilidad. Solo que muchas veces han aprendido a callarlo. Cambian las formas, pero el fondo parece ser el mismo: el temor de dejar de ser deseados. Y cuando hablo del deseo no pienso únicamente en el amor o en la sexualidad. Pienso en seguir siendo vistos, elegidos, escuchados, necesarios. Pienso en seguir sintiendo que ocupamos un lugar en el mundo.

Hace algunos años conocí a una mujer que llevaba mucho tiempo evitando ponerse un traje de baño. Decía que el espejo había dejado de ser un lugar de encuentro para convertirse en un juez severo. Un verano, su nieta le pidió que la acompañara a aprender a nadar. Aceptó más por amor que por entusiasmo. Volví a verla meses después. Le pregunté cómo había sido aquella experiencia y respondió con una frase que nunca olvidé: “No recuperé el cuerpo que tenía a los 40, recuperé las ganas de vivir dentro de él”. Guardó silencio unos segundos y añadió: “había pasado demasiado tiempo preguntándome cómo se veía mi cuerpo y muy poco tiempo agradeciendo todo lo que todavía podía hacer con él”.

Aquella conversación siguió acompañándome durante mucho tiempo. Comprendí que la reconciliación no había comenzado el día en que volvió a ponerse un traje de baño. Había comenzado el día en que dejó de mirar su cuerpo como una vitrina y volvió a habitarlo como un hogar. Sus brazos dejaron de ser unos brazos flácidos para volver a ser los brazos que sostenían a una niña cuando el agua le daba miedo. Sus piernas dejaron de ser unas piernas torneadas para convertirse en las mismas piernas que todavía podían entrar con ella al mar.

Quizás ahí se esconda una de las paradojas más bellas de la longevidad. Mientras el cuerpo pierde algunas capacidades, nosotros todavía podemos seguir creciendo. Crecer en libertad, en gratitud, en profundidad. Aprender a distinguir entre aquello que el tiempo transforma y aquello que el tiempo, curiosamente, fortalece. Porque el cuerpo nunca fue únicamente una imagen. Es la memoria de nuestra existencia. En él quedaron inscritas las alegrías, las enfermedades, los nacimientos, los abrazos, las despedidas y los caminos recorridos. No ha sido el escenario de la vida. Ha sido la vida misma.

Tal vez por eso el verdadero desafío no consista en detener el tiempo, sino en cambiar la relación que construimos con nuestro cuerpo. Así como pensamos en el futuro, hacemos proyectos y soñamos con los años que vienen, quizás también debamos preguntarnos cómo queremos habitar el cuerpo que nos acompañará durante ese viaje. No para exigirle que vuelva a ser el de antes, sino para permitirle seguir siendo el lugar desde donde todavía podremos amar, aprender, crear, cuidar y dejarnos sorprender.

Con el tiempo he llegado a pensar que la libertad no comienza cuando el cuerpo deja de cambiar. Comienza cuando dejamos de pedirle que se parezca a quien fuimos y aceptamos la invitación de convertirnos en quienes todavía podemos ser.

Porque, al final, habitar bien el cuerpo es también una manera de habitar plenamente la vida.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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