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Autora de libro de física cuántica para niños: “Nadie nos cuenta que existe un mundo invisible”
A través de una historia protagonizada por tres hermanos y un enigmático gato morado, la obra de la académica Carla Hermann invita a descubrir el “mundo pequeño”, un universo donde las reglas parecen desafiar el sentido común, pero describen con precisión cómo funciona la naturaleza.
¿Puede el vacío no estar realmente vacío? ¿Es posible que el tiempo no transcurra igual para siempre? Aunque estas preguntas parecen propias de un curso universitario de física, son el punto de partida de “El mundo invisible: una aventura cuántica”, el nuevo libro de Carla Hermann Avigliano, académica del Departamento de Física de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (FCFM) de la Universidad de Chile, investigadora asociada del Instituto Milenio de Investigación en Óptica (MIRO) y reconocida divulgadora científica en @quantumcarla.
Publicado por la editorial B de Blok, de Penguin Random House, el libro propone una forma innovadora de acercar la física cuántica a lectores desde los siete años. A través de una historia protagonizada por tres hermanos y un enigmático gato morado, la obra invita a descubrir el “mundo pequeño”, un universo donde las reglas parecen desafiar el sentido común, pero describen con precisión cómo funciona la naturaleza.
La historia comienza cuando Miguel, Daniel y Rafaela escuchan a sus padres conversar sobre ideas aparentemente imposibles: que “el vacío no está vacío” o que “el tiempo no pasa igual siempre”. Esa misma noche, extraños sucesos comienzan a ocurrir en su casa hasta que un gato morado aparece para guiarlos por un viaje donde conocerán algunos de los principios fundamentales de la mecánica cuántica.
– ¿Cómo nació la idea de escribir El mundo invisible y por qué decidiste explicar la física cuántica a través de un libro para niños?
– La idea de escribir El mundo invisible nace de un anhelo: acercar lo que yo hago a la niñez. Una de las razones por las que cuesta tanto entender el mundo cuántico es que lo conocemos demasiado tarde. En el colegio vemos física clásica, y nadie nos cuenta que existe un mundo invisible, mucho más fundamental, que sostiene todo lo que vemos. Cuando por fin nos lo presentan, ya de adultos, choca con una intuición que llevamos toda la vida entrenando solo con el mundo grande, y por eso parece incomprensible.
De ahí nace el libro: de querer presentarles a niños y niñas, temprano, ese mundo que es responsable del mundo que vemos. Es asombroso, es extraño y contraintuitivo, pero tiene una lógica propia. El objetivo no es que salgan sabiendo mecánica cuántica: es ampliar la intuición, asombrarse y quedarse con más preguntas que respuestas.
– La física cuántica suele considerarse una de las áreas más complejas de la ciencia. ¿Cómo lograste transformar conceptos como “el vacío no está vacío” o que “el tiempo no pasa igual para todos” en una historia que pueda entender un niño?
– Fue un desafío mucho más difícil de lo que pensé. La mecánica cuántica es un campo que requiere un posgrado en física y varios años de investigación para digerirlo de verdad. Yo trabajo hace tiempo en divulgación y además soy mamá de tres, así que pensé que se me iba a hacer fácil. Me equivoqué.
Gran parte del trabajo fue encontrar figuras narrativas que explicaran estas rarezas maravillosas sin perder rigurosidad. Por eso el libro no es una clase de física: es una aventura, tres hermanos que siguen a un gato morado hasta el mundo pequeño. Y prefiero no contar mucho más, porque la gracia es descubrirlo leyéndolo. Fue algo muy trabajoso, pero con una vara clara: si lo lee un niño o una niña, le expande la intuición y lo que se lleva es cierto, lo respalda la teoría. Y si lo lee un adulto que sabe de cuántica, va a ver que no estoy exagerando en ninguna imagen.
Muchas de esas formas de aterrizar los conceptos nacieron de conversaciones con colegas que admiro. Para el vacío, por ejemplo, aprendí mucho escuchando a Gonzalo Palma, tremendo divulgador y cosmólogo que estudia el universo temprano. Para el problema de la medida, cómo algo se amplifica y se vuelve irreversible, hay una clase de Luis Foa Torres que me marcó. Y varias partes del libro, como la manera de contar la decoherencia, las reboté con Pablo Solano; para el fue la mejor parte. La ciencia se construye en comunidad, y este libro también.
Este libro tenía además una dificultad extra: construir el asombro. La astronomía te lo regala, porque no hay ser humano que mire un cielo estrellado y no sienta esa humildad ante tanta grandeza. El mundo cuántico no lo podemos ver a ojo desnudo, así que el asombro hay que construirlo palabra a palabra. Si pudiéramos verlo, quedaríamos boquiabiertos.
– ¿Qué esperas que descubran los niños y sus familias después de leer este libro? Más allá de aprender física, ¿qué mensaje te gustaría transmitir sobre la ciencia y la curiosidad?
– Espero que descubran que el mundo invisible es asombroso y que es responsable de este mundo más grande. Que aunque parezca magia, obedece reglas: hay que expandir la intuición y el set de reglas que uno trae, y la lógica vuelve a aparecer. Sigue siendo un universo muy elegante.
Pero más allá de la física, quiero que los niños y las niñas se atrevan a preguntar. Que sepan que preguntar no es algo malo, que a veces vamos a tener la respuesta y otras veces no, y que eso es parte del conocimiento: no entender no es un fracaso. La ciencia se construye haciendo preguntas que desafían lo establecido, y muchas veces son incómodas, incluso para los adultos. Si un hijo o una hija te hace una pregunta que no sabes responder, celébralo: vayan juntos a buscar la respuesta en un libro, pregúntenle a alguien que sepa. Esa curiosidad hay que cuidarla, no matarla.
– La física cuántica ya está detrás de tecnologías que están cambiando el mundo. ¿Por qué crees que es importante que las nuevas generaciones comiencen a familiarizarse con estas ideas desde temprana edad?
– Porque la mayoría de los niños, niñas y jóvenes de hoy van a usar mecánica cuántica en sus trabajos, lo aseguro. Es una revolución del saber sin precedentes que ya está en todas partes: en los relojes atómicos que hacen funcionar el GPS, en las resonancias magnéticas, en los láseres, en los transistores y semiconductores de cada aparato que usamos, y en lo que viene: comunicaciones ultraseguras, sensores de precisión extrema, computación cuántica. Cuando a esta generación le toque ejercer, va a necesitar un mínimo de cuántica, igual que de inteligencia artificial. Mientras antes empecemos a expandir esa intuición, esas nuevas reglas y esa sensación de asombro, tanto mejor.
– Como investigadora y profesora, ¿qué crees que la literatura puede aportar a la divulgación científica que a veces no logran las clases o los libros de texto?
– Aquí hablo como divulgadora, pero sobre todo como amante de la lectura. Los libros fueron mi refugio en la niñez y la adolescencia. Antes de tener hijos leía tres o cuatro a la vez: uno para aprender algo nuevo, otro de divulgación de física, alguno de temas espirituales, porque soy una persona muy creyente, y siempre una novela histórica, un género que me encanta; los libros de Julia Navarro, por ejemplo.
Lo que la literatura tiene de único es que uno va a su propio ritmo. Puedes releer, detenerte, hacer una pausa para digerir lo que estás aprendiendo. Eso no te lo da una clase ni una charla, y mucho menos las redes sociales. La lectura es algo muy íntimo, y por eso puede dejar una huella que una exposición no deja.
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