ANÁLISIS
Imagen: Presidencia de Chile
Chile y Perú: una relación estratégica para el siglo del Pacífico
El desafío de las próximas décadas no consiste en administrar el pasado, sino en construir el futuro. Y ese futuro encuentra a Chile y Perú no solo como vecinos que comparten una frontera, sino como socios estratégicos llamados a enfrentar juntos los desafíos del siglo XXI.
Cada 28 de julio, Perú conmemora el día en que José de San Martín proclamó su independencia en Lima, en 1821. Este año, sin embargo, la fecha ha tenido un simbolismo especial. No solo marca los 205 años de vida republicana del país, sino también el inicio de un nuevo gobierno encabezado por la presidenta Keiko Fujimori, después de una década caracterizada por una inusual inestabilidad política, marcada por renuncias, destituciones y una rápida sucesión de nuevos mandatarios.
Para Chile, sin embargo, la importancia de esta jornada trasciende el cambio de mando en Lima. También constituye una oportunidad para observar cuánto ha evolucionado una de las relaciones bilaterales más relevantes de América del Sur.
Las coincidencias históricas son difíciles de ignorar. Este 2026 se cumplen 205 años de la independencia del Perú (en la cual Chile jugó un rol protagónico); los 20 años de la firma del Tratado de Libre Comercio entre Chile y Perú, suscrito el 22 de agosto de 2006; y 15 años de la creación de la Alianza del Pacífico, nacida con la Declaración de Lima del 28 de abril de 2011. Tres aniversarios que, lejos de ser simples efemérides, describen un mismo proceso: el paso desde una relación definida por la vecindad hacia una asociación sustentada en intereses permanentes y una creciente confianza política.
Durante buena parte del siglo XX, Chile y Perú se observaron inevitablemente a través del prisma de la historia. Las heridas de la Guerra del Pacífico y, más tarde, el diferendo marítimo, marcaron durante décadas la percepción mutua. Sin embargo, las relaciones internacionales no permanecen inmóviles, porque evolucionan cuando los Estados comprenden que sus desafíos presentes son más importantes que sus desacuerdos pasados.
Dos décadas de convergencia
Ese cambio comenzó a hacerse visible con fuerza durante las últimas dos décadas. La firma del Tratado de Libre Comercio no solo modernizó el marco jurídico existente entre ambos países; también consolidó un espacio de confianza para el comercio y las inversiones. Veinte años después, el intercambio comercial bilateral supera los US$ 3.500 millones anuales, mientras que el stock acumulado de inversión chilena en Perú alcanza aproximadamente los US$ 11.800 millones, concentrado en sectores tan diversos como el comercio minorista, los servicios financieros, la energía, el transporte, la infraestructura y las telecomunicaciones. Pocas relaciones económicas en América del Sur exhiben un grado semejante de integración.
Sin embargo, la convergencia entre ambos países comenzó incluso antes, cuando Chile ingresó al Foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC) en 1994 y Perú lo hizo en 1998. Desde entonces, han compartido una misma visión respecto de la inserción internacional de sus economías, entendiendo que el principal eje del crecimiento mundial se desplaza progresivamente hacia el Asia-Pacífico. No es casual que ambos hayan organizado reuniones de líderes de APEC ni que hoy consideren al Indo-Pacífico como uno de los espacios estratégicos más relevantes para su desarrollo económico y su política exterior.
Cinco años después, ambos países volvieron a dar un paso estratégico, porque junto con Colombia y México impulsaron la creación de la Alianza del Pacífico, un proyecto que buscaba algo más ambicioso que eliminar barreras comerciales: su objetivo era construir un espacio de integración profunda orientado hacia la región más dinámica de la economía mundial.
De esta forma, 15 años más tarde, la apuesta parece aún más vigente, porque mientras el centro de gravedad de la economía global continúa desplazándose hacia el Indo-Pacífico y la competencia estratégica entre Estados Unidos y China redefine las prioridades internacionales, la Alianza del Pacífico representa uno de los pocos mecanismos latinoamericanos que nació pensando en el siglo XXI y no en los problemas del siglo XX.
Una política de Estado con visión de futuro
La integración tampoco quedó limitada al ámbito económico. Un ejemplo de ello fue el Gabinete Binacional Chile-Perú, celebrado en Lima el 7 de julio de 2017, y que marcó un punto de inflexión político, Porque por primera vez ambos gobiernos reunieron a sus principales ministros para coordinar políticas públicas en materias tan diversas como infraestructura fronteriza, comercio, seguridad, educación, salud, cultura, cooperación policial y desarrollo regional. Ese mecanismo, inspirado en experiencias similares desarrolladas con otros vecinos, confirmó que Santiago y Lima ya no concebían su relación únicamente desde la diplomacia tradicional, sino como una agenda permanente de coordinación entre Estados.
Y quizás la mayor prueba de esa madurez fue la manera en que ambos países enfrentaron el fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, dictado el 27 de enero de 2014. Durante años, el diferendo marítimo fue uno de los asuntos más sensibles de la relación bilateral. Sin embargo, conocida la sentencia, Chile y Perú optaron por respetarla, aplicar sus disposiciones con rapidez y concentrarse en fortalecer la cooperación. En ese contexto, más importante que el contenido jurídico del fallo fue la señal política que ambos gobiernos enviaron al mundo: que las controversias históricas podían resolverse mediante el derecho internacional, el diálogo y el respeto recíproco.
Esa misma lógica explica la composición de la delegación chilena presente en la ceremonia de cambio de mando. La asistencia del presidente José Antonio Kast; de su ministro de Relaciones Exteriores, Francisco Pérez Mackenna; del expresidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle; del alcalde de Santiago, Mario Desbordes, y de otras altas autoridades nacionales, trascendió el protocolo. En diplomacia, las delegaciones también comunican prioridades. Y el mensaje parece inequívoco: la relación con Perú constituye una política de Estado.
No deja de ser significativo que esa continuidad haya sobrevivido a administraciones de muy distinta orientación política. Desde Ricardo Lagos hasta José Antonio Kast en Chile, y desde Alejandro Toledo hasta Keiko Fujimori en Perú, el rumbo general del vínculo bilateral ha permanecido sorprendentemente estable. La explicación es sencilla: las relaciones internacionales más sólidas no descansan sobre afinidades ideológicas circunstanciales, sino sobre intereses nacionales permanentes.
Hoy esos intereses son evidentes. Chile y Perú son economías abiertas, dependen del comercio marítimo, comparten la condición de naciones del Pacífico, enfrentan desafíos comunes frente al crimen organizado transnacional, la pesca ilegal, la protección de la infraestructura crítica y la necesidad de fortalecer su inserción en el espacio económico más dinámico del planeta. Es que el océano que durante mucho tiempo fue visto simplemente como una frontera occidental es hoy el principal puente hacia el centro de gravedad de la economía mundial.
La historia seguirá ocupando un lugar importante en la memoria de ambos pueblos. Pero el desafío de las próximas décadas no consiste en administrar el pasado, sino en construir el futuro. Y ese futuro encuentra a Chile y Perú no solo como vecinos que comparten una frontera, sino como socios estratégicos llamados a enfrentar juntos los desafíos del siglo XXI.
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