CULTURA|OPINIÓN
Crédito: imagen de portada del libro
“Del pueblo maldito en Chile” de Gabriel Salazar: la insolencia de los rotos
Este ‘pueblo mestizo’ de peones- jornaleros que trabajan de sol a sol, sin especialidad-, caracterizado como pueblo sin pueblo, sin territorio, carentes de todo y que aprenden a sobrevivir gracias a su ingenio, a la pillería, al robo, a diversos actos delincuenciales.
Gabriel Salazar Vergara (1936), Doctor en Historia, Premio Nacional de Historia 2006, se ha dedicado a la historia social de los siglos XIX y XX. Detenido en 1975, pasó por varios campos de detención y fue liberado en 1976; como tantos, partió al exilio y regresó a su país en 1985. En sus palabras, este libro fue pensado como la segunda parte de Labradores, peones y proletarios, publicado por Ediciones Sur en 1989, también un libro iluminador.
Es la historia de una sociedad fundamentalmente excluyente, que niega la posibilidad de que todos quienes la conforman tengan aseguradas, al menos, las necesidades básicas de trabajo, habitación, salud, alimentación, descanso.
Así, este ‘pueblo mestizo’ de peones- jornaleros que trabajan de sol a sol, sin especialidad-, caracterizado como pueblo sin pueblo, sin territorio, carentes de todo y que aprenden a sobrevivir gracias a su ingenio, a la pillería, al robo, a diversos actos delincuenciales, que van cambiando según el paso del tiempo. Este pueblo estaría conformado por cuatreros, ladrones de ganado, estafadores y un largo etc.
El prefacio y sus ocho capítulos se leen como un relato apasionante; paso a paso vemos desfilar el mundo de la injusticia de manera desnuda y desprovista de atenuantes la vida de estos grandes grupos en los cuales de se han depositado todos los males del mundo y que, raramente aparecen en el mundo público, salvo para ser acusados y castigados.
“Porque la investigación demostró hasta la saciedad que el ‘bajo pueblo’ que ha vagabundeado por siglos en el territorio de ‘Chile’ no ha podido nunca -ni hasta el día de hoy- constituirse a sí mismo en torno a su propio Jus Gentium. Su propio Derecho. O sea: haciendo valer su soberanía popular…” (p.11).
“Y por eso, desde el siglo XVIII, las Siete Partidas y las Recopilaciones de Leyes traen leyes, edictos y decretos donde unos ‘bendicen’ y otros -muchos otros- maldicen… (…) Por eso la colonización de América abrió las compuertas para la salida de Europa de gran parte de los pueblos “malditos” (p. 12) (…) Pero “los malditos por el absolutismo de los reyes desde la Baja Edad Media fueron, pues, de nuevo malditos o re-malditos por una oligarquía mercantil que se autobautizó como ‘chilena’. (p.13)
Gran número de las fuentes citadas está en documentos judiciales donde, por ejemplo, los llamados pirquineros eran acusados por la oligarquía mercantil criolla “que se concentró en hacer lo que sabía hacer desde siempre: aplicar las dos sanguijuelas típicas de la expoliación comercial: a) comprar a precio rebajado la producción de los pirquineros y b) venderles a precio alzado las materias primas, las herramientas y los alimentos que necesitaban”.
Capítulo a capítulo se lee con creciente interés; en estos espacios a los que ha sido relegado, el “pueblo maldito” va cambiando y reponiendo sus integrantes, sumando nuevos, mejorando algunas mínimas cosas y empeorando otras, pero dentro de espacios de injusticia, desigualdad, carencias de todo tipo.
La revisión de los archivos judiciales entrega un panorama estremecedor de injusticias institucionalizadas, normalizadas, aceptadas por la mayoría. Sin duda, es posible constatar que están vivas hasta el presente, en tanto marcan a fuego esa indudable diferencia entre quienes pertenecen al pueblo maldito y quienes no, grupo al que de ninguna manera podríamos definir como el pueblo bendito en sus sentido más profundo.
Dentro de esta judicialización de las quejas del pueblo maldito, aparecen algunas denuncias como la de un escribano de Chillán, de fecha 1841: “los jueces son escasos de principios y práctica y que viviendo sin la inmediata observación de sus superiores declinan en absoluto, negándose a obrar gratis en los asuntos de pobres que declara este Juzgado” (p. 108). Sugiero leer con detención la descripción de las cárceles y presidios, formales e improvisados, que hace frotarse los ojos para releer y asegurarse de que lo que leímos era así y no un invento o interpretación errada del lector/a.
El siguiente párrafo describe y define muy bien a protagonistas y acciones: “Porque es preciso reconocer que el ‘desacato’ mestizo, dentro de ese siglo de ‘gloria’ oligárquica, tuvo, de comienzo a fin, legitimidad, profundidad humana y soberanía como para haberse proyectado no solo por cien años de ‘resistencia’, sino a todo lo largo de la esperanza posible de la fraternidad humana… Es absurdo, pues, decir de él que careció de contenido político. La ‘política’ no es un rasgo inherente del Estado, sino de los seres que viven en comunidad. La masividad y longevidad del desacato no hace más que probar la ilegitimidad política del Estado de 1833. La insolencia de los rotos no constituyó, en este sentido, un puro rasgo idiosincrático de su ‘clase’, sino el inicio de la lucha cívica por la legitimidad del Estado. El inicio de la verdadera política”. (p. 155)
Recomendaría la lectura de este libro con el mismo entusiasmo que puede generar una gran novela. Aparte de estar muy bien escrito, con capítulos que ordenan y concatenan los temas, muestra un aspecto muy importante de nuestra formación como sociedad que, creo, poco y pocos conocemos, en tanto no es un tema que se aborde habitualmente en la educación básica y media. Más bien, es uno de los temas que se sitúan en un espacio algo oscurecido del relato de nuestros orígenes.
Es una historia social, que privilegia los contextos y sus relaciones e interrelaciones, más que las fechas o recuerdos de actos heroicos, a menudo, individuales. Cada palabra guarda una realidad desnuda, despojada de ocultamientos, en general algo ausente de la mayoría de nuestras explicaciones de hechos históricos en los que se celebran actitudes heroicas de personas reales, como si fueran hechos independientes de su tiempo y de las condiciones sociales.
Se vuelve evidente e inquietante que estas prácticas generalizadas de desigualdad y abuso siguieron reinando, por ejemplo, en la explotación del cobre y el carbón, entre otros productos, donde quienes trabajaban en sus minas eran parte de este pueblo maldito. Lo mismo podríamos ejemplificar hoy con el trabajo temporero, donde grandes grupos humanos recorren el país.
Ficha técnica:
Gabriel Salazar: Del pueblo maldito en Chile. Las revoluciones mestizas (1820-1910)
LOM Ediciones, diciembre 2025, 438 pág.
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