CULTURA|OPINIÓN
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“Tinta y sangre” de Han Kang: ¿con qué entibiar el alma que clama pero no es oída?
Aparece la tinta de Han Kang tratando de asirse a la esperanza de la vida, de la humanidad, de la salvación que le es ajena, ella sabe desestabilizar a quien la lee, al que se siente protagonista de los sucesos relatados, a nosotros que vivimos inmersos en los pensamientos que arrojan las letras.
El fiel lector de Han Kang se encuentra con la reseña que esta novela es un thriller lo que casi le es ajeno a la producción de nuestra escritora, pero ya con el título y el dibujo de su portada nos adentramos en esta faceta de investigación de ¿un suicidio-homicidio?
Kang nos tiene acostumbrados a adentrarnos en la profundidad del alma humana, cosa no ajena en este libro, claro que ahora mezclado con epítetos foráneos de los elementos que tiene la composición: Tinta roja y sangre negra. Dos componentes que le agregan cotidianeidad y testimonio al Leiv motiv de sus escritos impregnados de arte visual y escritural.
Lee Cheonghee, la narradora, quien es escritora de obras dramáticas y traductora, nos conduce a la historia de su gran amiga llamada Inju, pintora, atleta, madre y amante quien muere en un accidente automovilístico, situación que Cheonghee se niega a aceptar y comienza una carrera frenética por esclarecer su muerte. Las páginas donde vacía la interioridad de su negra existencia cambian constantemente de color y de estados anímicos.
Puede ser la más eximia de las poetisas desbordando personificaciones al colocarse la capa de investigadora al exclamar que encontró “un edificio obstinado” o quizás “que la añoranza embellece” o ser la más burda al calificar a Kang Seogwon, un extraño ser, que con su sola presencia la llena de rencor y odio y expele palabras que suenan a letrina. Seguramente el que lee debe preguntarse por el nombre de este personaje que lleva el apellido de la escritora, ¿alter ego? ¿tal vez para limpiar su lado oscuro?
Presenta la delicadeza maternal de Inju con su hijo Minseo, niño que a Cheonghee la llena de lirismo al describirlo, al tío quien la introduce en la astrofísica y en la pintura con raccontos abarrotados de estrellas, de orígenes míticos con cifras interminables de persistencia vital.
Nombra y caracteriza a la abuela de Minseo cuya vida fue el lastre que incentivó la desolación y el escapismo de Inju, a su exmarido quien le destrozó el más mínimo deseo de subsistencia. Mas, lo que desea nuestra contadora es llegar al meollo de la destrucción de Inju, y es en este punto que nos lleva a la pesquisa del culpable, introduciéndonos por calles caóticas, a subterráneos malolientes, a números que desconciertan, pero que la llevan al principio del fin.
Todo esto mezclado con melancólicos recuerdos de niñez que liberan del peso de lo infausto, esos pocos días de libertad cuando dos niñas jugaban y reían con minucias de un mundo que les era hostil y que ellas pintaban de colores con risas que duraban milésimas de segundos. El sufrimiento rompe la inocencia para adentrarse en los vestigios que deja la genealogía de estas infantes, machismo, prepotencia, suicidios, la dura realidad les golpea sus rostros impregnándolos de preguntas sin respuestas.
Volvemos a los cuestionamientos retóricos, a las almas solitarias, muertas de frío y sin esperanza alguna, ¿para qué vivir? ¿con qué entibiar el alma que clama pero no es oída? Aparece la tinta de Han Kang tratando de asirse a la esperanza de la vida, de la humanidad, de la salvación que le es ajena, ella sabe desestabilizar a quien la lee, al que se siente protagonista de los sucesos relatados, a nosotros que vivimos inmersos en los pensamientos que arrojan las letras para ahogarnos en la tinta y la sangre de la desafortunada Inju.
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